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Un día en la vida del viejo Don Nadie

El viejo Don Nadie era exactamente eso: un perfecto y completo Don Nadie. Según él mismo decía, era transparente para todo el mundo. Los conocidos y familiares, simplemente lo saludaban con algo de cortesía las pocas veces que se veían, pero sin el más mínimo asomo de cariño por él. Él habría podido ser diferente pero no quiso. No le faltaban cualidades y aptitudes pero fueron completamente desaprovechadas. No quiso ser “alguien”; se conformó con ser “nadie”. Claro que era más fácil.

Prácticamente la única persona que lo tenía en cuenta, lo quería y lo apoyaba, era su esposa. Les voy a relatar lo que acontecía en un día de su actual vida diaria. Por los demás días, no se preocupen porque son exactamente iguales a este. Los sábados las cosas cambiaban un poco por una sencilla razón: iban a misa de 6 pm con su esposa. Era algo para lo cual ni la lluvia o el mal tiempo los detenía. La misa era una obligación sagrada para ellos. Ellos creían firmemente en Dios, pero él criticaba la forma como muchos sacerdotes maltrataban la iglesia que Jesús había creado. Sobretodo, el hecho de que los curas hablaran de pobreza, cuando la iglesia derrochaba lujo desde el vaticano. Ni qué decir de la corruptela de los curas pedófilos diseminados a montones por todo el planeta.

Despertaba casi con exactitud a las 9 de la mañana, no importaba si se hubiera acostado muy tarde, cosa que normalmente hacía. Tendría que estar enfermo para que su horario de ir a la cama fuera antes de las 2 de la madrugada. Su esposa tenía un cuarto donde trabajaba en sus labores de costura y cosas similares y él tenía también su cuarto al que llamaba, con muchísima razón, “mi refugio”. A todos los elementos que había en ese cuarto los consideraba “sus amigos” y, si vamos a la realidad, aunque fueran objetos inanimados, eran realmente sus verdaderos amigos porque él no tenía un solo amigo humano. Principalmente amaba a su computadora. Para él era lo mejor que Dios le había regalado. La cuidaba como al tesoro más preciado y la saludaba cuando comenzaba a trabajar y se despedía cuando terminaba. Y, créanme, no estaba loco ni mucho menos. Sin su computadora, entonces si quizás se volvería loco, no lo duden.

Lo primero que hacía era ir a la cocina, servirse un pequeño vaso de jugo de naranja al que le añadía un cucharada de Salvado de Trigo y Avena y lo remataba con un vaso gigante de agua. La razón de esta rutina era muy sencilla: hacía unos años había padecido la tortura indecible de los dolores que le produjera un fisura anal que lo martirizó por mucho tiempo. Se prometió que jamás volvería a padecer de esto y, como lo saben los que conocen esta dolencia, el tomar mucha agua es uno de los principales medios de curación. Así que durante todo el día tomaba y tomaba agua.

Luego de su agua y su jugo, indefectiblemnte iba al contador de la luz a tomar la lectura del medidor y luego de anotarlo en la tarjeta del mes correspondiente, restaba de la lectura del día actual la del día anterior y así sabía cuanta luz se había consumido en su casa. ¿Por qué esta rutina? Muy simple: el gobierno daba un descuento especial a aquellos usuarios de no sobrepasaran los 300 KW en el mes y, obviamente, ellos hacían lo que fuera necesario para mantener este descuento. Él comenzó a llevar este control desde hacía cinco años y jamás había dejado de hacerlo un solo día. Guardaba celosamente todas las tarjetas, claro está. A decir verdad era un maníaco de las estadísticas. Así era con sus colecciones de películas (3240 a la fecha), libros (2891 a la fecha) Software (no sabía la cantidad de programas que tenía), etc, etc.

La colección de películas había representado un gran trabajo y la inició en el año 1997. O sea, ¡hacía 19 años! Cada película requería: buscarla y bajarla por internet, aplicarle subtítulos y convertirla en un disco que permitiera verla en un reproductor de DVD. Todo lo hacía para su uso personal; de ninguna manera para venderlas.

Ahora, iba a su alcoba y, recostado en la cama, rezaba dos rosarios: el Rosario a la Virgen María (que lo dedicaba a la Virgen de Guadalupe de la cual era “su fan número uno”, en sus propias palabras y aunque su esposa le decía que no era “fan” sino devoto, él no hacía caso) y el Rosario de La Luz. Nunca, en muchos años, había dejado de cumplir con esto. A veces debía ir al Seguro Social a un cita médica o salir a cumplir alguna diligencia, pero antes de salir o inmediatamente después de regresar, rezaba sus rosarios. Recuerda una vez que se acostó a la una de la mañana y en ese momento recordó que no había rezado los rosarios ese día. Pues, sin importar la hora, se sentó en su cama y los rezó. Según él, le debía mucho a Dios y esta era un forma muy humilde de darles las gracias.

Terminados los rosarios, se servía una taza de café y realizaba la primera visita a su computadora. Esta visita, por lo general, duraba muy poco tiempo y era sencillamente para verificar si había recibido algún correo y ver el saldo de su eximia Cuenta de Ahorros en el banco. De vez en cuando recibía algún correo, pero la mayoría era basura enviada por los sitios que visitaba en internet. Eso sí, se protegía muy bien de los virus informáticos con programas muy poderosos. Solamente una vez le habían infectado la máquina. Verificado todo, apagaba la máquina y comenzaba a pensar: «¿Y ahora, que hago?»

Bueno, tenía varias posibilidades: una, ir a la cocina a ver que estaba preparando su esposa para almorzar y, algunas veces, ayudarle en este menester. El cocinaba bastante bien pero, indudablemente, su esposa era un genio en la cocina, así que él simplemente ayudaba. Otra posibilidad, sentarse a leer en el estudio pero esto era algo que él prefería hacer en la tarde. Otra, ir a su alcoba a ver algo de televisión pero, la verdad, casi nunca hacía esto en la mañana. Y la última, ir al Supermercado a comprar algunas cosas que hicieran falta. Esto lo hacía siempre a pie porque el taxi era muy caro y no podían malbaratar el poco dinero de que disponían. Pero esta opción estaba limitada por dos factores: tener dinero y tener la necesidad de comprar algo.

Cuando su esposa terminaba de preparar el almuerzo, se sentaban los dos a almorzar en el comedor de diario, dentro de la cocina, y comentaban diversas cosas, principalmente, de la familia. Cuando terminaban, él lavaba los platos y también, indefectiblemente, se iba a su alcoba y dormía la siesta que, a veces, duraba más de una hora. El, en su interior, agradecía este sueño porque le consumía un poco de tiempo del día que casi siempre se le hacía eterno, aburrido y desesperante. Claro, si no tenía nada que hacer, nada en qué ocuparse, nada en qué trabajar...

Cuando despertaba, comenzaba el verdadero martirio: ¿Leer? ¿Ver Televisión? ¿Ir al computador? ¿Salir? No tenía más opciones. Las mañanas las podía capotear. Las tardes, eran insoportables. A veces, se quedaba un buen rato acostado dejando que su mente hiciera un repaso de su vida. Pero esto sí que le causaba un dolor mental tan grande que a veces asomaban a sus ojos un par de lágrimas que él se secaba inmediatamente. No quería que su esposa comenzara a hacerle preguntas idiotas como: «¿Oye, qué te pasa?» ¡Como si no lo supiera!

Escogía cualquiera de las alternativas arriba descritas y miraba constantemente el reloj esperando de fueran las 4.45 p.m., hora en que se sentaba a comer. Esta comida la constituía, invariablemente, un emparedado de queso y una taza de café. Algunas veces añadía un huevo, pero no era normal todos los días. Terminaba y volvía a sentarse en el estudio a leer de nuevo. Lo hacía hasta las 10 p.m., hora en que de nuevo prendía el computador. A esta hora se dedicaba a buscar en internet cosas para bajar y aumentar sus colecciones: películas y libros, primordialmente. Entraba a algunos sitios para ver novedades o usaba chats para comunicarse y hablar con otros usuarios. Ya en la madrugada, terminaba lo que estuviera haciendo y se iba a acostar y a ver de nuevo más televisión. A veces le era muy difícil dormir.

Pero había una cosa curiosa: ¡todos los días de Dios soñaba algo! Sin falta, todos los días. Y él le daba gracias a Dios porque en los sueños el era, casi siempre, una persona importante, una persona querida por los demás, una persona respetada, una persona de mucha valía. Lo triste era despertar y volver a su vida decepcionante, vacía y miserable. La otra parte buena de los sueños era que sacaba de ellos muchas ideas para escribir sus cuentos y, de pronto, una novela. Cuando despertaba y recordaba el sueño y anotaba un resumen en una libreta. Luego haría uso de esas ideas.

¡El viejo Don Nadie se aburría tremendamente! Y se aburría porque, aunque tenían todas las comodidades normales de la clase media, le faltaban tres cosas muy importantes: un propósito en la vida, un “siguiente paso” que dar y una meta a dónde llegar. Sabía, sin lugar a dudas, que mañana, y pasado mañana, y miles de mañanas más, se repetiría este mismo día con exactitud milimétrica, hasta que el mismo Dios que lo trajo al mundo, lo retirara definitivamente de ese mismo mundo. Y él, simplemente esperaba...