Salir

Enrique Roa

En la Semana Santa de ese año, el jueves, se aparecieron en mi casa Enrique Roa y Hernando Correa en el carro de Enrique, o de su familia, más exactamente. Mi padre estaba en la casa ese día y cuando ellos me invitaron a dar una vuelta, les dijo que les agradecía pero que yo estaba castigado. Ellos ni siquiera insistieron porque conocían de sobra a mi padre y cuando era no, era no. Sin saberlo, quizás mi padre me salvó la vida. Charlamos un rato, ellos se despidieron y salieron de la finca para regresar a Bogotá. A las cuatro de la mañana, sentimos que llegó un carro a la finca. La habitación mía daba sobre el jardín, así que me asomé por la ventana y vi que era un carro de la policía de Chía y vi bajar a Hernando. Me extrañó mucho y fui inmediatamente a despertar a mi padre. Ya oímos que estaban golpeando en la puerta muy fuerte. Abrimos y Hernando estaba hecho una sopa y completamente lleno de barro. Me abrazó y lloraba como un niño pequeño.

Cuando se calmó, mi padre le dijo que tenía que cambiarse de ropa y le buscamos algo que por lo menos estuviera seco. Se bañó rápidamente y se mudó la ropa. Nos sentamos en la sala, junto con el sargento que lo trajo, y entonces él nos refirió la historia.

Jaime tenía que recoger algo en el AeroClub de Bogotá y saliendo de Chía por la carretera vieja, llegaban allí directamente y desembocaban luego rápidamente a la Autopista. Esa carretera no estaba asfaltada y llegaron a una pequeña cuesta. Enrique impulsó el carro para subir y se encontraron con una pendiente que remataba en una curva de 90°. Parece, decía Jaime, que el perdió el control porque el carro tomó mucho impulso y, en lugar de hacer el viraje, el carro se precipitó al río y se hundió rápidamente. El río, según comprobamos, era relativamente profundo y el carro quedó en el fondo. Jaime da gracias a Dios que su ventanilla iba abierta y por allí se salió y subió a la superficie a tomar aire. Reaccionó inmediatamente y como se dio cuenta de que Enrique no salía, se sumergió varias veces para tratar de sacarlo, pero infructuosamente. No pudo hacerlo y ya tomó conciencia de que Enrique se había ahogado.

Se paró a la orilla del río presa de la desesperación y, casi que milagrosamente, vio venir las luces de un carro. El conductor paró y Jaime le contó lo sucedido. Llegaron a la conclusión de que era lo más conveniente ir a dar aviso a las autoridades competentes y así lo hicieron. El oficial de guardia, junto a varios agentes, se dirigieron al sitio de accidente, pero nada pudieron hacer. Jaime les pidió que lo llevaran a mi casa para comunicar a mi padre lo sucedido. Cuando el oficial de guardia se enteró de que mi padre era un alto oficial del ejército, inmediatamente fueron a darnos aviso. En la casa, antes de salir para el sitio, acordaron que debían conseguir a la mayor brevedad una grúa pues era la única forma de sacar el carro. Nos fuimos al lugar del accidente, llegó la grúa y soldados especializados entraron al río para asegurar las cadenas que sacarían el carro.

A las ocho de la mañana se logró sacar el carro. Enrique estaba con la cabeza contra el timón. Cuando lo sacamos, en el pecho se le veía una gran rueda amoratada. Llegó una ambulancia, pusieron el cuerpo de Enrique en una camilla y lo subieron al vehículo. Nosotros nos fuimos detrás de la ambulancia hacia Bogotá. Íbamos mi padre, Jaime, el oficial que comandó la operación y yo.

El cadáver fue llevado, por ley, directamente a la morgue. A mi padre y a mí nos tocó la parte más dolorosa de la historia: ir a la casa de Enrique para enterar a sus padres de la tragedia. Nos recibió el padre de Enrique en la puerta, pero inicialmente ni siquiera nos dijo que podíamos pasar. Tuvo que decirle mi padre que teníamos que hablar en privado, y en la sala de la casa se les dio la noticia. Les dimos toda la información sobre la ubicación del cadáver y mi padre les preguntó si podríamos ayudarles en algo. Secamente nos respondió que no y le extendió la mano a mi padre como para decirle “gracias y puede irse”. Así lo entendimos y así lo hicimos. Nunca me ha abandonado la idea de que, por lo menos el padre de Enrique, tácitamente de alguna manera nos relacionaba culpablemente con su muerte. Después del entierro, nunca más volvimos a saber nada de la familia Roa.