Salir

El hospital

Ya la tenía al borde de la locura la quejadera de su marido. No la había dejado dormir en toda la noche y no había sido propiamente por causas sexuales. ¡No, que va! Sin embargo, ahora dudaba si realmente el estaba tan mal como aparentaba. Fue a la alcoba a verlo. En verdad estaba muy pálido y la forma de quejarse agarrándose el estomago no podía se puro teatro. Él era muy teatrero inventando enfermedades para no hacer nada, pero esta vez a lo mejor si estaba enfermo. Esperó un rato pero cuando comenzó a vomitar se asustó, le pegó un grito a la vecina y, mientras ella llegaba, metió en un maletín algo de ropa de él. Cuando la vecina llegó, le pidió que le llamara un taxi. La vecina lo hizo y le ayudó a terminar de vestir al hombre. Sonó el pito de un carro y casi arrastrando a su esposo entre ella y la vecina, lo subieron al taxi.

-Por favor, lléveme a la clínica más cercana. Rápido. -le dijo casi gritando al taxista.

Llegaron en un santiamén. El taxista, muy comedido, le ayudó a bajar a su esposo. Gracias a Dios le había parado el vomito pero no el dolor. Continuaba quejándose constantemente. Lo que ella no sabía era que habían ingresado a la clínica más cara de la ciudad y que, a la vez, tenía fama de ser la peor en todo sentido. Allí sabían muy bien que a un enfermo se le podía asustar y cobrarle lo que fuera. Los dos tenían muy buena salud y solamente en muy contadas ocasiones tuvieron la necesidad de ir a una clínica o a un hospital.

Pusieron a su esposo, a regañadientes y porque ella casi que lo imploró, en una silla de ruedas mientras iba a la recepción a registrarlo. Después de responder un millar de preguntas y mostrar una tarjeta de crédito, le asignaron una habitación. Lo que no sabía la recepcionista era que con esa tarjeta de crédito solo podría pagar una cuenta de $3.75 máximo. Medio atribulada, aún tuvo conciencia para pensar cómo iría a pagar la cuenta. Sin embargo, su ángel custodio le dijo al oído: «Ya veremos, hija, ya veremos…» Y aún tuvo más ánimo para seguir adelante cuando miró a su esposo y lo vio más pálido y demacrado que nunca.

Le asignaron una habitación y llamaron a un hombre con un impecable uniforme azul para que los condujera. Pusieron a su esposo en una silla de ruedas y el hombre la empujó hacia el ascensor; la esposa del enfermo lo siguió. El uniformado marcó el cuarto piso y pronto estuvieron en la habitación 412. De una sola ojeada ella vio un televisor, una gran cama, un sofá, dos sillas y un aparato lleno de botones junto a la cama. Entre ella y el uniformado le pusieron a su esposo una bata abierta atrás y lo ayudaron a subirse a la cama. Ella abrió la cartera y sacó unas monedas para dárselas al uniformado pero este, con un gesto de displicencia digno de Robert DeNiro, lo rechazó. Hizo una ligera, ligerísima venia y ya salía llevándose su silla de ruedas cuando ella le preguntó:

-Oiga, ¿y el médico?

-Ya vendrá, no se preocupe.

Y salió. Eran las 10.15am.

-Oye, ¿qué clínica es esta? -preguntó su esposo

-No sé.

-¿Cómo que no sabes?

-¡No sé! Se llama…

Miró el papel que le había dado.

-Clínica Hospital Central

-¿Y quién te la recomendó?

-Un taxista.

-¡¿Quéeee?!

-El taxista que me trajo.

-¡No puede ser! ¡No puede ser! -dijo su esposo ya bien molesto.

Se quedaron en silencio.

-¡Pues vámonos ya! -le gritó él

-Hay que esperar al médico.

-¡Qué médico ni que mierda! Ya estoy bien. Fueron las empanadas de Doña Pura.

-¡¿Queeee?! -ahora fue ella la que gritó- ¿Cuáles empanadas?

-Las que me comí anoche.

Su esposa se cogió la cabeza con desesperación.

-¿Y ahora me lo dices? ¿Estamos aquí por unas putas empanadas que te dieron una indigestión?

-Bueno…tú me trajiste.

-Pues claro, imbécil. Yo pensé que de verdad estabas mal.

Se quedaron en silencio mirándose con recelo y rabia.

-Tienes razón -dijo su esposa-. Vístete antes de que venga ningún médico y bajemos a…

No pudo continuar. El médico entró.

-Buenas tardes -saludó el médico.

-Buenas -respondieron los dos.

-¿Y qué es lo que le pasa, señor?

-Bueno… tenía mucho dolor de estómago y vomitó bastante -respondió la esposa.

-Déjeme ver.

Lo auscultó, lo palpó y le preguntó:

-¿Ha tenido diarrea?

-No, doctor -respondió él.

-Fueron unas empanadas -intervino la esposa

-¿Unas empanadas? -preguntó el médico extrañado

-Sí. Me las comí anoche y parece que estaban mal -remató el esposo.

-Bueno, eso aclara las cosas. ¿Pero cómo se siente ahora?

-Bien, doctor. Ya no me duele nada.

El médico terminó el examen y le dijo:

-Voy a recetarle unos medicamentos y, la verdad, no creo necesario que permanezca hospitalizado. No encuentro nada de cuidado así que voy a darle de alta. Si de nuevo tiene molestias, regrese.

-Está bien, doctor -dijo la esposa.

El médico le entregó una receta y otro papel.

-Esta es la orden de salida. Que estén muy bien.

Así como entró, salió.

-Bueno, vámonos -dijo la esposa.

El esposo se vistió rápidamente y bajaron a la recepción, esta vez sin uniformado ni silla de ruedas.

-¿Y cómo vamos a salir de aquí? ¿Cómo vamos a pagar?-preguntó el esposo

-No sé. Por lo pronto voy a ver cuánto es la cuenta. No debe ser mucho ya que no demoramos en la habitación. Siéntate ahí -dijo señalando una silla.

-Señorita -dijo dirigiéndose a la recepcionista-, esta es la orden de salida de mi esposo.

-Ah, sí. Vaya a la caja para que le liquiden la cuenta y allí mismo puede pagar.

«Si, claro, pensó ella»

Llegó a la ventanilla de la caja.

-Por favor, esta es la orden de salida de mi esposo.

-Un momento. Voy a liquidarle la cuenta.

Demoró unos diez minutos.

-Aquí tiene. ¿Cómo desea apagar? ¿Efectivo, cheque o Tarjeta de Crédito?

Cuando la esposa vio la cuenta, el grito que pegó debió escucharse en toda la ciudad

-¡¿QUEEEEE?!

-¿Qué de qué, señora? -preguntó inocentemente la cajera

-¿485 dólares?

-Sí, señora. Le explico la cuenta: 300 dólares es la tarifa del médico que los asistió; 100 dólares el valor de la habitación y 85 dólares en medicamentos suministrados.

-¿Qué medicamentos? ¡No recibimos nada!

-Porque no los esperaron, pero puedo pedir que se los traigan aquí.

-300 dólares por una visita de 10 minutos?

-Sí, esa es la tarifa del Doctor Lemazuela.

«Ladronzuelo, pensó ella»

-Un momento -dijo la esposa y se fue en busca de su esposo.

-¿Cómo te fue? -le pregunto él.

-Muy bien, considerando que pasaremos una buena temporada aquí en calidad de garantía para el pago de la cuenta.

-¿No nos dejarán salir?

-Mira, siéntate cómodamente y esperemos a que se nos presente una oportunidad de salir corriendo. Digamos un apagón, un temblor o algo similar.

Y los dos se sentaron muy cómodamente.