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Cuatro copas y un As

La historia a que se refiere este relato sucedió en un pueblito llamado Sotopó. En Sotopó no conocían ni el asfalto, ni el concreto, ni el ladrillo de bloque, ni los celulares. Estos últimos, por la sencilla razón de que no los habían inventado aún. Esto para decir al lector que las calles eran de piedra, muy pocas, o de simple tierra, casi todas. Tenía una iglesia, que mejor se acomodaría en la categoría de capillita, una alcaldía, un pequeño banco, una cantina, un centro de salud que apenas daba para un dolor de cabeza, un centro comunal donde a duras penas habría espacio para unas 20 personas, una mínima escuelita eso sí, con maestra a bordo y una pensión a la que llamaban gloriosamente: Hotel de Sotopó. Nunca se supo para qué lo hicieron porque a Sotopó no lo habían visitado más de dos personas. Uno fue el alcalde cuando llegó y no tenía aún casa propia. El otro, nadie se acuerda quién fue. Creo que esto es todo lo importante de Sotopó. Ah, claro está, me olvidaba decir que tenía también las casas donde vivían los Sotopopeños. Dentro de esta progresista comunidad, vivían nuestros 4 héroes de la historia a saber: Federico, Francisco, Filiberto y Fernando.

Después de esta pormenorizada descripción de Sotopó, la historia: un domingo al atardecer, estaban bebiendo sus cervezas sentados al frente de la cantina y vieron llegar un coche negro (el primer coche en Sotopó) que paró frente al hotel. El chofer bajó y abrió la puerta de atrás. Primero bajó un zapato de mujer rojo, luego una pierna prendida al zapato, luego la pierna completa y, por fin, el cuerpo de una mujer vestida de rojo e increíblemente hermosa. Los miró, les sonrió y entró al hotel. El chofer bajó una mínima maletita y entró también con ella. Salió el chofer, subió al coche y se fue. Pasó más de una hora en que nuestros cuatro amigos no quitaban los ojos de la puerta del hotel pero nadie entró ni salió. La curiosidad pudo más, se miraron y casi al mismo tiempo se levantaron de sus sillas y entraron al hotel. Estaba solo Don Mariano, dueño, administrador, cocinero, barman, mozo de equipajes, mesero y disponible para cualquier otro menester en su hotel. Salta a la vista que no tenía mucho trabajo que digamos, la verdad sea dicha. Levantó la mirada de lo que estaba leyendo y los saludó.

-Hola muchachos. ¿Qué los trae por aquí?

Se quedó pensativo pero reaccionó inmediatamente y dijo de nuevo:

-Ah, ya sé. La visitante que acaba de llegar. ¿Me equivoco? -dijo riendo sonoramente.

-¡No! -contestaron los cuatro al unísono-. Solo pasamos a saludarlo.

-Si, claro yluego me cuentan una de vaqueros -respondió Don Mariano guiñando el ojo.

Los cuatro se miraron y Federico fue el que habló:

-Don Mariano...

-Se llama Inés. Y...no quiere ser molestada.

Ya se retiraban cuando apareció como una ensoñación la figura indescriptible de Inés. Los miró y les sonrió. Luego, dirigiéndose a Don Mariano, le dijo:

-Señor, ¿y no va a presentarme a sus amigos?

Don Mariano quedó medio confundido pero al fin se despabiló.

-Claro, señora...

-Señorita, por favor.

-Disculpe -dijo Don Mariano más confundido aún-. Señorita Inés, le presento a los señores...

Y lo hizo uno por uno. Y a cada uno le estrechó la mano y le dijo su nombre.

-Bueno -dijo Inés-, y para celebrar, ¿por qué no tomamos una copa? ¿Hay algún lugar para ello?

El que se atrevió a contestar fue Francisco:

-Pues verá, el único lugar en el pueblo es la cantina -dijo como azorado.

-¿Y? -le respondió Inés con una gran sonrisa- ¿No dejan entrar mujeres?

-No, no es eso. Bueno, la verdad, creo que jamás ha entrado una mujer.

-Pues bien: voy a ser la primera. Vamos, ¿me acompañan?

No bien entraron en la cantina cuando las miradas de todos los «bebientes» se posaron en la figura de la mujer que entraba acompañada de los cuatro F. «No lo podemos creer» era lo que sus desorbitados ojos gritaban. Primero, porque una mujer nunca había pisado los umbrales de un sitio que, por derecho propio y divino, les pertenecía a los hombres. Y segundo, lo más importante, porque nunca en la vida se les había aparecido un ángel en forma de mujer un domingo a las siete de la noche. Bueno, ni domingo, ni lunes, ni martes, ni nunca, ni jamás. Hasta el alcalde estaba mudo. Bueno, principalmente el alcalde.

Se sentaron los cinco en una mesa y «la banda» compuesta por un violín, un bajo y un banjo siguió tocando, no se sabe qué canción, ni en qué tono, ni si todos la estaban tocando la misma canción. Un par de borrachines zapateaban en la mínima pista de baile, intentando por todos los medios de hacer algo que se pareciera a un baile, al son de un ruido que hacía un esfuerzo extraordinario por parecer música. Pidieron cerveza y brindaron.

-Bien, muchachos -dijo Inés otra vez con una gran sonrisa en los labios-, no podemos perder esta maravillosa música aquí sentados.

Los miró a todos y tomando la mano de Francisco, le dijo casi arrastrándolo para ponerlo de pie:

-Tú primero.

Y salieron a bailar.

-Oye, Francisco...¿eres tú Francisco, verdad? -dijo Inés al oído de Francisco

p> -Sí, si, claro.

-Bueno. Escúchame bien: mañana a las siete p.m. te espero en la recepción del hotel, y nos vamos a dar la gran vida en mi carro toda la noche. Vas a conocer un sitio maravilloso.

Francisco la miró pero no pudo desatar palabra.

-¿Oye, me entendiste, Francisco?

-Sí, sí claro que sí. Mañana a las siete en la recepción -dijo Francisco tartamudeando.

-Eso sí, ponte todas tus galas, porque va a valer la pena -. le pidió Inés.

Luego, mirándolo fijamente, le añadió:

-Pero... ni una palabra a tus amigos. ¿Prometido? Esto es entre los dos.

-Prometido -respondió el otro levantando la mano para imitar un juramento.

-Bueno, voy a tener que bailar con tus amigos porque si no, se van a sentir mal.

Y regresaron a la mesa e Inés sacó a bailar a los demás uno por uno. Terminaron la parranda, dejaron a Inés en el hotel y cada uno se fue a su casa sin proferir palabra de lo acontecido pero, eso sí, con una sonrisa interior y la seguridad de que Dios les había concedido un milagrito...

¡No!, un señor milagro sin pedírselo siquiera: ¡conocer semejante mujer! No es que pudieran dormir mucho, pero hicieron el intento.

Don Mariano estaba escuchando un poco de radio cuando en la puerta apareció Federico. Se quedó mirándolo extrañado, pues no recordaba haberlo visto vestido así nunca. Cuando se acercó a él, tuvo la seguridad que se había, literalmente, bañado en colonia.

-¡Hey! -le dijo riendo- ¿Dónde es la fiesta?

-Ninguna fiesta, Don Mariano. Es que... tengo una cita hoy.

-Vaya, lo que le falta por ver a uno -. Sonrió y le puso una mano en el hombro.

De pronto, se abrió de nuevo la puerta y entró Francisco con la misma pinta que su amigo. Se miraron pero, con excepción de un saludo cordial, no dijeron más nada. Y cinco minutos después, aparecieron los otros dos, con las mismas galas. La situación ya se había vuelto incómoda a decir no más. El único que los miraba y sonreía burlonamente, era Don Mariano. Y es que él ya tenía bien claro el motivo de la presencia en los cuatro amigos en esas fachas. Los cuatro miraban al techo, daban vueltas, caminaban de un lado a otro, pero sin proferir palabra.

Al fin, Francisco se decidió a hablar:

-Bueno, amigos, lo que pasa es... bueno... este... es que tengo una cita con Inés -dijo al fin inflando el pecho.

Los otros tres se miraron y, casi al unísono, dijeron:

-Y yo. Y yo. Y yo.

Don Mariano se reventaba de la risa, lo que puso muy molestos a los F. Cuando se calmó, les dijo en un tono muy paternal.

-Doña Inés se fue hoy a las siete de la mañana. Lo siento por ustedes, amigos. Realmente, hace un largo viaje y solamente de detuvo para descansar un poco antes de continuar.

-Y... ¿no dijo nada? -preguntó Federico.

-Sí -respondió Don Mariano-, dijo: «Gracias, señor. Hasta pronto» Pagó la cuenta, subió a su coche y se fue.

Los cuatro F se despidieron de Don Mariano y cada cual tomó rumbo a su casa, tal vez para ponerse algo más cómodo. Las corbatas les molestaban mucho. La falta de costumbre de usarlas...