Salir

Un buen trabajo

La familia Galvez era de lo más normal y corriente que uno se pueda imaginar. Se componía de Juan, abogado, de unos 58 años, muy bien parecido y muy solvente económicamente hablando. Como una rutina inviolable, salía cada día a las siete en punto para su oficina y los fines de semana desaparecía como por encanto. Su relación con su esposa había sido tan deprimente y exhaustiva, que nunca más quiso tener una relación ni medianamente seria con otra mujer. Por eso, usaba los servicios de prostitutas de gran categoría, que una muy buena amiga suya le proveía de acuerdo a sus gustos. Ella tenía una agencia de "prepagos". Y lo mejor, nadie le hacía preguntas. En su casa, nunca llegaban a preocuparse por saber donde había pasado la noche o el fin de semana.

La segunda persona de la familia era Luisa, su esposa, de edad desconocida, pero que sus amistades calculaban entre los 45 y 48 años. Ama de casa, sin ser ni ama ni mucho menos de casa; una mujer que jamás había trabajado en su vida. Su familia era muy acomodada y ella tenía su propio dinero y no en pequeñas cantidades. Despertaba alrededor del medio día y salía en busca de sus amistades o a la procura de cuanto almacén se le cruzara por el camino. Y, valga decirlo, vivía muy feliz sin la más mínima preocupación por su esposo o por su única hija.

Esta se llamaba Alina, de 18 años, con una figura que llamaba la atención y se convertía en una tentación estremecedora para todo hombre que la conocía o, simplemente, la veía. Estudiaba y trabajaba al mismo tiempo. Si dependiera de sus padres, no tendría ninguna necesidad de trabajar pero le gustaba ser absolutamente independiente en todo. Para ella, jamás sus padres habían sido una meta, una necesidad o, menos aún, un ejemplo a seguir. Ellos no tenían ni la más remota idea ni donde ni qué estudiaba, ni donde ni en qué trabajaba ni, menos aún, a donde iba cuando salía de la casa. Y jamás les había preocupado saberlo. Ella había aprendido sola a decir sí o no cuando las situaciones de la vida le hacían las correspondientes preguntas, y muy rara vez respondía con un tal vez. Los tres se saludaban con mucha cortesía, se despedían con la misma cortesía y se ignoraban con mucha dedicación y con mucha cortesía también, claro está. Así pues, era una familia muy normal y corriente.

Alina estaba ya de salida cuando sonó su celular.

-Hola, Mercedes – dijo Alina.

-Debes pasar por la oficina. Hay un trabajo para ti.

-Bien. –respondió y sin despedidas ni nada parecido, colgó el aparato y salió.

A Mercedes le impresionaba lo reservada que era Alina y lo cortante que era para hablar. De ella, solamente conocía su nombre e, increíblemente, si le había dicho su apellido, ni siquiera lo recordaba. Y, además, para el trabajo que le encomendaba, no se requería más datos adicionales.

El tráfico de la mañana, como casi todos los días, era simplemente insoportable al igual que el calor. Cerró los vidrios de su coche y encendió el aire acondicionado. Pensaba en sus estudios, si realmente valía la pena el esfuerzo, el gasto y la dedicación cuando, con el trabajo que tenía, le daba y le sobraba para vivir muy bien. Trabajaba hacía seis meses. De verdad, era una mina de oro. Se sonrió, se miró en el espejo retrovisor y se dijo para sí misma: «Lo vales, chica, lo vales.» Recordó que debía comprar una batería nueva para su celular y se detuvo en un almacén para hacerlo. Descendió del coche e ingresó en el almacén. El vendedor la miró de pies a cabeza sin siquiera disimularlo. Ella le sonrió y le dijo:

-A la cama, vamos después. Por ahora, dame una batería para este teléfono. – Y le dio el aparato con picardía.

El vendedor tomo el teléfono sin siquiera sonrojarse por la observación de ella, lo abrió y colocó la batería nueva. Se lo entregó y procedió a marcar la cantidad en la registradora, le sonrió y le dijo:

-Gracias, belleza. Queda pendiente lo de la cama –dijo guiñándole un ojo.

-Que sea una promesa –le dijo él extendiéndole la mano que ella tomó aún sonriendo.

-Claro. No te saldrá barato, pero…bueno, luego te veo. Gracias de nuevo. –dijo y salió sin esperar respuesta del vendedor, que se quedó mirándola medio boquiabierto.

Subió a su coche y se dirigió hacia la oficina de Mercedes ubicada en el centro de la ciudad, en un edificio que, solamente con verlo, ya uno podía imaginarse el costo de cualquier oficina comprada o arrendada allí. Saludó a portero, que ya la conocía, y tomó el ascensor al piso 15. El despacho de Mercedes estaba decorado con un gusto exquisito, sin que sobrara o faltara nada. Pero eso sí, cada elemento que hacía parte de la decoración, debía costar un ojo de la cara. La recepcionista la saludó y ella, sin esperar que le dijera nada, entró al privado de Mercedes.

-Hola, ¿cómo estás, Alina? –saludo Mercedes sin levantarse de su escritorio.

-Bueno, bien por ahora. ¿Y tú?

-Ya lo ves. Progresando. –dijo y se rió.

-Sí, ya lo veo. Esto es una mina de oro. Algún día tendré mi propia mina. –profetizó.

-No lo dudo, Alina. Eres una mujer de armas tomar.

-Bueno, al grano. ¿Qué hay que hacer? –preguntó Alina abriendo las manos.

Mercedes abrió una gaveta de su escritorio, sacó una carpeta y de ella anotó una dirección y un teléfono en una Post-it y se la entregó a Alina.

-Debes estar allí a las diez.

-¿Todo verificado? – preguntó Alina mirando el papelito.

-Si, por supuesto. Tú me conoces. –dijo y le sonrió.- Llama para verificar la hora.

-Bien.

Hablaron un par de tontería más, se despidieron y Alina bajó de nuevo a buscar su coche. Era una suerte la relación con Mercedes porque le suministraba buenas fuentes de trabajo y era por eso que ganaba tanto dinero con ella. Pero seguía pensando, y haciéndose la promesa, de que algún día tendría su propia empresa para no depender en absoluto de nadie más. Era el último eslabón de la cadena para sentirse realizada y totalmente libre.

Se dirigió a la universidad para asistir a las dos clases que tenía hoy. Era un poco temprano, pero mejor sería esperar allí que dar vueltas por la ciudad para hacer tiempo. Saludó y habló con muchas personas y al llegar la hora, se dirigió a su salón para asistir a la primera clase. Luego a la segunda y cuando terminó, se fue a su casa de nuevo. Entró en su habitación, se desnudó completamente y se dejó caer en su cama. Aún faltaban tres horas para la cita, pero se dijo que era mejor confirmar todo y así lo hizo llamando al teléfono que le dio Mercedes. Confirmado todo, se durmió de inmediato.

A la hora convenida, llegó al edificio cuya dirección ya había memorizado. Le dijo al portero a quién iba a ver y él le pidió que esperara un momento, levantó un teléfono y marcó el número de algún apartamento para pedir la autorización del dueño y permitirle subir. -¿Su nombre? –le preguntó con el teléfono en el hombro.

-Dígale que es de parte de la Sra. Mercedes –respondió ella con mucha seguridad.

La persona al otro lado de la línea debió escuchar la respuesta porque le dijo al guardia que la hiciera subir. Ella subió y, sin necesidad de tocar el timbre, la puerta de abrió y un hombre de unos 45 años, vestido muy informalmente, le dijo que pasara. Ella lo hizo.

-¿Cómo está Mercedes? – preguntó él.

-Bien. –respondió simplemente Alina.

-Ok. Entonces, vamos a nuestro asunto. Por favor, siéntese. ¿Desea tomar alguna cosa? –le preguntó dirigiéndose a un bar que estaba frente a él.

-No, muchas gracias. Estoy bien así.

Dos horas después, Alina se dirigía nuevamente a su casa. La noche, a diferencia el día, estaba muy fresca. Casi fría. Pensaba en un montón de cosas al tiempo, pero predominada la ilusión de independizarse del todo en este trabajo y no tener que depender de otra persona para hacer los contactos y conseguir los clientes. Le había costado aprender las cosas necesarias, pero consideraba que en este momento tenía la experiencia y los conocimientos para progresar sola. Así que, nuevamente, se prometía que en muy corto tiempo lo conseguiría. Y otra vez se dijo: «Lo vales, chica, lo vales.»

Juan llegó a su despacho a la hora convenida con un cliente, que prometía incrementar de manera muy significativa su ya abultada cuenta bancaria. El cliente fue puntual, se presentaron, aunque ya se conocían por teléfono, y procedieron a discutir y concretar el asunto. Después de casi tres horas, todo quedó arreglado. Juan debía viajar el lunes siguiente para conocer la empresa de su cliente, de la cual se haría cargo en la parte correspondiente al manejo legal de todo.

-Licenciado… -comenzó el cliente pero Juan lo detuvo en seco.

-Por favor, llámeme Juan. – le pidió sonriendo.

-Perfecto: Juan y Ernesto suena mejor, ¿bien?

-Muy bien.

El cliente se quedó pensativo y luego, muy animado, le dijo:

-¿Por qué en lugar de viajar el lunes no lo hace el sábado? Le prometo un tour por la región que de verdad será increíble. –le dijo levantándose de la silla y abriendo los brazos en cruz para esperar la respuesta.

–Puede ir con su esposa o con quien usted guste. –concluyó.

Juan lo pensó un momento y luego aceptó. El cliente le dio todas las indicaciones necesarias para el viaje, se despidieron y Juan atendió una llamada telefónica.

Cuando terminó esa llamada, inmediatamente marcó un número sin usar a su secretaria para hacerlo.

-Hola, amiga –dijo cuando le respondieron.

-Hola, Juan. ¿Cómo estás? –le dijo su nombre porque ya conocía su voz.

-Divinamente bien, gracias.

-Me imagino…-comenzó a decir la voz por teléfono pero Juan le cortó.

-Esta vez es diferente, amiga. Voy a viajar el sábado y necesito una muy buena compañía para unos cinco días. –dijo haciendo énfasis en muy buena.

-Claro que sí. Te buscaré lo mejor. –le dijo ella riendo- Dame las instrucciones para que se puedan encontrar el día del viaje. Confía en mí, que no te arrepentirás.

-Más te vale que así sea. Ok, toma nota.

Le dio las instrucciones y terminaron la conversación. Se realizó el viaje, se realizó el negocio y en verdad, la compañía que le suministró su amiga, fue lo mejor de lo mejor. No hubo queja de ninguna especie.

La rutina continuó en la casa de Alina. Y también en su vida.

Días después, Mercedes recibió la llamada de un cliente. Sabía muy bien quién era, sin necesidad que le dijera su nombre.

-Mándame algo nuevo y joven para ver si yo rejuvenezco. –le dijo él cliente riendo.

-Claro que sí. De verdad, lo necesitas mucho. –se burló la voz. ¿A qué hora?

-Pues…las ocho está bien.

-Perfecto, allí estará una celestial aparición. –dijo, se despidió y cerró la llamada.

Alina salió de la universidad más temprano que de costumbre, porque Mercedes le había asignado un trabajo y apenas disponía de tiempo para ir a su casa y mudarse de ropa. Se arregló lo mejor que pudo, dado su estado de ánimo venido a menos en el día de hoy. Por unos instantes pensó en llamar a Mercedes y disculparse, pero también se dijo que no tenía porque perder ese dinero. Haciendo de tripas corazón, salió de su casa para el trabajo. No demoró en encontrar la dirección. Como cosa extraña, el edificio no tenía portero y no había una sola persona en el vestíbulo. Llamó el ascensor, y se le antojó un siglo el tiempo que demoró en bajar. En su interior, le extrañó que este edificio no tuviera portero, porque así podría entrar cualquier persona incluido, claro está, un asesino, un ladrón o un psicópata. Pero, bueno, ese no era su problema. Hoy trataría de que las cosas fueran rápido. También había aprendido a acelerar el sexo cuando ella quería. Llegó el ascensor, ella marcó el piso y cuando se detuvo, salió al pasillo y buscó el número del apartamento. Lo encontró en seguida y timbró. Demoraron un poco en abrir y cuando lo hicieron, ella se quedó mirando a la persona que abrió la puerta. El hombre abrió tales ojos de sorpresa, que ella no pudo menos de reírse franca y abiertamente. Entonces saludó con mucha cortesía, claro está.

-Hola, papá.