Salir

La chica del tren

Un lunes más. Esperando de nuevo el tren en la estación para embarcarme por tres o cuatro días y visitar los clientes de varios pueblos vecinos como vendedor de la compañía donde trabajo. Todavía estaba un poco aturdido por la celebración de ayer en casa de unos amigos, con el consabido dolor de cabeza producido por el ron, la cerveza ingerida en generosas cantidades y no sé cuantas cajetillas de cigarrillos. Hoy, más que nunca, la espera se me antojaba insoportable. Me rondaban en la cabeza muchos problemas de diversa índole, el temor de que la empresa cerrara pronto por las pocas ventas y la sensación de llegar a los 48 años siendo el mediocre más grande el mundo. Sin dinero, viviendo de un salario miserable y recordando que cada cosa, cada proyecto que había pensado realizar en la vida, se había quedado en eso: solo en proyectos, solo en pensar... Por fin apareció el dichoso y no muy apreciado tren. Tomé mi pequeña maleta, el maletín de muestras, mi pesadumbre, mi dolor de cabeza y subí al vagón.

El tren inició su recorrido y comenzaron a tomar velocidad las imágenes a través de la ventanilla. Los mismos árboles, las mismas montañas, las mismas nubes pero de diferentes formas. Podía cerrar los ojos y saber exactamente qué vería al abrirlos de nuevo. Por los arañazos en la silla, sabía con certeza que ya había viajado en este mismo vagón varias veces. Ninguna novedad que hiciera más llevadero este tortuoso viaje mensual.

El traqueteo de los rieles, la resaca y la monotonía que me acompañaba fueron adormilándome poco a poco. Al fin me quedé dormido. Desperté con el ánimo en peor estado que antes. Pero había una novedad. A mi lado se había sentado alguna persona mientras yo dormitaba un poco. Primero miré de reojo, y luego abiertamente giré la cabeza para ver entonces la figura de una mujer. Ella me miró, sonrió tímidamente como una cortesía y continuó mirando alguna cosa frente a ella que yo no podía determinar realmente qué era. También miré al frente. Así quedaron las cosas por un rato. De repente, ella fue quien me habló.

-¿Hacia adonde viaja? -dijo mirándome y sonriendo un poco.

-La próxima estación es mi primera parada –le respondí con cortesía.

-Que curioso. Yo también me bajo allí. Vivo en esta población.

Se quedó pensativa y de nuevo se dirigió a mí.

-¿Vive en la capital? -me preguntó aparentemente interesada en la respuesta.

-Sí, y trabajo allí también pero debo viajar mensualmente. Soy vendedor.

-Y... si no es indiscreción, ¿qué vende?

Tomé mi maletín de muestras, lo puse sobre mis rodillas y lo abrí. Ella miró el contenido pero sin decir absolutamente nada. Me sentí un poco defraudado. Había una cosa que me estaba llamando poderosamente la atención: después de tomar nota de que el vagón venía casi vacío y con muchos lugares libres con ventanillas, ¿por qué decidió ella sentarse a mi lado? Nunca llegó esa respuesta. Por un momento, silencio y cada uno a sus propios pensamientos. Fui yo quien inició de nuevo la conversación.

-¿Visitaba a alguien en la capital?

-No. Bueno, a decir verdad, si. A mi médico.

-Imagino que hay mejores médicos en la capital, claro.

-No crea. Mi pueblo es pequeño pero realmente tiene tres excelentes médicos, pero al que yo visito en la capital me ha visto desde hace muchos años. Confío plenamente en él. Además, me agrada ir a la capital.

-Eso es verdad. Una muy buena costumbre es atenderse con un mismo médico -le dije muy convencido de mi afirmación.

-¿Entonces viaja todas los meses? -me preguntó.

-Muy a mi pesar, sí. Es una rutina que, muy sinceramente, me fastidia mucho. Ya son varios años que hago lo mismo. Pero está muy difícil cambiar de trabajo. Sin embargo, siempre lo intento -le dije con un gesto de conformidad infantil.

-No se desanime. Lo conseguirá -me dijo con una amplia sonrisa.

-Dios la oiga. Gracias por sus buenos deseos.

Otro rato de silencio, de mirar por la ventanilla para ver si el paisaje había cambiado en algo pero definitivamente, no. Me sentí animado con las pocas palabras que habíamos cruzado. Era hora de profundizar un poco más.

-Bueno, creo que es hora de presentarnos –le dije sonriendo y extendiéndole mi mano-. Me llamo Gilberto Briceño, para servirle.

-Gracias. Mi nombre en Maryan. No Marian, sino M A R Y A N –deletreó muy despacio.

-Es un nombre muy bonito pero, no me mal interprete por favor, ¿por qué escrito así? -le pregunté con verdadera curiosidad.

-¿Quiere oír la historia?

Claro que sí. Me encantaría –le respondí disponiéndome a prestarle toda la atención a la historia de su nombre.

-Pues bueno, cuando yo nací, me cuenta una tía, se formó una verdadera batalla campal entre mi padre y mi madre por la escogencia del nombre -. dijo y se sonrió- Saltaron a la palestra toneladas de nombres sugeridos unos por mi padre y otros por mi madre pero todo se redujo a dos: María y Andrea. Como no llegaban a un acuerdo y la discusión ya pasaba a mayores, al fin mi madre hizo callar a mi padre y le propuso sabiamente: Se llamará MARYAN. María y Andrea juntos. ¿Está bien? Si mi padre no aceptaba, poco le quedaría de vida, por lo menos de vida tranquila. Aceptó y así me llamaron. Se rió de una manera tan bonita que se alegró mi viaje, me olvidé de mis penas y también reí de muy buena gana.

-Ahora, cuénteme algo de su vida que no se refiera al trabajo -me pidió aún sonriendo.

-Bueno, no hay mucho que decir. Me casé muy joven pero el matrimonio no duró mucho. Fue una experiencia tan mala, que nunca he pensado en volver a cometer esa...locura -dije haciendo que la palabrita sonara a broma-. Y sé que ella tampoco volvió a casarse. Creo que fue una verdadera terapia de pareja.

Ella volvió a reír animadamente. El tren comenzó a disminuir su velocidad, así que nos dimos cuenta de que el viaje ya estaba por terminar. Además, lo confirmó el supervisor. Quise hacer una última pregunta:

-¿Es de cuidado su dolencia?

-Bueno...no lo sé aún. Faltan muchas pruebas, exámenes y resultados. Ya veremos -dijo y sonrió.

Tomamos nuestras pertenencias y bajamos a la plataforma. Ya para despedirnos, Maryan me dijo:

-¿Cómo se llama su empresa, si no es indiscreto?

Le di todas las indicaciones y una tarjeta mía. Me despedí deseándole que todos sus exámenes resultaran bien y que su salud mejorara definitivamente. Me dio las gracias diciéndome que cuando pasara de nuevo por allí, le visitara. Que su apellido era Garcés y cualquiera en el pueblo me diría como llegar a su casa. Se lo prometí y me fui a buscar el primero de mis clientes.

Pasó bastante tiempo desde aquel encuentro y como los clientes de ese pueblo se habían reducido tanto, ya nunca paraba allí así que jamás la visité como le había prometido. Por un golpe de buena suerte, digo yo, la compañía fue comprada por unos inversionistas extranjeros y gracias a Dios se terminó para mí la horrorosa rutina de los viajes por los pueblos vecinos. Ya no era vendedor sino Supervisor de Producción. Mejoraron mi salario y, la verdad, las cosas iban muy bien. Ya tenía más de un año en mi nueva posición. Estaba satisfecho y me llevaba maravillosamente con mis nuevos jefes. Por lo menos valoraron mis capacidades y, para ser absolutamente sincero, yo tampoco ni las había descubierto ni las había valorado.

Una mañana, llegué como siempre a mi oficina y mi secretaria me entregó mi correspondencia. Entre las cartas, una me llamó la atención por el color de su sobre. Sin embargo, no la pude abrir inmediatamente y solo lo hice un poco antes de la hora de almuerzo. Era de Maryan. Me extrañó un poco, pero me agradó mucho recibir esa nota, porque eso era en realidad. Una pequeña nota. Me decía que le hubiera gustado mucho que la hubiese visitado y deseaba que me encontrara bien. En cuanto pude, le respondí la carta haciéndolo según las indicaciones que me daba. Esa fue la primera de muchas cartas, hasta que de repente ya nunca volví a recibir noticias de ella. Y las cosas siguieron con su rutina normal.

Un día tuve una reunión con mi jefe y me comentó que, como yo conocía bien la región, hiciera un viaje para determinar y si valdría la pena volver a incluir los viejos clientes que yo conocía. Claro está que, sonriendo, me dijo que no sería yo el que viajara. Se lo agradecí y le dije que lo haría en cuanto pudiera.

Y lo hice. Planifiqué mi viaje y salí un martes en mi coche para hacer el recorrido que tanto conocía pero que anteriormente hacía en tren. El primer pueblo fue, lógicamente, el pueblo donde vivía Maryan. Hablé con varios clientes y de pronto sentí muchos deseos de visitar a Maryan. Me dieron las indicaciones de su casa y fui hacia allá caminado y conociendo algo de la población que no tenía nada de especial, pero donde se respiraba una paz envidiable. La gente me saludaba aún sin conocerme. Llegué a la casa de ella que se encontraba al fondo de un inmenso jardín protegido por una reja de hierro, pero que estaba solamente entre cerrada. Llegué a la puerta principal y toqué una campanilla que estaba colocada a la derecha en el muro. Esperé un rato largo. Volví a insistir, pero nadie abría. Di media vuelta y me iba a retirar cuando la puerta se abrió y apareció una señora ya bastante entrada en años. La miré con curiosidad pero con la firme convicción de que ella no era Maryan.

-Buenos días -me dijo con mucha cortesía-, ¿le puedo ayudar en algo?

-Gracias. Estoy buscando a Maryan Garcés y me han dicho que vive aquí.

Se quedó mirándome sin decir una palabra. Me sentí muy incómodo y quería irme de allí pensando que a la señora le había caído muy mal mi visita, pero me volvió a hablar con la misma cortesía de antes.

-Usted es Gilberto, ¿verdad? Por favor, ¿quiere pasar un momento?

Me extrañó que conociera exactamente mi nombre, pero no dije nada.

-Gracias. Con gusto.

Me hizo pasar a una salita medianamente iluminada y decorada de la manera más sobria posible, sin ningún lujo. Me ofreció un jugo o una taza de café pero ya había tomado varias tazas, así que, con cortesía, le dije que no. Entrelazó sus manos y se quedó mirando hacia el piso por un tiempo que me pareció una eternidad. Yo estaba muy incómodo y por fin me decidí a preguntarle:

-¿Podría hablar con Maryan, por favor?

Aún con la poca luz que había, vi claramente que sus ojos se llenaron de lágrimas cuando los levantó para mirarme de nuevo.

-¿Qué pasa? -le pregunté.

-Maryan murió hace mucho tiempo -me dijo ya llorando abiertamente.

Me quedé estupefacto. Esa señora me estaba mintiendo porque yo recibía las cartas de ella. Y así se lo dije.

-Perdóneme, pero no es posible. He recibido muchas cartas de ella.

Se acercó a mí y me tomó cariñosamente las manos. Sentí que las de ella temblaban.

-Las cartas las escribí yo -me respondió aún llorando.

-No puede ser. Por favor, explíqueme esto -le dije un poco molesto.

Y lo hizo.

Me contó que Maryan, antes de morir, le había pedido que, si yo respondía las cartas, me siguiera escribiendo siempre como si la que escribiera fuera ella misma, hasta que yo no volviera a responder.

-Usted fue muy especial para ella -me dijo y nos abrazamos como viejos conocidos, con mucha emoción- Gracias por haberla hecho tan feliz con sus cartas.

No pude seguir visitando ni clientes ni más pueblos. Regresé apesadumbrado a la ciudad pero en el fondo agradecido con Dios por haber conocido a Maryan. Lo más hermoso es que, sin saber por qué, nunca quemé ni destruí las cartas de ella. Así que, en la soledad de mi casa, comencé a leerlas de nuevo, una por una.