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La Guadalupina

Este cuento lo dedico a mi gran amiga y compañera inseparabale, la Virgencita de Guadalupe.

Támala es una hermosísima niña de 7 años, única hija de un par de desadaptados campesinos llenos de dinero. Lo de campesinos lo digo con respeto pero en cuanto a desadaptados, creo que me quedo corto. ¿Cómo hicieron tanto dinero? Eso no es de incumbencia de esta historia. Lo que si nos incumbe es que este par tienen de cultura, de dignidad, de señorío, de clase y de amor paternal lo que puede tener una prostituta de monja. Como ya lo dije, lo que si tienen a montones es dinero. Todas estas bienaventuranzas que los adornan se reflejan en el nombre que le endilgaron a la niña.

En la barriada donde viven, ya tres familias han vendido sus casas para salir corriendo y librarse de las fiestas semanales de los Arrimaneta, ese es su apellido, que se celebraban sin falta todas las semanas desde el viernes hasta bien entrada la mañana del domingo, animadas con papayeras, voladores y tanta pólvora que ni todos los vecinos juntos lograban quemar esa cantidad en una navidad. ¿Se imaginan la vida de la pobre Támala cuando la llaman a lista en su escuela: ¡Támala Arrimaneta! Y ella, con la cabeza baja tiene que decir ¡Presente! ¿Y cómo se les ocurrió ponerle Támala, se preguntarán ustedes? Pues muy fácil: cuando la niña nació, tenía una dolencia que un par de medicuchos de la misma ralea que los Arrimaneta, dijeron que era posible que la niña no sobreviviera mucho tiempo. No era cierto, como lo confirmó un verdadero galeno un tiempo después. Los familiares o los vecinos (no está muy claro quiénes), le dijeron al dúo de oro que tenían que bautizar la niña en vista de su gravedad y les preguntaron qué nombre le iban a poner. Lo único que respondían era: “ta mala”, por decir que estaba mala, enferma.

Llegó el sacerdote a bautizarla y ya le iba a poner el nombre de ta mala, como le dijeron los esposos Arrimaneta, cuando un vecino con cinco dedos de frente les dijo a los Arrimaneta que cambiaran el nombre porque es niña iba a sufrir de por vida con ello. Pero se emperraron en que no lo harían y lo único que logró el susodicho y buen vecino fue que, por lo menos, le pusieran un acento a la primera A y así fue que la niña se llamó Támala.

No pueden ustedes imaginarse la cantidad absurda de juguetes que tenía esta niña, la mayoría sin siquiera desempacar y que ella jamás tocaba. Destinaron un cuarto para guardarlos. El desastroso dúo, según le comentaron borrachos a un vecino, era que la llenaban de juguetes “para que no jodiera tanto” (palabras textuales) y les dejara en paz la vida. Y este mismo vecino me contaba que la niña jamás había llorado, con excepción de un par de veces que estuvo enfermita. Y aún así, nunca molestó para nada con su llanto. En las famosas fiestas la niña ni salía de su cuarto. Allí le llevaban sus alimentos y solo volvía a saber de sus padres el lunes cuando salía para su escuela y entraba al dormitorio para despedirse, pero los dos jumentos dormían y roncaban a pierna suelta. Además, el olor a aguardiente y tabaco era insoportable. La niña salía corriendo.

Bueno, y ahora si viene la historia de Támala y la Virgen de Guadalupe. La niña llegaba como a las dos de la tarde todos los días, un empleada, que amaba a la niña, le daba su almuerzo, ella dormía un poco y luego, sin falta, salía a jugar en un hermoso jardín que tenían en la parte trasera de la casa y que cuidaba con esmero un jardinero de nombre Julián, quien también quería muchísimo a Támala y la cuidaba como a su propia hija. Pero él se iba a su hogar en la tarde y la niña quedaba solita en el jardín. Gracias al Cielo, nunca hubo nada que lamentar. Además, Gloriela, la empleada, siempre la vigilaba desde la ventana de la cocina. La niña corría por el jardín, hablaba con todas las flores y plantas que encontraba como si ellas la escucharan y hasta esperaba una respuesta a sus infantiles preguntas. Cuando pensaba que sus flores le habían respondido, salía corriendo y se detenía frente a otra planta para hablar con ella. Y Támala era la niña más feliz de mundo hasta el momento en que debía entrar de nuevo a la casa y encerrarse en su cuarto. Sus ojos se ponían muy tristes y simplemente desde su cama, miraba y miraba el jardín con melancolía. Gloriela, después de que ella comía en la noche, le ayudaba con su pijama, la arropaba, le daba un beso de buenas noches y la dejaba sola para ir a terminar sus quehaceres. Sus padres, desde la puerta de la habitación, le deseaban también las buenas noches. Ese era todo el amor que eran capaces de darle o de demostrarle. Y con un gran esfuerzo. Pero al día siguiente quizá le comprarían un juguete nuevo.

Pero lo más lindo de la historia, esto contado por Julián y por Gloriela, era que, de vez en cuando, estando la niña en el jardín, llegaba una paloma blanquísima y se posaba en los hombros de la niña. Ellos solamente se quedaban boquiabiertos y ni se movían para que la palomita no se fuera. Y la niña hablaba con la paloma igual que con las flores. Es más, la llamaba Gabriel. Luego la paloma levantaba vuelo y Támala se despedía de ella con la mano en alto.

Un día Támala llegó de la escuela y se sentó en la mesa que había en la cocina a tomar su almuerzo.

-Glo –le dijo la niña a Gloriela, así le decía-, ¿tú sabes quién es la Guadalupina?

-¿La Guadalupina? No, Támala. Será la Guadalupana, la Virgen de Guadalupe–. dijo riendo Gloria.

-¡Esa, Glo, esa misma!

-¿Bueno, y qué hay con ella?

-Pues que la maestra nos contó la historia de ella y el indio Dieguito.

-Juan Diego, niña. Juan Diego.

-Glo, ¿tú has visto a la Guadalupina?

-No, niña, como se te ocurre. Eso sería un milagro. Y otra vez, es Guadalupana, no Guadalupina.

-Qué lindo sería verla porque la maestra dice que brillaba y que era muy linda –. dijo la niña como ensimismada.

La conversación terminó allí pero Támala seguía pensando e imaginándose a su “Guadalupina”, como ella decía. Pensaba en cómo se habría puesto de contento el indio Dieguito cuando la vio. Con estos pensamientos le llegó el sueño y con una sonrisa de felicidad cerró los ojos y se durmió.

Una tarde salió la niña como siempre a jugar y Julián vio que llegaba la paloma a posarse en el hombro de ella. Como se dio cuenta de que la niña le hablaba a la paloma, le picó la curiosidad y se dijo a sí mismo que esta vez averiguaría que era lo que la niña le decía a la paloma. Se acercó a ella por detrás y escucho que Támala decía: «Gabriel, ¿tú que vuelas por todo el mundo, ¿conoces a la Guadalupina?» Silencio... «Me gustaría verla, ¿me la muestras?» Silencio... «¿De verdad? Vamos, Gabriel, vamos.» Silencio...

La niña salió corriendo hacia un rosal muy hermoso que estaba al fondo del jardín y se paró frente a él, aún con la paloma en sus hombros. Julián la siguió. La niña miraba el rosal con una ternura infinita y se dio cuenta de que Julián estaba a su lado. De sus ojos brotaron un par de lágrimas. Miraba a Julián y miraba el rosal. «Julián, mira que hermosa es» decía la niña sin quitar los ojos del rosal. «¿La rosa?, preguntó Julián» «No, tonto, ¡la Guadalupina!» Pero Julián solo veía las rosas. Luego de unos momentos, la paloma salió volando y Támala se despidió de ella como siempre, pero además le gritó para que la oyera: «¡Gracias, Gabriel. Cuida mucho a la Guadalupina!»