Salir

La empleada

El señor D, como casi todas las mañanas, estaba en el jardín de atrás de su residencia jugando, lavando y entrenando a su doberman. No era exactamente un experto en estas lides, pero se defendía y seguía fielmente las instrucciones que le daba un hermano suyo, él sí un verdadero experto en perros, sobre todo doberman.

-¡Sit! -gritó y el perro se quedó inmóvil sobre sus patas traseras

Tomó una camisa que estaba a sus pies y la dio a oler al perro, caminó lentamente y puso la prenda lejos de donde estaba el perro.

-¡Kill! -gritó nuevamente, y el perro se lanzó sobre la camisa y la destrozó en segundos

-¡Ja! -gritó otra vez y el perro soltó la camisa y fue mansamente hacia él.

El señor D lo acarició y continuó la labor de lavado del animal. Todas estas órdenes se las enseñó su hermano, además de otras que no usaba con mucha frecuencia. Cuando terminó, entró, cerró la puerta que comunicaba con el jardín y se dirigió a su estudio. El perro lo siguió, como siempre.

Al pasar por el vestíbulo, se dio cuenta de que su empleada estaba usando el teléfono y hablaba con alguien tan bajito, que no pudo escuchar lo que decía. Ella no se dio cuenta de su presencia y él, definitivamente muy molesto, esperó a que terminara. Tuvo que esperar casi tres minutos. Cuando ella terminó y lo vio a sus espaldas casi que da un salto.

-¡Ay, señor, me asustó!

-¿Sí? -le dijo él con sorna- Como lo lamento si la interrumpí. ¿Me disculpa?

Ella no pudo responder nada. Luego él, ya fuera de sus casillas, le gritó:

-¡Imbécil! Sirvienta de mierda, le pregunté si me disculpa.

La pobre mujer temblaba y solo atinó a decir:

-Siii... señor.

El señor D soltó una carcajada que debió escucharse en toda la barriada.

-Lárguese de aquí, vagabunda. Vaya a terminar el oficio antes de que llegue la señora y la ponga de patitas en la calle. ¡Ande, lárguese! Yo le pago para que trabaje, no para que hable con su mozo.

La mujer salió con el rabo entre las piernas pero, cinco minutos después se repuso y se dijo: «Este marica ricachón careculo me las va a pagar. Y va a ser ahora que venga Gildardo. Va llover mierda al zarzo en esta casa. Ahora sí que le vamos a robar hasta el alma. Ya verá»

Lo único que ella tenía en mente cundo le dijeron que en esta casa necesitaban una empleada y vino para la entrevista, era robarse todo lo que tenía el señor D en la caja fuerte, obligándolo a abrirla, con ayuda de su novio, que además vendría en una camioneta para ver qué más se podían llevar. Ya tenía dos semanas trabajando con este matrimonio, y el plan del robo marchaba viento en popa. En una hora se presentaría Gildardo y ella le abriría para dejarlo entrar haciéndose la víctima. La señora no regresaría sino hasta la tarde. El resto, era pan comido. Pero se olvidó de un pequeño detalle que le cambiaría todo.

Antes de la hora, sonó el timbre, ella corrió a abrir y gritó, como había convenido con su novio.

El señor D, al oír el grito, salió a la puerta. Gildardo lo encañonó. Afuera estaba otro tipo, peor de malencarado que él, esperando con los brazos cruzados. El perro estaba junto al señor D pero completamente quieto. El señor D mentalmente tomó nota de la gravedad de la situación y pensó que tendría que obedecer al tipo o él resultaría muerto.

-Vamos a la caja fuerte, amigo -dijo Gildardo al señor D, sin dejar de encañonarlo.

El señor D no se resistió y se fueron al estudio. La empleada se quedó vigilando la puerta. Abrió la caja fuerte y le puso en una bolsa que tenía el asaltante, todo lo que contenía la caja. Regresaron a la sala y Gildardo se quitó la chaqueta y la puso sobre una silla.

-Hace calorcito y vamos a hacer una gran mudanza -dijo con una carcajada.

Sin soltar la bolsa con el dinero, le dijo al que estaba afuera que acercara la camioneta. Como el carro lo tenía la señora D, el garaje estaba vacío. Entraron la camioneta. Cuando Gildardo salió a llevar la bolsa del dinero, el señor D, con disimulo, pasó la chaqueta del asaltante por las narices del perro dos veces. Ni la empleada se dio cuenta. Gildardo dejó la bolsa y con el revólver en la mano, regresó para entrar de nuevo. En ese momento el señor D gritó:

-¡Kill!

Cuando Gildardo vio que el perro se le venía encima, levantó el revólver para dispararle pero, con tan mala fortuna, que el disparo dio de lleno en la frente de la empleada, su novia. Murió en el instante. El perro clavó los dientes en la garganta de Gildardo y lo despedazó en segundos. Hubiera continuado su destrozo si no es porque el señor D volvió a gritar:

-¡Ja!

El otro ladrón, al ver esto, y temiendo que el perro se le tirase encima, se subió de un salto a la camioneta y salió como una bala. El perro regresó sumiso al lado de señor D. Él levantó el teléfono para llamar a la policía. Si la empleada no hubiera tenido la mala suerte de recibir el disparo de su novio, hubiera caído en cuenta de que se le había pasado un pequeño detalle: el perrito...