Salir

Bodas de oro

Despertaron y ella se quedó mirándolo. Él se extrañó.

-¿No te olvidas de algo? -preguntó fijando aún más su mirada.

-No... ¿de qué? -respondió él sonriendo.

-¿Sabes qué fecha es hoy?

-Bueno, pues...

-¡Hoy cumplimos 50 años de casados!

Para él, el hecho de cumplir 50 años de casados no representaba una ocasión que ameritara una celebración muy especial o, por lo menos, la alegría que conlleva el alcanzar una meta muy difícil. Para ella, sí. Por esta razón, desde hacía tres meses les recordaba a sus hijos que no olvidaran esta fecha. Con altibajos, sobre todo por lo mujeriego que había sido él unos años atrás, el matrimonio había tenido altibajos y problemas muy serios pero afortunadamente, con la inteligencia que ella había manejado esos problemas, hoy en día podían considerarse un matrimonio feliz, a pesar del genio a veces insoportable que se cargaba su esposo. Para él, básicamente, todo el mundo que lo rodeaba era una molestia. No soportaba el ruido, no soportaba que un vecino oyera música, o prendiera un radio o un televisor y, por lógica, se llevaba increíblemente mal con todos ellos. Era, en resumen, un completo y absoluto antisocial. Nadie le caía bien y de todos hablaba mal. A duras penas asistía a las reuniones familiares, pero pare de contar. Nada más. Quizás por ello era tan importante esa fecha para ella. ¡Por haber aguantado tanto!

La relación con sus cuatro hijos era algo distante pero de ninguna manera áspera o complicada. Simplemente, cada uno de ellos tenía ya su propia familia, sus trabajos y vivían, con excepción del menor, si no con lujos, si con muchas comodidades que incluían carros, casa propia y formas diversas de diversión. El menor no vivía tan holgadamente. Por la edad, ya ni ninguno de los dos tenía trabajo y, aunque el padre de ella les había dejado una buena casa, tenían que recurrir a la ayuda económica de sus hijos para solventar el pago de servicios y la comida. Pero vivían cómodamente y en la casa no les faltaba nada.

Cuando sonaba el teléfono, ella corría pensando que era alguno de sus hijos o sus familiares para felicitarla por sus bodas de oro. Pero no era así. Nadie recordaba o sabía que la pareja cumplía 50 años de casados.

-No te mortifiques que ya llamarán -le dijo él ya un poco molesto.

-Está bien. Está bien -respondió ella poniendo los brazos en cruz.

-¿Vamos a ir a misa hoy? -le preguntó él.

-Claro que sí. A lo mejor ellos también van a misa con nosotros. Pero la misa es a las 6 y apenas son las 3.

-Yo sé. Solo pregunté. Pero arréglate con tiempo porque...

-¡Ya, ya! -le cortó molesta.

Él se fue a la habitación donde trabajaba y tenía todas sus cosas, para evitar otra discusión. Prendió el computador y se dedicó a terminar un proyecto iniciado el día anterior. No ganaba un solo centavo con esos trabajos pero, por lo menos, le daban algo que hacer durante el día y gran parte de la noche. Había sido músico en su juventud y todavía tenía las aptitudes necesarias para crear canciones en su teclado marca Casio y subirlas a su sitio Web. Solo algunas veces había vendido sus trabajos. También entendía bastante de diseño Web y creaba páginas para su propio sitio porque tampoco tenía ningún cliente para ello. Con su manera de ser, no conocía prácticamente a nadie ni tenía ninguna relación comercial (ni de ningún otro tipo) con nadie, así que les pedía a sus hijos que lo recomendaran en lo que sabía hacer para ver si le caía algo de trabajo. Pero, o no lo recomendaron o no había ninguna posibilidad de trabajo para él.

Pero el mayor tormento que tenía era su vecino de la derecha. Un muchacho joven, gran mecánico según se sabía y especialista en autos de competencia. El tormento, obviamente, era el ruido de los motores todo el día y hasta bien entrada la noche y la cantidad de clientes y amigos que permanecían en el taller, porque eso era su casa: un taller de mecánica. Había hablado con él por las buenas (pocas veces) y por las malas (la mayoría de las veces) pero no lograba conseguir una solución para evitar por lo menos el ruido. Un día, el padre del mecánico le comentó que su hijo había comprado un taller en una ciudad del interior del país y que se iba a trabajar y a vivir allá. La pregunta fue rápida y obvia:

-¿Y cuándo se va?

No tenían carro así que iban a la iglesia todos los sábados a pie. Eran unas 15 cuadras pero lo hacían despacio y no era para ellos ninguna molestia porque ya se había convertido en una costumbre. Claro que hoy no era sábado; era miércoles.

Iniciaron su caminata hacia la iglesia y al pasar frente a la casa del mecánico, él no pudo menos de decir:

-Qué milagro que este cabrón tenga cerrado el taller.

-¡Oye, te van oír! -dijo ella mirando hacia la puerta de taller.

-Me importa un carajo. Además, ya saben lo que pienso.

No salió nadie, así que siguieron de largo. Caminaron despacio, comentaron de los hijos, de los familiares de ella, del costo de la vida, del gobierno, de fulanita, de sutanito y, lógicamente, de que nadie había llamado.

-A lo mejor mi celular está dañado. ¿Por qué no me llamas del tuyo para verificar? -dijo ella.

-Por Dios, ya no jodas más con eso -le dijo él ya definitivamente molesto-. Si no llaman, pues no llaman y punto.

-Bueno, a ti no te importa pero a mí, sí. No pueden olvidarse todos de esta fecha -dijo ella subiendo el tono de voz-. Sobre todo, mis hijos. Además, se los recordé varias veces.

-Pero si a duras penas recuerdan que tienen padre y madre por los enredos de sus trabajos, que se van a acordar de las bodas de oro. No seas ilusa -respondió él queriendo terminar el tema ya.

Y lo logró. No se volvió a mencionar nada de eso pero en el rostro de ella se reflejaba una tristeza y una decepción muy grande. Ella miraba continuamente su celular. Él lo notó, pero decidió que no valía la pena ahondar más en ello. Llegaron a la iglesia, que estaba casi vacía por ser un día de entre semana. Solamente en la parte delantera había un grupo bastante grande que se notaba, por la forma en que se comportaban, que eran todos familiares o amigos. Se sentaron a esperar que el sacerdote iniciara la misa.

Él recordó el día en que había llegado a este país. El país de su esposa. Vivieron mucho tiempo en el país de él, pero debido a infinidad de problemas, creados en su mayoría por los desbarajustes económicos que él había creado, y para quitarse de encima no se sabe cuántos abogados, tomaron la resolución de irse a vivir al de ella. Vendieron todo lo que tenían, reservándose solamente la ropa y algunas cosas que valían la pena llevarse y conservar. Cayeron en manos de una supuesta amiga que se ofreció a comprarles todo. Y realmente lo hizo. Pero de qué manera los estafó. Se dio cuenta de la situación y, aprovechándose de ello, les ofrecía una cuarta parte de lo que realmente valían las cosas. Con el poco dinero que recaudaron, él pagó a algunos abogados para que no procesaran a su hermano que le había servido de fiador, y reservó lo que les costarían los pasajes y el transporte de la carga que se llevaban. Llegaron a su destino con lo poco que habían conservado y 1.365 dólares en efectivo. Eso fue todo.

Se terminaron los recuerdos porque salió el sacerdote, que no era el de siempre, y se inició la misa. Los dos eran fervientes católicos y creían, por encima de todas las cosas, en Dios. Siempre comulgaban en todas las misas y sentían en sus vidas la protección del Señor. Y verdaderamente, los protegía. Él no contaba como pecado su pésima relación con los vecinos y con el resto del mundo. Para él, eso eran gajes del oficio, así que comulgaba con tranquilidad.

Ella seguía mirando con disimulo su celular y le preguntó varias veces a él si el suyo no había vibrado. Terminó la misa pero el padre no se retiró sino que vino un poco hacia el frente y se dirigió al grupo que estaba adelante.

-Hoy tenemos un gran acontecimiento -dijo dirigiéndose a ellos-. Los esposos Gómez, aquí presentes, quieren compartir con nosotros la felicidad de que hoy, con la bendición de Dios, cumplen 25 años de casados. Por favor, acérquense. Y los esposos Gómez se acercaron al altar. El padre hizo la ceremonia de renovación de votos matrimoniales y los bendijo a ellos y a su familia.

-Pido un gran aplauso para estos esposos que son un ejemplo para los jóvenes de hoy en día, cuyos matrimonios, con excepciones claro está, a duras penas pasan de un año -dijo el sacerdote.

Todo el mundo los aplaudió. Él miró de reojo y se dio cuenta que ella estaba llorando. Se molestó mucho, se puso de pie y levantó la mano. El sacerdote se dio cuenta y le dijo:

-¿Hijo, necesitas algo?

-Si, padre. Contarle que nosotros también compartimos con ustedes una gran alegría: ¡hoy cumplimos 50 años de casados! -dijo, subiendo un poco la voz.

Al sacerdote aquello lo tomó por sorpresa porque inicialmente no dijo ni esta boca es mía. En la iglesia también hubo silencio de todo el mundo, pero todos los miraban. Ella se levantó también y lo miró extrañada pero luego sonrió y le tomó la mano. Los primeros que aplaudieron fueron los miembros de la familia Gómez y luego el resto de personas, incluido el sacerdote. Les pidió entonces que se acercaran al altar e hizo la misma ceremonia que con los esposos Gomez. Muy bajito le preguntó a ella:

-¿Y sus familiares?

-No están en la ciudad, padre -dijo y sonrió.

Terminó la misa. Salieron y caía una leve llovizna. Abrieron sus paraguas e iniciaron el regreso a su casa. Solo que lo hicieron en silencio. Ninguno tenía nada que comentar, o quizás mucho, pero prefirieron regresar en silencio.