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El cupo

Estaba cocinando con mucha prisa porque ya era un poco tarde. Memito, su hijo, que ya había sido infectado por las dos enfermedades crónicas del siglo XX: la celumanía y la tablet-o-dependencia, la acompañaba sentado en la mesa de diario y lo único que permitía saber que estaba vivo era que preguntaba cada cinco minutos cuando iban a almorzar. El teléfono no paraba de sonar. Fue a responder más por desesperación que por gusto. Era su amiga Edith

-Oye, a ver si contestas –le dijo su amiga riendo.

-¿De pura casualidad, Edith, sabes que significan las palabras: cocinar, lavar, barrer, limpiar y tratar de apaciguar el hambre de un pequeño monstruo celu-tablético?

-¿Y haces esto todo al mismo tiempo?

-Mejor te callas. ¿Qué pasa?

-Pues amiga, destapa una botella de champaña para celebrar. Bueno, se dijo para sí, esta logró conseguir otro marido. Hacía más de un año y medio se había separado y, más por conveniencia que por falta de oportunidades, no hacía el menor esfuerzo por levantar otro. Eso sí, la palabra parranda la llevaba escrita en la frente. Pero era una inmejorable amiga y, pese a todo lo descocada, era una gran mujer, increíblemente centrada y dueña de sí misma. Sabía decir sí o no con la más absoluta seguridad. Y, claro que se equivocaba a veces, pero lo asumía con firmeza y mucha decisión. Era su mejor y casi que única amiga.

-Bueno, de una vez dime a qué se debe tanta alharaca tuya.

-Pues para saberlo debes invitarme esta noche a disfrutar uno de tus emparedados nocturnos con los que disimulas una verdadera comida.

-Está bien. Te espero pero, por favor, dame una puntadita sobre el misterio que vas a develarme.

-Tú ganas, porque si no te digo te dará un patatús grandioso y la culpable será la pobrecita “yo”. Bien: te conseguí el cupo en el Sagrado Corazón.

-¡¿Qué?! –gritó Mariana- ¿Cómo así?

-Cálmate, Marianita del alma mía. Se te va a quemar el almuerzo. Chao, hasta la noche.

Y cerró la llamada. Mariana quedó como clavada en el piso con la noticia. No podía creerlo y ni se le ocurría cómo su amiga había conseguido ese milagro. Porque eso era: un milagro. Ella y su esposo agotaron todos los recursos posibles durante casi dos meses y la respuesta de las directivas del famoso colegio fue siempre la misma: para el año entrante. Y lo peor de todo era que el año escolar iniciaba en menos de un mes y medio y, con la esperanza de conseguir el cupo en ese plantel, habían dejado correr el tiempo y ya era casi que imposible lograr que Memito estudiara en una colegio de buena categoría. Cuando se repuso un poco, llamó a su esposo a la oficina y le contó la buena noticia. Él tampoco lo podía creer. Hablaron largo rato sobre otras cosas y se despidieron llenos de tranquilidad. Lo malo de la historia fue que sí se le quemó el almuerzo.

Edith apareció como a las nueve de la noche. Se disculpó por la demora y le solicitó muy comedidamente a su amiga una copita de vino para mezclarla con la botella que ya llevaba encima. Se sentaron en la sala y Mariana la amenazó:

-O comienzas de una vez la historia o ni siquiera agua te doy. Así que, ¡dale, pues!

-Bueno: ¿recuerdas a Gabriel Manrique? –le preguntó Edith.

-Sí, claro que sí –. repuso Mariana

Y Edith le explicó la historia: «Gabriel tenía o tiene, no sé con certeza, su meneíto con la secretaria de rectoría del mencionado colegio. Lo recordé y, sin pérdida de tiempo, me comuniqué con él y le conté la historia de Memito y su adolorida madrecita. Me dijo que con mucho gusto intentaría conseguir el cupo del niño a través de ella, aunque su relación sentimental había terminado hacía un buen tiempo. Quedamos en que me avisaría cualquier cosa pero, la verdad, no me imaginé que lo haría y menos aún tan rápido. Pero cuál sería mi sorpresa, cuando anoche me llamó para decirme que nos reuniéramos hoy en la mañana para hablar del cupo de Memito. Resulta que la rectoría se reserva unos cupos para casos de emergencia o de “favores especiales” y, mi queridísima Marianita, uno de esos cupos ya es de tu hijo. Fin de la historia.»

Mariana la miraba sin proferir una palabra. De pronto la abrazó y no pudo reprimir unas cuantas lágrimas de alegría.

-Gracias, amiga. ¡Muchas gracias!

-Pero eso no es todo. Aquí tienes también la lista de libros y una orden para el almacén que fabrica los uniformes. Aún hay tiempo, pero yo te sugiero que vamos mañana o pasado a comprar todo y así nos evitamos los tumultos de los que dejan (o dejamos) todo para última hora. ¿Te parece bien?

-Claro que sí.

-Y Armando, ¿cómo está?

-Bien, muy bien. Todo marcha a pedir de boca en su empresa, gracias a Dios. Hoy se demora porque es noche de póquer.

Continuaron hablando de mundo y Raimundo un buen rato. Acordaron que Edith recogería a Mariana el sábado en la mañana para ir a comprar útiles y uniformes para Memito y así lo hicieron. Compraron absolutamente todo lo necesario para la nueva vida de Memito. Y, tal como lo había previsto Edith, sin colas ni tumultos de ninguna especie.

-Oye, Edith, tengo una duda: ¿a Gabriel no le dieron ningún papel o número o algo para presentar el día de las matrículas? –preguntó Mariana.

-No. Yo le pregunté lo mismo, pero me dijo que preguntáramos por Alcira López y le dijéramos que íbamos de parte de él para que nos entregara la orden de matrícula para Memito.

-¿Tú la conoces?

-No, pero me imagino que solamente habrá una secretaria de la rectoría que se llame Alcira López, ¿no crees?

Mariana se rió de buena gana. Y se llegó el tan esperado día de las matrículas del colegio del Sagrado Corazón. Mariana, Edith y Memito llegaron con suficiente anticipación y, aún así, ya había una cantidad impresionante de padres, madres e hijos esperando el turno correspondiente. Pero ellas fueron, lógicamente, a buscar primero a la amiga de Gabriel porque, sin la orden de matrícula, nada se podía hacer. Llegaron a la secretaría de la rectoría y encontraron a una mujer joven sentada en el escritorio de la recepción.

-Disculpe, ¿usted es Alcira López? –preguntó Edith

-¿Alcira? –respondió la muchacha extrañada– No, no soy Alcira.

-¿Y sabe dónde la podemos encontrar?

La muchacha se quedó pensativa y luego reaccionó:

-Ah... usted se refiere a la joven que trabajaba aquí antes.

-¿Trabajaba? ¿Ya no trabaja aquí? –preguntó nerviosa Mariana.

-No, señora. Ella fue des...digo, ella se retiró hace unos días.

Mariana y Edith quedaron de una sola pieza. No sabían ni qué decir. Edith se despabiló más rápido.

-Bueno, el caso es que venimos a retirar una orden de matrícula para él –dijo señalando a Memito.

-¿Cuál es el nombre, para buscarlo? –dijo la secretaria.

-Guillermo Jiménez Mejía –. respondió rápidamente Mariana.

La muchacha se concentró en el computador para buscar el registro del niño.

-Disculpe –preguntó de nuevo-. ¿Qué nombre me dijo?

-Guillermo Jiménez Mejía –confirmó nuevamente Mariana.

La muchacha demoró unos minutos y luego negó con la cabeza mirando a una y otra de las visitantes:

-No, lamentablemente no figura ningún Guillermo Jiménez Mejía en los listados de matrícula. Ya lo he verificado tres veces.

Edith sacó su celular de la cartera y marcó un número. Mariana se dio cuenta de que hablaba con Gabriel. Cuando terminó la llamada miró a Mariana con ojos de cordero degollado.

-No, amiga. Gabriel no tiene la menor idea de lo que sucedió y está terriblemente apenado contigo porque me dice que era la única conexión que tenía con este colegio y nada puede hacer.

-Por favor, dile que no se preocupe. No es su culpa y solo puedo agradecerle que tuvo tan buena intención en ayudarnos.

La secretaria notó la angustia de las visitantes y les dijo:

-¿Por qué no van a la rectoría? Es posible que allí sepan algo de la orden de matrícula.

-Si. Tiene razón. Muchas gracias y disculpe la molestia –dijo Mariana y se despidió.

Se dirigieron a la rectoría y después de hacer antesala por más de una hora, simplemente les respondieron que las órdenes de matricula no las emitían ellos sino la oficina donde ya habían estado. Que regresaran allí para verificar de nuevo. Regresaron, verificaron y nada: Memito no tenía orden de matrícula.

Bueno, ya estaba bien claro: sin orden de matrícula para Memito, él no podría estudiar en el Sagrado Corazón este año y, la verdad, quizás en ninguna otra parte. Edith abrazó a Mariana, tomaron de la mano al niño y se dirigieron al parqueadero para buscar el carro y regresar a sus casas. Mariana dijo que llamaría a Armando más tarde para no dañarle el día con tanta anticipación. Guardarían el arrume de libros y los costosos uniformes para el año entrante, confiando en Dios y en un cupo para el colegio del Sagrado Corazón. Pero, de la manera como crecía Memito, los uniformes servirían de trapos de cocina y como todos los años los colegios cambiaban absolutamente todos los libros, estos pasarían a formar parte de los habitantes de la tierra del olvido.