Salir

La casa

Nos habíamos mudado a esta barriada hacía muy poco, principalmente porque estaba tan cerca de mi trabajo que podría ir a pie. Esta semana mi turno era en la noche. El contrato especificaba que una semana haría el turno de 8pm a 4pm y la siguiente de 6pm a 2am. Así que ese día, me despedí de mi esposa y salí a cumplir con mi deber.

Las casas del sector nuestro eran casas construidas en serie, de tal forma que todas eran iguales, con pequeñas modificaciones que algunos propietarios había hecho a las suyas. Sin embargo, saliendo de nuestro sector, ya las casas eran diferentes unas a otras porque no habían sido construidas en serie. Se notaba el cambio. Además, tenían frente a ellas un hermoso parque muy bien cuidado. Pero siempre me llamaba la atención una en especial. Se veía bastante grande, pero al parecer en mucho tiempo nadie la había habitado. Tenía una gran zona verde en el frente, que una mujer hacendosa hubiera convertido en un hermoso jardín pero que, de momento, solo era un yerbazal muy crecido y descuidado.

El acceso a la casa estaba protegido por una reja muy amplia, que permitiría el acceso de un vehículo, pero estaba cerrada con un candado grande y que, aún desde la acera de enfrente, se veía oxidado y viejo.

De camino a mi trabajo, siempre miraba hacia la casa quizás porque, interiormente, me gustaría vivir en una mansión así. Un día salí rumbo a mi trabajo y cuando miré hacia la casa, como siempre hacía, me llevé una sorpresa mayúscula: en el porche de la casa, sentada en una mecedora, había una persona que me saludó con la mano en alto. Lo primero que miré fue el candado: estaba abierto.

Inicialmente me quedé como una estatua. Luego reaccioné y me dije muy rápidamente: alguien ocupó la casa... Pero reaccioné de nuevo y me dije más rápidamente aún: pero... ¿de un día para otro? Entonces ya no reaccioné más y tímidamente saludé también con la mano. La persona me hizo una seña para que esperara y comenzó a caminar hacia la reja. Pero, cuando estuve de nuevo en mis cabales, vi el yerbazal perfectamente cortado, el candado como nuevo y hasta me pareció que habían pintado la casa.

El hombre, porque era un hombre la persona que se dirigía hacia mí, llegó hasta la reja y quitó el candado sin usar ninguna llave. O sea, el candado sí que estaba abierto ese día. Abrió un poco la reja y me dijo extendiéndome su mano:

-¿Como está?

-Bien, gracias -le dije estrechando la mano que me ofrecía.

-Mi nombre es Alirio.

-Gracias. Yo soy Juan Jiménez.

-¿Quiere pasar a tomar un café?

Miré mi reloj y vi que tenía un poco de tiempo para matar mi curiosidad sobre aquella casa y aquella persona, aunque no sin un poco de temor o quizá de prevención o recelo.

Sentados en el porche, con el café que él había traído del interior de la casa, le pregunté:

-¿Hace mucho que vive aquí?

-Si, un buen tiempo.

-Vaya, varias veces que pasé pensaba que la casa no estaba habitada, principalmente por el candado cerrado y el pasto descuidado y muy alto. Y mire ahora: precioso -dije señalando al jardín.

-No... Yo creo que se equivoca. La casa siempre ha estado así.

Iba a responder que no estaba equivocado pero preferí no decir nada. Aquello ya me parecía un poco raro.

-¿Y dónde vive usted? -me preguntó

Le dí las señas de mi casa. Luego me arrepentí.

-La casa es suya, ¿verdad? -continué mi indagatoria.

-Bueno...sí -respondió con mucha duda.

-¿Y su familia vive aquí también? -me aventuré a preguntarle.

-No, no viven aquí -dijo muy secamente.

A buen entendedor, pocas palabras bastan, dice el refrán popular. Y lo apliqué al pie de la letra. Se me estaba agotando el tema de conversación cuando él me dijo:

-¿Y usted está casado?

-Si.

-¿Hijos?

-No, aún no. Vamos a esperar un tiempo para tener un poco más de estabilidad económica. Los hijos demandan mucho dinero.

-Y usted no lo tiene, ¿verdad? -me preguntó y sentí un poco de sorna en la pregunta.

-No, no lo tengo -dije muy secamente.

Creo que entendió mi contrariedad porque no profundizó en el tema. Pero yo comencé a sentirme mal hablando con este hombre. Me levanté, le entregué la taza del café aún por la mitad y le dije extendiéndole la mano:

-Le agradezco su hospitalidad. Debo ir a trabajar.

-¿No le gradaría un poco más de café?

-No, gracias. No dispongo de tiempo.

Me estrechó la mano y yo comencé a caminar hacia la reja. Él no se movió de dónde estaba. Salí y me fui a mi trabajo.

En el descanso del trabajo, me senté en la cafetería de la empresa con un muy buen amigo mío. Hablamos de varias cosas pero recordé mi visita a la casa y le conté lo sucedido. Mi amigo me miró con extrañeza.

-¿La casa que está frente al parque? -me preguntó.

-Si, esa misma. ¿La conoces?

-¿La de la reja alta?

-Si, si. La misma, ya te dije.

-Bueno... Conozco la historia, sí, pero la casa, no.

-¿La historia? ¿Qué historia?

El se quedó pensativo un momento.

-Bueno, te contaré lo que yo sé y que es lo que todo el mundo sabe: en la casa vivía una familia compuesta por el matrimonio y dos niñas pequeñas. Un día, alguien que pasó por el lugar, sintió un olor nauseabundo pero siguió de largo. Resulta que esa persona tenía un amigo en la policía y le comentó el hecho.

«La cuestión no la echaron en saco roto sino que, inmediatamente se dirigieron al lugar. El candado estaba abierto. Cuando entraron, en el piso de la sala yacían una mujer y dos niñas muertas en un charco de sangre. No había nadie más. Buscaron incansablemente para dar con el que supuestamente era el esposo y padre, pero fue infructuoso. Él no apareció nunca. Cerraron la casa y así quedó hasta ahora. Lo peor, no encontraron ningún registro o documento que les permitiera saber de quién realmente era la casa»

Me quedé frío con la historia.

-Julián, te juro que yo hablé con él

-¿Te volviste loco?

-¡No! ¿Quieres comprobarlo? Cuando termine el trabajo vamos hasta allá, ¿de acuerdo?

Mi amigo dudó pero luego me dijo:

-Te voy a hacer caso, pero solo para demostrarte lo equivocado que estás Me miró y se rió

-¿No estás borracho, ¿verdad?

-¡Cómo se te ocurre, imbécil! Si yo no tomo nunca, tú sabes.

Salimos y nos fuimos hacia la famosa casa. Yo me quedé mudo y casi paralizado cuando llegamos. Lo peor es que tuve que soportar la risa de mi amigo y las palmaditas en la espalda. El candado estaba puesto y era un candado viejo y enmohecido; el jardín que yo había visto, era de nuevo un yerbazal alto y descuidado. Y nadie estaba sentado en el porche, ni la casa había sido pintada...