Salir

El testamento

Mónica (quien en realidad se llamaba Milagros, nombre que solamente conocía su tía que acababa de fallecer, y que había tenido que cambiarse luego de un tormentoso y peligroso matrimonio, pero que era su nombre legal y legítimo) había recibido el día anterior un telegrama de una de sus primas en el que le informaban que su tía había muerto el día 24 (tres días antes) y que el sepelio se realizaría el día 27 (hoy). Además, le decían que si quería asistir al funeral, la casa que había sido de propiedad de su tía, estaba a su disposición.

Mónica se sonrió: conocía de sobra a las harpías de sus primos (dos mujeres y un hombre) para entender que la invitación al sepelio, tres días después del deceso, solamente significaba una cosa: no querían que fuera. Pero lo que ellas, Mariú y Tina y su hermanito Luciano no sabían, era que ella había tenido conocimiento de la muerte de su tía una hora después de su fallecimiento y que ya tenía su equipaje listo para viajar. Cuando murieron los padres de sus primos, Mónica no sabía de qué ni cuando, la tía aceptó que vivieran con ella en esta casa, a la que Mónica iba a llegar, y así lo hicieron durante mucho tiempo hasta el día de hoy. Y, claro está, no querían por nada del mundo salir de allí.

En la sala, los Campoamor se encontraban reunidos: dos mujeres y su hermanito discutiendo los pormenores de la visita de su prima, sobre todo verificando que, sin el más mínimo error, el plan que habían concebido para adulterar el testamento de la difunta según el cual, la casa, un terreno en las cercanías, un automóvil del año y muchas cosas más, pasaría a manos de su prima, a quien su tía había querido como su fuera su hija y que toda la vida se había sentido correspondida. Para las hermanitas y el vago de Luciano, solamente dejaba la orden a su abogado de pasarles una mínima cantidad mensual con el único propósito de que aprendieran a trabajar ya que, durante toda su vida, solamente veía en ellas y, sobre todo en él, unos parásitos dignos de un escarmiento.

Pero, enteradas de esto y en complicidad con el abogado que había redactado el testamento más un experto falsificador, lo redactaron de nuevo y falsificaron de manera impecable la firma de la difunta. El testamento adulterado ordenaba lo contrario del original: todo para ellos y una mínima pensión para su prima. Así, pues, estaba todo preparado para visita de la prima.

Mónica llegó en un taxi, tocó el timbre y Mariú salió a abrir la puerta

-Pero... prima, ¡estás aquí!

No hubo abrazos ni nada parecido.

-¿Tú que crees, Mariú?

-Bueno... Entonces nos dieron mal el horario de llegada de tu avión, prima.

-Qué raro, el vuelo estuvo en horario -respondió Mónica con un excesivo gesto de sorpresa. Más bien, un burlón gesto de sorpresa.

-Pero, bueno, adelante, prima. Lástima que no pudiste asistir al funeral.

-Mi tía lo entenderá y mi cariño por ella no está en entredicho por mi ausencia a su funeral. ¿Puedo entrar?

En la puerta aparecieron los otros dos hermanos. Saludos convencionales, entrada a la sala, ofrecimiento de una bebida, rechazo de una bebida y pregunta de Mónica por su habitación

-Vamos, primita, ni más faltaba -dijo Mariú haciéndole una seña para que la siguiera. Entraron a una habitación en el segundo piso, perfectamente ordenada y limpia. «Aquí está la mano de mi tía, pensó Mónica, no de estos estúpidos»

-Toda tuya -le dijo Mariú

-No lo dudes, prima.

Mariú se extrañó con la respuesta, pero le deseó que descansara un poco y salió. Antes de cerrar la puerta oyó a Mónica que le preguntó:

-¿A qué hora es la cita con el abogado para el testamento?

-A las 9am.

-Muy bien, porque yo debo regresar en la noche.

-¿Tan rápido?

-Te va a sorprender lo rápido que salimos de esto. Odio los abogados, los médicos y los oportunistas de cualquier clase -dijo haciendo mucho énfasis en la última frase- Buenas noches.

A las 9.30am estaban en el despacho del notario Mónica, los tres hermanos Campoamor y una persona sentada al lado de Mónica. El notario se extrañó y preguntó dirigiéndose a esa persona:

-Disculpe, ¿quién es usted?

-Mi abogado -respondió Mónica

-Pero... ¿necesita abogado para la lectura de un testamento?

-Yo, no pero quizás ellos sí -dijo mirando a los hermanos Campoamor.

El notario levantó los hombros y las cejas como diciendo: «Bueno, ¿y a mí qué me importa?»

Leyeron el testamento. Los hermanos Campoamor estaban disimuladamente sonrientes y Mónica impávida. Su abogado, muy serio y callado. Cuando terminó la lectura, que a todas luces favorecía ampliamente a los hermanitos, el notario se retrepó en su silla frotándose las manos. La tajada que iba a sacar de este negocito no era nada despreciable, pensó.

-Bueno -dijo el notario- si no hay nada que objetar...

No pudo terminar. La puerta de despacho se abrió y entró un oficial de la policía y un agente con él. Ahora sí que el notario y los hermanos Campoamor quedaron... ¿cómo se dice?... Ah, sí: ¡fríos!

-¿Qué significa este atropello? -gritó el notario

-Eso, exactamente: qué ese testamento es un atropello porque es falso -dijo Mónica poniéndose de pie y sacando un documento de su portafolio.

-¿Quéee? -gritaron al unísono los hermanos Campoamor y el notario.

-El documento que va a ver, y que es una copia debidamente autenticada y verificada del verdadero testamento, le fue enviado a la señorita Mónica por su tía al otro día de que fuera elaborado. Su firma es legítima y el contenido, obviamente, también. Por favor, revíselo. Ah, y otra cosa: el nombre real de la señorita es Milagros Arismendi Luque, hija legítima de la señora Raquel Luque, hermana de la difunta, señora Graciela Luque.

Le entregó el documento al notario y, luego de revisarlo, miró a los hermanos Campoamor y le bastó con una simple mirada para que ellos lo entendieran: estaban perdidos. Mónica miró a los hermanos y al notario y dijo:

-No merecen una explicación de cómo me enteré de su trampa, pero se las voy a dar: en el verdadero testamento yo figuro como Milagros, el cual es mi nombre real y legítimo; en el de ustedes figuro como Mónica. Un pequeño detalle porque, para un documento legal y de tanta valía como es un testamento, mi tía no hubiera usado mi nombre de combate: Mónica. Eso no tendría validez.

El oficial habló:

-Quedan detenidos y los llevaré a la comisaría pa...

Mónica lo interrumpió:

-No, oficial, no hace falta. No presentaré ninguna denuncia.

El oficial se extrañó, pero no objetó nada.

-Como usted diga -dijo el oficial y se retiró un poco hacia atrás. Mónica miró a los hermanos y les dijo:

-Una persona ya ha sacado todas sus pertenencias de la casa y están en la calle. También, todas las cerraduras han sido cambiadas y yo tengo las llaves en mi poder. Apresúrense a ir por sus cosas antes de que ladrones más expertos que ustedes hagan fiesta con ellas. Mónica, su abogado, el oficial y el agente se retiraron, cerrando la puerta con suavidad. El despacho de notario quedó sumido en el más absoluto silencio.