Salir

El indio

Tenía ya varias horas conduciendo cansado y hambriento y no veía ni la sombra de un sitio donde comer y tomar algún refresco, aunque fuera agua pura y simple. Y tenía prisa de llegar a mi destino porque cerraría un buen negocio y las cosas, de momento, no iban muy bien para mi. Esta era una zona roja de guerrilla y me habían recomendado tener mucho cuidado. Al cabo de un rato, como dicen, se me apareció la Virgen: a mi derecha vi una casa donde colgaban racimos de bananos y otras frutas. No era fruta, precisamente lo que tenía en mente, pero algo de comer habría allí. Detuve mi 4x4 y descendí presuroso.

-Buenas -saludé a la mujer que estaba detrás de una especie de mostrador.

-Buenas las tenga, patrón -me dijo sin mucho entusiasmo.

-Cuénteme -le dije-, ¿tiene algo de comer que no sean frutas?

-No, que va, patroncito. Meras fruticas.

-Bueno...

-Pero espere -me interrumpió-. Si pasa la carretera y sube ese caminito, Doña Abelarda tiene comida pa’ vender. A lo mejor le queda alguito. Yo como siempre ahí y ella cocina de rechupete. Mucho lo bueno. Vaya.

-Gracias, claro que voy.

Subí el caminito y me encontré en un gran patio y, a la izquierda, una casa que, en sus años mozos debió ser blanca. Al frente tenía un corredor que lo cubría el mismo techo de la casa con unas columnas pintadas de verde. Vi dos mesas: una sin sillas y la otra con dos sillas, una de las cuales ocupaba alguien con una ruana azul y un sombrero negro calado hasta los ojos; me recordó algunas fotografías de indígenas Peruanos o Ecuatorianos, no recuerdo que había visto en periódicos o revistas. Le hice un además de saludo con la cabeza pero no se dio ni por enterado. Sin embargo, sí me miró. Salió la que debía ser Doña Abelarda

-Buenas, señora -le saludé- Su vecino allá abajo me dijo que usted podría venderme algo de comida.

-Ay, patrón, ¿a estas horas?

-Pues, si...

-Mire, tengo unas empanadas de hoy y le frito unos huevos. Ni arroz tengo.

-No se preocupe. Claro que sí, claro que sí.

Doña Abelarda se iba a retirar cuando yo la detuve

-Disculpe, ¿tiene un baño que pueda usar? Solo para... la sencilla -dije riendo.

Ella se sonrió también

-Bueno, baño, no. ¿Ve esa caja azul? -me señaló la caja

-Si, pues es una lierina -dijo-, pero vaya que está limpia.

Entendí que quería decir una letrina.

-Gracias

Y me fui hacia la cajita azul. Realmente, estaba perfectamente limpia aunque, eso sí, un poquito cargada de olor. Ni modo de lavarme las manos. Ya iba a salir cuando oí una persona que gritó:

-¡Párate de ahí, indio de mierda!

La puerta de la cajita azul tenía rendijas por las que pude ver que la persona que gritaba era un soldado o un guerrillero con uniforme de soldado, acompañado de una mujer, también de uniforme.

El indio los miró pero no se movió.

-¿No me oíste, cabrón? ¡Que te pares de la mesa!

El indio impávido miraba a un lado y al otro, imagino que buscando a Doña Abelarda. Doña Abelarda salió

-Oiga, soldado...

-¡Usted cállese, vieja metiche! ¡Indio cabrón de mierda, párate de la mesa! -seguía vociferando el guerrillero.

-Es que...

No terminó porque la mujer de uniforme disparó al aire. Doña Abelarda entró raúda a su casa y cerró la puerta.

-Por última vez, indio hijueputa: ¡párate de la mesa!

Creo que yo sudaba del miedo pensando que se dieran cuenta de que yo estaba allí. La verdad, nunca tuve inclinación de héroe. No sé como no me hice en los pantalones, lo juro.

Un pie se me resbaló un poco y tuve que hacer equilibrio para no caerme pero, sobre todo, para no hacer ruido. En ese momento sonó otro disparo. Yo quedé frío.

El guerrilero, porque ahora tenía la seguridad de que eran guerrilleros y no soldados, le dijo o mejor, le gritó a la mujer:

-¡La cagaste, imbécil! ¡Vámonos, muévete, vámonos ya!

No sé cuantos minutos esperé mirando por la rendija hasta que tuve la seguridad de que los guerrilleros se habían ido. Aunque realmente la seguridad me la dio el grito de Doña Abelarda.

Salí. El indio estaba tirado en el suelo con el rostro lleno de sangre. La mujer tenía buena puntería, sin duda. Doña Abelarda me miró.

-Pobre Indalecio

-Pero, ¿por qué no se levantó de la mesa? ¡Qué terco!

-No, tercudo, no, patrón; él no entendía ni papa de español, así que no sabía qué era lo que le gritaban y, cuando se lo iba a explicar al asesino ese, dispararon y a mi me dio miedo.

-¡Por Dios!

-Este país está podrido, patrón -dijo casi llorando Doña Abelarda

-No le quepa duda, señora.

No pude decir más nada. Ya no tenía hambre ni sed. Solo puse la mano en el hombro de Doña Abelarda y bajé por el caminito hacía mi 4x4.