Salir

Keena Knee

El reloj de él marcaba las 10.30 de la mañana. Los esposos Lalinde regresaban de un balneario donde habían pasado una semana de sus vacaciones, un poco soñolientos porque habían asistido al fiesta que daba uno de los socios. Los dos eran bebedores sociales, no abusaban del licor y lo que los molestaba era el sueño, no ningún tipo de resaca ni nada parecido. Viajaban en su campero Willys pero, en lugar de tomar la vía principal por donde habían venido, alguien les dijo que tomando esta vía por donde viajaban ahora, ahorrarían mucho tiempo de viaje. Sin embargo, la carretera no estaba en buenas condiciones, tenía muchos trechos sin asfaltar y, lo peor, tenía algunos precipicios no era propiamente de juguete. Se arrepintieron de la decisión pero pensaron que devolverse ya no era una solución. Además, él tenía un compromiso ineludible al día siguiente en la ciudad. La mañana se fue oscureciendo un poco y comenzó a llover con bastante fuerza.

-Creo que es mejor parar y esperar que amaine un poco la lluvia -comentó su esposa

-Si, creo que tienes razón.

Aparcaron a un lado de la carretera y se dispusieron a tomar el forzado descanso con calma. Él se dio cuenta de que a su derecha había un camino

-¿A dónde conducirá este camino?

-Hmmm... Ni idea.

Luego de un buen rato, bajó un poco la intensidad de la lluvia, él se desperezó y abrió la llave del encendido para continuar el viaje. Cuando el motor arrancó, vieron venir a un hombre montado a caballo y vestido con una ruana, sin paraguas ni nada parecido y completamente empapado. Les hizo una seña con la mano. Cuando estuvo a su lado, bajó del caballo; con un poco de temor, ellos bajaron la ventanilla solo lo suficiente para poder oír lo que el hombre trataba de decirles.«Un campesino, pensó él»

-No seguir. Hay derrube a kilómetro y no arreglan a hoy.

Qué raro habla, pensó él.

-¿Derrube?

-Derrube, piedra, tierra. Derrube -. Y señalaba con en dedo hacia alguna parte adelante de dónde estaban.

Lo entendieron: había un derrumbe.

-Y entonces, ¿qué podemos hacer?

-Venir mi casa. Mi casa esperar. Y bebida caliente.

Él miró a su mujer como preguntándole: «¿Qué hacemos?»

Ella se encogió de hombros, pero ante la mirada enojada de su esposo, le respondió:

-No parece ser ningún maleante. Vamos, creo yo. Quedarnos aquí puede ser más peligroso.

Él dudó, pero asintió. El hombre tomó el caballo por las bridas y comenzó a caminar. Les hizo señas de que lo siguieran. Y lo siguieron. La trocha era bastante amplia y el Jeep entró sin problemas.

Al final de la trocha, se encontraron en una especie de patio muy amplio, con una casa al fondo rodeada de muchos árboles. La casa, aparentemente, estaba construida de madera y el techo parecía ser de paja o de palmas. No se apreciaba muy bien. Detuvieron el jeep y se apearon a la señal del hombre, corriendo hacia el corredor cubierto de la casa para no mojarse, aunque la lluvia había cedido ya bastante. Toda esta situación no era muy normal para ellos y sin embargo, no estaban nerviosos. Simplemente, curiosos.

Se abrió una puerta y del interior de la casa salieron dos mujeres: una de pelo casi blanco que, sin ser vieja, si era, sin lugar a dudas, una persona mayor. Vestía una especie de túnica azul hasta el suelo y en la que no se apreciaba un solo botón. La otra, muy joven, con un cabello negro muy largo, vestía también el mismo tipo de túnica pero de varios colores.

El hombre y la mujer mayor comenzaron a hablar en una jeringonza extraña e intraducible para los esposos Lalinde y, por turnos, los señalaban con el dedo. Pero de ninguna manera su forma de hablar era violenta o grosera o, mucho menos, intimidatoria. Los esposos entendieron que es era su manera de expresarse o que, el idioma o lengua en el que hablaban, les obligaba a hacerlo así para entenderse. Fue la chica la que vino a aclarar todo y a poner un poco de normalidad en la situación.

Lo primero que hizo fue señalarles un banco de madera muy amplio para que se sentaran y ofrecerles un café; ellos aceptaron las dos cosas. Ella, por su parte, después de traerles el café, se sentó en un butaco pequeño. El hombre y su mujer, que se perfilaban claramente como los dueños de casa, desaparecieron en el interior de la misma.

-Bienvenidos a nuestra casa -dijo en un perfecto español.

Los Lalinde se miraron extrañados al oírla porque, en su interior, pensaban que ella solamente hablaría la misma jeringonza que su padre. Bueno, supusieron también que el hombre era su padre.

-Gracias -le respondió el señor Lalinde.

Él no dejaba de mirarla. Era la belleza más extraña que había visto en su vida. Una piel completamente blanca a la que pareciera que el sol jamás había tocado. No usaba absolutamente ningún tipo de maquillaje. Era un rostro al natural que lo enmarcaba un pelo negro, negrísimo, que le llegaba hasta los hombros. La boca, pareciera que estaba hecha solamente para sonreír. Y los ojos no miraban: hacían palidecer al que los enfrentaba. Disimuladamente, la miraba a ella y miraba a su esposa para establecer la diferencia. La chica no rehuía su mirada. Lo contrario: parecía complacida. Claro, a su esposa no le pasó desapercibido este detalle y el arrobo de su esposo.

-Bueno, si no es indiscreto, ¿como es su nombre? -preguntó la señora Lalinde a la chica.

-Keena-Knee. Con el guión intermedio -respondió.

Como ella notó que los esposos se miraron extrañados, les aclaró:

-Keena es mi nombre. Knee, el de mi madre y ponemos el guión porque no usamos apellidos. Así, pues, Keena-Knee significa: Keena es hija de Knee

-Pero... -titubeó el señor Lalinde- ¿y el apellido de su padre?

-No tiene -respondió Keena-Knee sin más explicaciones.

Los Lalinde entendieron rápidamente que, seguir indagando sobre el asunto, ni les convenía, ni era de su incumbencia, ni nadie les daría la respuesta que ellos deseaban. Sin embargo, había muchas preguntas: ¿De dónde venían? ¿Quiénes eran, realmente? ¿Pertenecerían a alguna tribu indígena? ¿De qué vivían? Nunca hubo respuestas porque nunca se produjeron las preguntas.

Hubo un largo silencio, tan largo que la señora Lalinde comenzó a dar cabezadas de sueño o de cansancio. Keena-Knee se dio cuenta inmediatamente y le dijo:

-¿Le gustaría dormir un poco antes de reanudar su viaje?

La señora Lalinde no demoró ni dudó para su respuesta:

-¡Sí! Muchísimas gracias.

-Bueno...el problema es que solamente tenemos hamacas; no usamos camas.

-No se preocupe. He dormido en hamacas. Además, solo será un rato, nada más. Debemos seguir cuanto antes.

Keena-Knee buscó y colgó una hamaca, donde la señora Lalinde, inmediatamente, quedó atrapada por el sueño.

Otro silencio. Ella fue la que lo rompió:

-¿Le gustaría conocer el río mientras su esposa descansa? Está muy cerca.

Sin esperar una respuesta de él, ella comenzó a caminar y miró hacia atrás para ver si él la seguía. Realmente el río estaba muy cerca. Bueno, más exactamente, el barranco desde donde se veía el río, porque este estaba a incalculables metros abajo. «Los precipicios de la zona, pensó él» Ver ese río desde el barranco, a esa profundidad, era sobrecogedor, sin duda.

Dejaron de ver el río y sus miradas se encontraron tímidamente. Ninguno de los dos dijo nada, pero no necesitaban hablar porque los ojos de ambos hablaban por sí mismos. Él tenía la certeza de que nunca le había sido infiel a su esposa; hasta ahora, se dijo, porque tenía la absoluta seguridad de que la totalidad de Keena-Knee, incluyendo su mirada, se le había metido en el alma y en la mente para siempre.