Salir

Un cuento sin A

Me propongo escribir un cuento, muy corto eso sí, sin que yo use el símbolo que ven en el título. ¿Difícil? Creo que sí; un poco, por supuesto, pero no imposible. Entonces, comencemos.

Bueno... Bueno... ¿qué recuerdo tengo que me logre socorrer en este empeño? ¿...? ¡Lo tengo! ¡Sí, lo tengo! Comencemos, pues.

El suceso que les cuento hoy sucedió en un pueblo cuyo nombre ni recuerdo. Miguel, un profesor, escritor de hermosísimos versos en su tiempo libre e impresos en un periódico del pueblo, inició de nuevo el recorrido en pos de su domicilio, como siempre. Lo hizo muy silencioso, embebido en sus propios recuerdos. Unos dedos en su hombro lo detuvieron.

-Disculpe -le dijo quien lo detuvo- ¿usted es Miguel Gorniere?

Él se molestó un poco, pero respondió:

-Sí, ¿por qué?

-¿El escritor de versos del periódico El Siglo?

-Sí, pero... ¿por qué me detiene?

-Discúlpeme, discúlpeme: es solo... que conservo todos sus versos. Y es un honor conocerlo. Soy Muriel López.

Miguel se turbó un poco.

-Hmmm... pues qué bueno que son de su gusto, Muriel.

Los envolvió el silencio por un tiempo; Muriel con los ojos en los de él y él con los ojos en ningún sitio específico. Muriel rompió el silencio y dijo:

-Yo vivo en ese edificio, Miguel -le dijo poniendo su dedo en dirección de un edificio próximo.

-Sí, lo veo.

Otro silencio entre los dos.

-Bueno... -titubeó Muriel- si no tiene compromiso, ¿le puedo ofrecer un refresco o un tinto?

Miguel dudó y demoró en decir que si, pero lo hizo, no por gusto sino por compromiso. En su piso, Muriel le pidió que se sintiese cómodo, fue por el tinto, se lo llevó y se sentó frente a él.

-Miguel, usted... ¿tú?... ¿puedo?

-Sí, por supuesto que sí.

-Bien, te veo muy triste, ¿sucede...?

Muriel no terminó porque Miguel le interrumpió.

-No, no te preocupes. Siempre soy poco expresivo.

-Pero no en los versos...

-Sí, es posible. Es muy posible que no en los versos.

-¿Tienes mucho tiempo escribiendo tus versos? -preguntó de nuevo Muriel

-Un poco.

Muriel se quedó como niño perdido sin descubrir por qué.

-Son todos hermosos -dijo por fin

-No todos, unos pocos, creo yo -le corrigió Miguel

-Yo creo que todos, por lo menos en mi concepto -Eso me enorgullece mucho, créeme, Muriel.

-Hermosos, si -repitió Muriel muy quedo

Diversos tópicos en los que se envolvieron hicieron diluirse el tiempo, pero ninguno de los dos lo percibió o, por lo menos, dejó que lo percibiese el otro. Pero luego, Miguel miró su reloj, se puso de pie, se despidió y se fue, prometiendo verse de nuevo muy pronto. Corrió el tiempo y Miguel y Muriel se unieron mucho, pero solo como muy buenos confidentes el uno del otro. Se vieron de nuevo y Muriel vio flores que Miguel escondió con prontitud. Se preguntó: «¿por qué?» pero no dijo ni «mu»

-Miguel, qué bueno verte y muy bien protegido -dijo Muriel poniendo los ojos en sus flores y sonriendo.

-Si... lo mismo digo -respondió Miguel un poco confundido

-¿Y te diriges... si no es indiscreto?

-Pues... voy rumbo...

-Cementerio -cortó Muriel

-Sí, sí...

-Miguel, ¿puedo ir contigo, si no te es incómodo?

Miguel se quedó en silencio. Luego respondió:

-No, no me es incómodo, no.

Muriel lo miró y preguntó:

-¿Son p...?

Miguel impidió un solo sonido de Muriel simplemente con un gesto. Se fue entonces en pos del cementerio. Muriel lo siguió sin proferir sonido. En el cementerio, Miguel buscó con prontitud un sepulcro. En frente de él, puso sus flores, cerró los ojos y estuvo en silencio mucho, mucho tiempo. Luego miró los ojos de Muriel, se volvió y dijo:

-Mi espo...

No pudo decirlo, pero Muriel lo entendió y, con un silencio profundo, respetó el dolor de él.

El regreso de los dos fue, del mismo modo, doloroso y silencioso; muy silencioso...