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El padrecito del pueblo

Eran las cuatro de la mañana y el padre Francisco, igual que todos los días, despertó, se arrodilló frente a su cama y rezó sus oraciones diarias. Nunca supo porqué se despertaba tan temprano si la misa era a las siete, pero ya era una costumbre. La casa cural, igual que el pueblo, era muy humilde, pero él tenía una cama, una cocinita muy pequeña y una improvisada ducha que le funcionaba bien para su aseo personal. Doña Tina, una anciana que vivía sola, iba todos los días y le cocinaba algo para que tuviera qué comer durante el día. Además, le lavaba y planchaba su ropa, especialmente sus dos sotanas. Realmente, era como su mano derecha o la ayudante de cámara de los ricos. Se vistió y salió a la pequeña capilla, que los habitantes llamaban iglesia, para preparar las cosas para la misa. Allí no cabían más de unas veinte personas pero era suficiente porque casi nadie iba a misa entre semana. Los domingos, se acomodaban como podían para cumplir con el precepto dominical.

Preparado todo, regresaba a la casa cural. De nuevo rezaba un poco hasta que aparecía Doña Tina y le preparaba su desayuno, que consistía en un trozo de pan y una taza de café muy caliente, como le gustaba. A veces el café se cambiaba por chocolate. Antes de comerse el primer bocado, siempre decía:

«Señor, que este trozo de pan no impida que lleguemos a tu seno y, si alguien lo necesita más que nosotros, tómalo, Señor, que es Tuyo.»

Miraba con amor un pequeño cuadrito de la Virgen Milagrosa que tenía colgado en la pared y comía muy lentamente.

-¿Sabes, Tina? –le dijo a la mujer- Voy a visitar a Don Marito mañana para ver si lo convenzo de llevar a su esposa a la ciudad.

-¡Qué bueno! Ojalá pueda Dios contra la terquedad de él.

-Él tampoco está bien –dijo el padre con tristeza-, pero tengo miedo por ella. Tiene que llevarla a la ciudad para que la vea un médico, porque el señor López tiene muy buena voluntad, pero no tiene ni los conocimientos, ni los elementos para poderla ayudar.

-Sí, pero Don Marito es terco y no lo hace –dijo Doña Tina un poco molesta.

El señor López era el dueño de la única farmacia del pueblo. Bueno, sería más justo decir mini-farmacia. Nadie sabía de dónde venían sus poquísimos conocimientos médicos que apenas daban para un dolor de cabeza, un dolor de estómago (por indigestión, únicamente) o una gripe sin complicaciones. Pero afortunadamente y casi por causa de un milagro, en este pueblo nunca se enfermaba nadie, por lo menos no gravemente. Pero ahora se presentaba el caso de la esposa de Don Marito.

Era verdad; Don Marito siempre vivía posponiendo el viaje a la ciudad y su mujer cada día estaba peor de salud. Para empeorar las cosas, él realmente no vivía dentro del pueblo sino a una media hora de camino. Eso sí, en una finca grande, con cultivos y árboles frutales. Al otro día, el padre Francisco se levantó como de costumbre, pero le extrañó que Doña Tina no llegara. Hizo lo de siempre y, como desayuno, tomó un vaso de agua bien grande. Celebró la misa y, presintiendo algo, la ofreció por la salud de la esposa de Don Marito y por la salud y el bienestar de Doña Tina. Cuando terminó, se dirigió a la casa donde vivía Doña Tina. Nadie respondió a su llamado pero, viendo que la puerta estaba entreabierta, entró. La casa de ella era mucho más humilde que la casa cural, si es que eso fuera posible. La encontró tendida en su cama, pero estaba despierta.

-Tina, ¿qué te pasó? –preguntó el padre muy preocupado por verla así.

-Nada, padrecito. Un malestar pasajero. No se preocupe.

-Pero estás muy pálida, mujer de Dios.

-No es nada, padrecito –dijo Doña Tina sonriendo y tomándole la mano

-Voy a buscar al señor López y...

-No, padrecito –le cortó Doña Tina-, no hay necesidad. Créame.

-¿Seguro estarás bien?

-Claro que sí. Vaya tranquilo. Yo tengo comida para mí –mintió Doña Tina sonriendo.

No muy convencido, el padre le acercó un vaso con agua, le dio un beso en la frente y comenzó a recorrer el camino hasta la casa de Don Marito, bajo un sol abrazador y un calor insoportable, que lo acentuaba grandemente el color negro de la sotana. No le avisó que iba, sino que le llegó de sorpresa para tratar de convencer a Don Marito que llevara a su mujer a la ciudad para que la vieran los médicos en un hospital de verdad. Literalmente bañado en sudor, llegó el padre a la finca de Don Marito. Él lo saludó muy cariñosamente cuando lo vio en la entrada.

-Padrecito, por favor –dijo levantando los ojos al cielo al verlo todo sudado-, ¿por qué no me avisó y hubiera enviado por usted?

Se sentaron en unas bancas de madera en el jardín, debajo de un frondoso árbol que proveía una sombra gratificadora. Ese día, Dios sí que estaba del lado del padre Francisco porque no tuvo que convencer a Don Marito de nada. Él mismo le dijo que en tres días viajarían a la capital para internar a su esposa en el Hospital Mayor con el fin de que le realizaran todos exámenes necesarios. Gracias, Señor, dijo el padre para sus adentros.

Lo invitó a almorzar y pasaron a la mesa. El padre pensó en decirle a Don Marito que le permitiera llevarse su comida para degustarla el día de mañana, pero inmediatamente se dijo que él lo iba a tomar muy mal, así que se ideó otra estrategia para llevar un poco de comida a doña Tina, sin tener que decírselo directamente a Don Marito y a la familia.

-Don Marito –le dijo el padre mirándolo y sonriendo-, ¿usted sería tan amable de obsequiarme otro plato de comida para llevar y así comerla nuevamente mañana?

-Por favor, padrecito, todo lo que hay en esta casa es suyo. Voy a ordenar que se lo preparen.

Ya estaba bien entrada la tarde y el calor había mermado considerablemente. Don Marito se ofreció a llevarlo de nuevo al pueblo, el padre se despidió de la familia y, con el plato de comida en la mano, subieron al carro de Don Marito. A llegar al pueblo, vieron varias personas en la puerta de la casita de Doña Tina. Al padre Francisco le extrañó esto y dejando el plato de comida en el asiento de carro, se bajó rápidamente. En la puerta estaba el señor López. Cuando vio al padre, corrió hacia él.

-Por Dios, padre, ¿dónde estaba usted? -casi que gritó

-Estaba en mi casa –respondió Don Marito-. ¿Pero qué pasó aquí?

El señor López se abrazó del padre Francisco.

-Doña Tina murió, padre. Y murió sola, tal como yo la encontré.

-Pero... si yo pasé aquí esta mañana antes de ir a la casa de Don Marito y estaba muy decaída pero aparentemente sin ninguna gravedad.

-Pues ya lo ve, padre. Mi Dios se la llevó.

Todos quedaron en silencio, con las lágrimas en los ojos y sin saber que decirse el uno al otro. Por fin, Don Marito habló:

-Padre Francisco, yo me voy a encargar de todo para que Doña Tina tenga un entierro como se lo merece. No se preocupe por nada, padre. Se subió a su carro, pero antes de partir llamó al padre Francisco:

-Padre, de todas formas llévese su comida para hoy.

-No, don Marito. Gracias, pero esa comida era para Doña Tina y creo que ya no le hará falta. Vaya con Dios.