Salir

El paseo de Don Dios

Don Dios estaba en su oficina, ubicada en todo el centro de la inconmensurable y bien llamada Bóveda Celestial. Tenía los codos sobre su escritorio, la cabeza entre sus manos y se veía y se sentía muy, muy aburrido. Desde donde estaba, podía ver y controlar a su antojo toda su creación. La que más cuidaba, y a la que ponía más atención, porque era la que más trabajo y contrariedades le daba, era una bolita pequeñísima a la que le había puesto el nombre de Tierra. Y era la que más lo divertía, pero no hoy.

Se levantó de su silla y comenzó a dar vueltas sin ton ni son. Por fin, se decidió a salir y dar un paseo por ahí para ver que cómo andaba todo entre sus ángeles, arcángeles, los buenazos que habían logrado llegar hasta el cielo, los santos a los que ya había autorizado su canonización, etc, etc. De vez en cuando echaba una miradita hacia abajo y veía centellear una lucecita roja: era la luz de su vecino que, como se había portado mal, lo tuvo que desterrar pero, como él se quejaba de que en las nubes hacía mucho frío, cuando lo desterró, le dio suficiente fuego para que no se congelara. Ya poco se hablaban: la amistad se había roto.

Al salir a dar su paseo, vio a uno de los santos sentado en una pequeña nube jugando con su corona de santo y, al parecer, más aburrido que Él.

-Hola -saludó.

-Hola, señor Don Dios -le respondió el santo.

-Puedes recortarlo: solo Señor.

-Bueno, solo Señor.

-Sin el solo.

-Bien, solo Señor.

Don Dios comprendió que era mejor dejarlo así.

-¿Qué haces? -preguntó Don Dios

-Nada... ¿Qué se puede hacer aquí? Y lo peor es que esto va para laaaarrrrgoooo, ¿o no? ¿Cómo es que lo llama usted?... Ah, si: eternidad.

-Pues... sí, un poquito largo, si.

-Si, ya conozco sus diminutivos -respondió el santo sonriendo

Quedaron en silencio.

-Vamos a dar una vueltecita a uno de mis dominios, ¿te parece?

-¿Serviría de algo decirle que no?

-No.

-¿Y a dónde vamos?

-Mira: estoy viendo en la bolita verde allá lejos un colegio donde están jugando unos niños. ¿Los ves?

El santo lo miró, se rió y le dijo:

-Claro, si me presta su mirada telescópica tal vez los vea, solo Señor

-¡Señor, nada más! Pero bueno, olvídalo...

Don Dios se quedó pensando.

-A propósito, ¿cómo te llamas?

-Elinogoribaldomero.

-Por Dios... Digo, por Mí, ¡¿Qué?!

-¿Qué de qué? -dijo el santo sorprendido

-¿Que te llamas cómo?

-Elinogoribaldomero

Don Dios soltó una carcajada que la oyeron todos los bienaventurados del cielo. Posiblemente, hasta su ex-amigo de abajo también. El santo lo miró con más cara de bobo de la que realmente hacía gala.

-Bueno, solo con aguantar en la tierra ese nombre, ya, de hecho, moriste en olor de santidad. Vamos a dejarlo en Eli solamente.

-¿Serviría de algo decirle que no?

-No.

Bueno, pues los dos aterrizaron en el patio del colegio que Don Dios había visto, pero que el santo no, porque Don Dios no prestaba su mirada telescópica a nadie. Bueno, la verdad, si se la había prestado a un tipo llamado Supermán, pero se prometió no volverlo a hacer porque nunca se la devolvió.

-Nadie lo saluda a uno, solo Señor -se quejó el santo mirando a Don Dios

-Oye, Eli: cuándo vivías, ¿te dieron algún premio de inteligencia?

-Pues... no, creo que no. No recuerdo -respondió el santo pensativo.

-No, yo también creo que no. Coincido contigo, Eli; no hubiera sido posible.

Como el santo seguía con cara de incredulidad, Don Dios le aclaró:

-¡Somos invisibles!

-¡Que bruto soy! , dijo el santo.

-Coincido contigo -le respondió Don Dios sonriendo.

Como estaban en recreo, había una cantidad enorme de chiquillos riendo, gritando, brincando, empujándose. Pero Don Dios notó que, en un rincón, había un niño solitario que ni se reía, ni brincaba, ni jugaba, ni nadie le prestaba la más mínima atención. Se acercó a él y notó que su ropa distaba mucho de ser nueva o, por lo menos, no muy usada. Sus zapatos eran cualquier cosa menos zapatos.

-Hola, amiguito, ¿cómo estás? -le dijo Don Dios, sentándose a su lado

El niño ni lo miró

-...

-¿Sabes hablar?

-...

Don Dios cayó en la cuenta de que en ese momento el chiquillo no lo veía porque era invisible. Quizá ni lo escuchaba, tampoco. Entonces se volvió visible y audible.

-¿Me ves? -pregunto Don Dios

El chiquillo asintió con la cabeza.

-¿Cómo te llamas?

-Gabriel -dijo el niño entre dientes, mirando al suelo.

-¡Vaya, que bueno! Igual que mi ayudante número uno.

El niño no entendió ni jota, seguramente.

-¿Y por qué estás tan solo?

Gabriel levantó los hombros y con los ojos le dijo claramente que no lo sabía.

-Bueno, Gabriel. Vamos a cambiar un poco las cosas...

De repente, la ropa del niño era la misma, pero absolutamente nueva. Igualmente los zapatos. El niño se miró, se extrañó, posiblemente, pero no dijo nada y la tristeza no abandonó su carita.

El santo no profería ni una palabra. Pero sonreía.

Don Dios lo entendió todo inmediatamente. Se levantó, miró a todos los chiquillos que jugaban y todos, absolutamente todos lo miraron a Él. Les sonrió con una dulzura infinita y ellos se fueron acercando a Él. No tuvo que decir nada. Ellos captaron su pensamiento. Entonces se volvió hacia donde estaba el santo y le dijo:

-Eli, hora de marcharnos.

-Sí, solo Señor: ya todo está hecho. Valió la pena el viaje, porque a Gabriel le va a cambiar la vida, ¿verdad?

Don Dios asintió. Antes de partir, vieron a Gabriel riéndose y jugando con todos sus compañeritos. Don Dios regresó a su oficina pero ya no estaba aburrido. Estaba muy feliz, porque en la pantalla gigantesca de su oficina, Él también usaba Internet, localizó a Gabriel y estuvo largo, largo tiempo deleitándose con sus travesuras. Bueno, no tan largo el tiempo como el de su eternidad, claro está.