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El juego de ajedrez

Como casi todos los domingos, mi padre me despertó muy temprano para preguntarme si deseaba ir a la finca con ellos. Y también, como casi todos los domingos, yo tenía a mano la disculpa de la semana para evadir el paseo. La que mejor me funcionaba era la de “tengo muchas tareas” acompañada, claro está, con un bien estudiado suspiro. Recién que mis padres compraron la finca, era muy agradable ir y pasar el día allí con mis hermanos y, muchas veces, con mis amigos. Pero, tanto mis amigos como yo mismo, ya encontrábamos tedioso y repetitivo el plan dominical. No sé si mis padres se daban cuenta de mi rechazo a ir pero, si lo notaron, nunca me dijeron nada. Total, este domingo tampoco fui a la finca. Volví a dormirme y desperté como a eso de las 10 de la mañana. Bajé a prepararme mi desayuno, que consistía en café, pan y dos huevos pericos (revueltos, para los que no lo saben). Sonó tres veces el teléfono y las tres llamadas eran de mis amigos que, a sabiendas de mi negativa al paseo familiar, me proponían varios planes. Pero este domingo, ninguno de estos planes despertó mi interés así que, simplemente quedamos de vernos en el colegio al día siguiente. Con mucha calma terminé mi desayuno, me duché, me puse una sudadera nueva que me habían regalado mis padres y me senté a ver televisión un rato. Muy pronto me aburrí tremendamente y decidí salir a dar vueltas por el almacén Galerías Modernas, que está situado muy cerca de mi casa.

La razón principal de la visita al almacén, era ir a su cafetería. Creo que en toda la ciudad no preparan un batido de fresa como lo hacen ellos. Este, acompañado de un trozo de mantecada era, sin lugar a dudas, un manjar de los dioses. Hice mi pedido y en cuanto estuvo listo, me senté cómodamente en una de las mesas de cuatro personas. Como recién abrían, prácticamente no había casi nadie, así que no me daba remordimiento usar la mesa para mí solo. Me gustaba observar los rostros de la gente y tratar de adivinar en qué estaban pensando. Pero, como es de suponer, nunca pude saber si mis adivinanzas eran ciertas o no; pero era una bonita distracción.

Terminé y regresé al área de ventas del almacén. Eran tantas las veces que yo iba, que muchos de los empleados y supervisores me saludaban, creo que cariñosamente. Muy raras veces yo compraba algo, pero a nadie le molestaba porque yo me paseara por las distintas secciones como mirón, claro está. Especialmente me había hecho muy amigo de Marina, la vendedora de juguetería, principalmente porque era hermana de un amigo del colegio. Pero la otra razón era que, cuando disponía de dinero, le compraba modelos plásticos de aviones para armar. Tengo una colección bastante grande de modelos de la segunda guerra mundial. Yo los armo, los pinto y los decoro exactamente como era el avión original. Marina también me vendía las pinturas necesarias para este trabajo y muchas veces que no encontraba un color o un modelo, ella lo pedía al departamento de compras. Algunas veces tenía suerte en que me lo consiguieran y otras no. Por eso, casi todo se lo compraba a ella.

-Hola, Marina –la saludé apoyándome en la vitrina de las cosas especiales que mantenían con llave.

-Hey, amigo. Estás estrenando –me dijo con mucho entusiasmo.

-Claro, para venir a verte –le respondí sonriendo.

-Bueno, si me estás coqueteando...

-Sí, ya sé. Tienes novio –dije asintiendo con la cabeza.

Los dos nos reímos de buena gana. Llegó un cliente y ella se fue a atenderlo. Yo me quedé mirando las cosas de la vitrina. De repente, mis ojos se clavaron en un juego de ajedrez que estaba dentro de la vitrina. Debo aclarar que sé jugar ajedrez, pero soy poco menos que un mal principiante. Nunca he tenido la valentía, porque se requiere ser valiente, para dedicarse a aprender ajedrez de verdad. Y tampoco dispondía del tiempo que eso requiere. Juego en mi computador pero, como creo que tengo espíritu de coleccionista, tengo 7 juegos de ajedrez que considero muy bonitos y muy bien hechos. Por eso este me llamó tanto la atención.

Lo hermoso de este juego radicaba en que sus figuras representaban una familia humana común y corriente. El papá (rey) era una figura de hombre, con su vestido normal y de corbata. La mamá (reina) también una mujer con su vestido de falda y blusa y el cabello largo. Dos figuras que me parecieron sacerdotes con su sotana (alfiles). Los caballos eran perritos parados en sus patas traseras y las torres eran dos casitas modernas en miniatura. Los peones, ocho niños jugando, pero eso sí, todos en la misma posición. Todas las figuras eran de madera, por lo menos me lo pareció, y la diferencia entre un bando y otro era simplemente un color más claro que el otro.

Contaba el tiempo para que Marina terminara de atender al cliente y abriera la vitrina para ver las figuras de cerca. Tal vez lo más importante era que, sin ser figuras muy grandes, estaban muy bien detalladas. Ya en mi mente, me sentía poseedor de esa maravillosa obra de arte que yo, con mi experiencia como modelista, las pintaría para que se vieran más reales. Pero, claro está, todo dependía que cuanto me costaría comprar este juego. Ya mi mente hacía cuentas, maquinaba las historias que contaría a mis padres para conseguir lo que me faltara y, si esta solución me fallaba, ¡mi abuela nunca me fallaba! Mi padre, todos los lunes me daba el dinero de la semana y por supuesto, si tenía que usarlo, pasaría mucha hambre en el colegio. Pero... ¡valdría la pena!

Llegó Marina y le pedí el favor de sacar el juego.

-Mira -me dijo-, esto prácticamente es una muestra.

-¿Pero está a la venta? –le pregunté con ansiedad.

-Dame un momento y voy a preguntar –dijo y levantó el teléfono para hablar con el departamento correspondiente.

Cuando terminó, me dijo con una sonrisa de a oreja a oreja:

-Sí, te lo puedo vender.

Me reprimí para no abrazarla y besarla. Claro que no solo por el juego, obviamente.

-Y ahora, le pregunta del millón: ¿cuánto vale? –le dije poniendo la cara de tristeza más triste del mundo.

Me dio el precio. No era exorbitante, pero tendría problemas para reunir el dinero.

-Marina, ¿por cuánto tiempo me lo puedes guardar?

-Bueno... eso es complicado porque nosotros no guardamos mercancía de esa manera. Es decir, no recibimos abonos para guardar un producto –me dijo un poco seria.

Se quedó pensativa y luego me dijo:

-Mira, nadie se ha interesado ni ha preguntado por este juego. Lo que puedo hacer por ti, es no dejarlo tan a la vista de la gente. ¿Cuándo tendrías el dinero?

Mi mente se convirtió en una computadora y le dije pecando de ser demasiado arriesgado:

-Tres días.

-Mira, vamos a hacer lo siguiente: si antes de este tiempo alguien pregunta por el juego, te llamo inmediatamente para que decidas qué hacer. ¿Está bien?

-Marina, de verdad mil gracias. Yo entiendo que esto no es normal para ti. Nuevamente, gracias amiga.

De todas formas le di el abrazo y regresé a mi casa a planear la estrategia padres-abuela. No sé porqué, pero decidí contarle las cosas a mi padre y cuál sería mi sorpresa cuando me pone la mano en el hombro y me dice:

-¿Cuánto te falta para tu ajedrez?

Le dije la cantidad.

-Muy bien. Te propongo algo: ¿qué tal si te adelanto tu regalo de cumpleaños?

-¡Papá! –casi grité- Claro que sí. ¡Gracias!

La verdad, yo me llevaba muy bien con mis padres, pero especialmente con él. Me dio el dinero y al otro día, salí como alma que lleva el diablo para el almacén. Cuando Marina me vio, dijo sonriendo:

-¿Ya?

-Sí, como te parece –le dije.

-Muy normal en ti, amigo. Bien. Te voy a hacer la factura y ve a pagar en la caja mientras te pongo las piezas en una bolsa porque no tiene una caja original. Ya te dije que es casi una muestra.

Respondí que estaba bien y, cuando me dio la factura, fui rápidamente a la caja a pagar. Regresé con el comprobante de pago y ya Marina tenía lista la bolsa con mis piezas dentro. No podía creer que ya tenía el ajedrez en mis manos. Me despedí efusivamente de Marina, claro, sin perder la oportunidad de otro abrazo y me dirigí a la salida. Había comenzado a llover.

Como no llovía muy fuerte, decidí no esperar sino irme hacia mi casa. Caminaba por la acera con la bolsa en la mano cuando, al llegar a la esquina, tropecé con una saliente del cemento y en un segundo fatídico vi como las piezas se salían de la bolsa e iban a parar a la rejilla que tapaba la alcantarilla. Me fui de bruces pero, gracias Dios, solo me di un golpe en el codo que puse para protegerme. Me levanté para buscar la bolsa de mis piezas, pero estaba vacía. Todas se habían ido por el desagüe, con excepción de tres que quedaron en la acera. Sentí unos deseos inmensos de llorar, pero no lo hice. No me mortificaba haber perdido mi dinero, no. Me dolía mucho que el ajedrez más hermoso que había visto en mi vida, ya no sería parte de mi colección. Tomé las piezas que no se perdieron y comencé a caminar hacia mi casa. Ahora sí realmente no sabía si por mis mejillas corrían gotas de lluvia o lágrimas...