Salir

La misa según José

Se consideraba un buen católico pero, eso sí, no acomodaba su vida a la religión sino la religión a su vida. Pero creía a pie juntillas en Dios y en que Él era el Único que creaba, manejaba, disponía, ponía y quitaba todo, absolutamente todo en su vida y en la de los demás, claro está. Cuando se veía a gatas con algo, pedía soluciones inmediatas a su Dios; cuando se las concedía, entonces su Dios volvía a ser un Dios muy lejano. Y hasta el próximo problemita, se despedía de Él. Pero eso si, lloviendo o haciendo sol, él no dejaba de ir a su misa (oígase bien: “su misa”) los sábados a la seis de la tarde. Muy rara vez va los domingos.

Las 5 pm. Miró el reloj; hora de irse alistando. Buscó la camisa que estuviera de primera en su closet. La que usaba, la iba poniendo de última para no repetir la siguiente semana pues, si usaba la misma, pensarían que no tenía más. La quitó del gancho y se la puso ¡Que calor tan hijuemadre, no joda!, se dijo. Buscó las zapatillas nuevas. Caminaba muy bien con esas. ¡Listo!, le dijo a su mujer, que esta semana no iba con él a la misa porque tenía un compromiso. Ella sí era muy sociable; él, un antisocial de Premio Nobel. Se despidió y comenzó a caminar hacia la iglesia pero, mirando su reloj, aminoró el paso porque iba a llegar muy rápido y aún no terminarían el rosario que siempre rezaban en la iglesia antes de la misa. ¡Y doble rosario, no! Él lo rezaba todos los días en la mañana. Así que, otro rosario, ¡no! Mejor dicho, él calculaba el tiempo para llegar exactamente cuando iniciara la misa. No tenía por qué llegar más temprano. José, a su Dios le medía el tiempo que le daba y lo controlaba mirando a cada momento su reloj; en cambio, a su computador, le podía dar la noche entera sin mirar el reloj.

Mientras caminaba hacia la iglesia, cantaba mentalmente, se perdía en los recuerdos de su vida pasada, recordaba amigos, mujeres con las que tuvo aventuras, criticaba a todo el mundo, cantaba de nuevo, miraba las casas y trataba de adivinar qué estarían haciendo en cada casa. Así de metiche era José. Separaba en sus bolsillos los pocos billetes que tenía y dejaba solo las monedas para la limosna. Pero, eso sí, cuando no tenía dinero, «¡Señor, Señor, una ayudita!» Y entonces sí que no quería monedas sino billetes; pero, para la limosna, moneditas, moneditas. Recibir mucho pero dar poco: su religión acomodaticia.

Llegó a la iglesia. Recogió la hojita semanal que solo le servía para saber si las lecturas, el evangelio o el salmo serían muy largos. También le servía para rezar el credo porque no se lo sabía. Bueno, no exactamente: sí se sabía el que se rezaba en la Semana Santa, pero el Nicenoconstantinopolitano, no. Era el tercer domingo (aunque hoy era sábado) después de Semana Santa. Pero llegó y la misa no comenzó inmediatamente, como lo había calculado. Al fin salió el cura, como lo llama él mentalmente, pero aún había aspersión de agua, que él llamaba “la mojadera” «No joda, ¿cuando se acabará esta mojadera? Y la misma maricona canción de la semana pasada» Se refería a la que comenzaba: “Inúndame Señor con tu espíritu...” Se desesperaba y, en un determinado momento, casi que estuvo dispuesto a salirse de la iglesia. Pero recapacitó: tendría que volver al día siguiente y a lo mejor sería lo mismo. Terminó la canción, terminó la aspersión (o mojadera) y él se quedó.

Por fin comenzó la misa, y el sacerdote les dijo algo a los fieles pero, como él era medio sordo, no entendió ni jota. A decir verdad, por este problema y porque desde que comenzaba la homilía él solo estaba pensando: « ¿a qué horas acabará este cura? » nunca se enteraba de lo que decía el sacerdote. Ni le importaba un carajo tampoco, para ser francos.


Acto penitencial

Ahora sí agachó la cabeza y comenzó a pedir perdón por todas las barrabasadas que hacía a cada momento. Señor, dice, te prometo que voy a cambiar pero ayúdame porque solo no puedo. ¡Que va! Ni solo ni acompañado. Tan pronto saliera de la iglesia se le olvidaría lo prometido y...”vuelve y juega”


El Gloria

«Qué berraquera, me tocó el Gloria largo, no joda» se dijo en silencio. A trancas y a mochas medio lo cantó, pero como le tocó sentarse adelante, cantaba más cuando el sacerdote lo miraba. Bueno, las partecitas que se sabía. Para el resto, simplemente movía la boca. Cuando el sacerdote no lo estaba mirando, se callaba o, mejor dicho, dejaba de mover la boca.


La oración colecta

Aquí él simplemente oía o hacía que oía porque, por lo general, su mente estaba a kilómetros de la iglesia. Pero, se comportaba como un fervoroso oyente.


Liturgia de la palabra

¡Aquí si comenzaba su verdadera desesperación! Y miraba la hojita para calcular el tiempo que tomarían las lecturas. Se levantaron lentamente los tres lectores y él los miró como diciendo: «mierda, pero muévanse»


Primera lectura

El monitor, que según José tenía cara de güebón, daba una explicación de la lectura (igual con las demás, incluido el Evangelio). Esto lo consideraba superfluo pero no había nada que hacer. Se acomodó y, para pasar el tiempo, comenzó a mirar con disimulo, claro está, las caras de los asistentes y a tratar de adivinar lo que pensaban. Eso sí, hay que abonarle, que no se permitía malos pensamientos al ver faldas cortas o buenas piernas o prominentes senos, no. Ahí si él le ganaba la pelea a Satanasito porque, si caía en la tentación, se jodería la comunión y tendría que confesarse de nuevo y, en esta iglesia, era difícil hacerlo. Y le tenía terror al pecado mortal porque, a su edad, en cualquier momento lo visitaría la parca e ir a templar “allá abajo” no estaba contemplado entre sus planes. ¡Y menos aún por una eternidad! Pero, siendo francos, no era solo el miedo al hueco, no: él verdaderamente a amaba a Dios y reconocía que todo lo que tenía se lo debía a Él. Lo que pasaba es que era incapaz de demostrárselo con hechos y, como dicen, de buenas intenciones está lleno el camino al infierno. Creo que es así el dicho o refrán... No lo recuerdo bien.

Respecto a la confesión, él opinaba que, en otros tiempos, siempre en las iglesias, antes de la misa, había un confesor. Ahora, no: al parecer las iglesias convirtieron el acto de la confesión en un evento especialísimo que tiene un horario y unos días especiales. Uff, terminó la primera lectura, y era tan cínico que decía: “Gracias a Dios”


Salmo Responsorial

Miró la hojita, claro. No estaba muy largo. Y pensó: «Que no lo canten, que no lo canten…» Pero del coro se levanta una mujer, se pone detrás del atril y, para su enojo y pesar... ¡lo cantó!


Segunda lectura

Otra vez a la hojita como referencia. Estaba de suerte porque no duraría más de 2 minutos. Para él esas lecturas es como si estuvieran escritas en griego: una forma de expresión que él no asimilaba. Hablaban de un poco de vainas que no le decían nada a su constreñido intelecto de ese momento. Su único deseo: que se acabaran rápido. Y se acabaron rápido, sí señor, como no.


El Evangelio

Perezosamente se levantó porque lo hizo todo el mundo y, si se quedaba sentado, sería como un mosco en leche en la iglesia. Y otra vez Satanás hace de las suyas en su cabeza porque el coro vuelve a comenzar su canto, ahora con el aleluya y el se emberraca mentalmente de nuevo. «Coro de mierda, cállense» se dice sin que su rostro refleje nada. Para la gente, él aparece como ensimismado y muy pendiente de la homilía. En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, dice el sacerdote y comienza la lectura del Evangelio y él, claro está, mira la hojita. «¡Mierda!» grita para sus adentros cuando ve el tamaño del Evangelio. «¡Qué berraquera si estoy de buenas hoy!» Después de una hora, según él y de 2 minutos, según el resto de los feligreses, termina el Evangelio pero...


La homilía

Esta parte si de verdad lo desesperaba porque, además de que no oía ni entendía nada de lo que se decía en el púlpito, y así lo entendiera y lo escuchara correctamente, la homilía lo alteraba mucho. Solamente, recordaba él mismo, quizás en dos o tres ocasiones, oyó, prestó atención y permitió que le llegaran al corazón las palabras del sacerdote. Pero, con seguridad, no fueron muchas veces. Pensaba en una cosa y en otra, miraba el reloj, miraba a la gente, miraba el reloj de nuevo, pero, principalmente, rogaba a Dios (¡imagínense!) qué ese curita acabara rápido! Y él dio las gracias más rendidas a Dios (de nuevo ¡imagínense!)cuando el sacerdote dijo: “Que así sea”


El Credo

De nuevo su salvación: ¡la hojita! No se sabía el credo; nunca se lo había aprendido así que, lo seguía, oígase bien: lo seguía en la hojita, porque en realidad nunca lo rezaba. Eso sí, dijo en voz alta “amén” al terminar el credo. Y para su satisfacción, consideraba que había terminado otra etapa de su obligatoria misa. Con otra mirada al reloj, se decía: «Ya es por poco...»


Oración por los files

Poca o ninguna importancia tenía para él esto.


Prefacio

Y él iba contestando mecánicamente: ...y con tu espíritu... lo tenemos levantado hacia el Señor... es justo y necesario... Continuó el sacerdote: Por eso con los ángeles y los santos proclamamos tu gloria sin cesar diciendo...


La Consagración

Bueno, cuando cantaban durante la consagración, él interiormente no protestaba porque, muy sinceramente, era el único momento de verdadero recogimiento en la misa, es decir, en su misa. Humildemente agachaba la cabeza y se comportaba como un verdadero creyente.


El Padre Nuestro

Levantaba sus brazos, no mucho, claro está, y rezaba, con un cierto grado de compenetración con su Dios, el Padre Nuestro. ¡Este sí se lo sabía! Bueno, el Ave María también, valga la pena decirlo. Pero en varias oportunidades le había tocado el Padre Nuestro cantado y, válgame Dios, ahí sí se había emberracado de verdad. Pero el de este día no fue cantado. Cuando le acompañaba su esposa, se tomaban de la mano para esta oración. Sin embargo, si estaba solo, jamás en la vida se le ocurriría tomar de la mano a un desconocido o desconocida que oyeran la misa a su lado. Eso, no. Esa mariconada, se decía, no es conmigo, ¡que va!


El saludo de Paz

Consideraba otra costumbre güebona eso de la saludadera. Pero él lo sorteaba fácil y rápido porque solamente le daba la mano al de la derecha y al de la izquierda. Jamás a los de atrás o adelante de su banca. Pero, claro, no era tan maleducado: si alguien le ofrecía su mano, pues la estrechaba; pero, por su propia iniciativa, jamás. Un beso en la mejilla a su esposa, si estaba, y fin de la historia.


La comunión

Cuando llegaba esta etapa de la misa, que de paso le anunciaba que ya casi podía irse para su casa, forzosamente tenía que hacer un rápido examen de conciencia: ¿podría o no comulgar? He ahí la disyuntiva. Según las normas de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, técnicamente solamente el pecado mortal, o falta en materia grave, impedía que una persona recibiera la comunión. Bueno, existen, obviamente, otros impedimentos pero, en el caso de él, el pecado era el único que contaba o, también, que hubiera ingerido alimento sólido en la última hora. Muy en el fondo de su corazón reconoció que, aunque no había faltas en materia grave, habían millones en materia leve que, si fuera muy honesto con él mismo y con su Dios, le impedirían pasar a comulgar. Pero él pasó, recibió la comunión, se la ofreció al Señor por las necesidades de su familia, por los enfermos conocidos, claro está, por otras personas que sabía necesitaban la ayudita del cielo y pare de contar. El resto del mundo y sus necesidades no le incumbían a él para nada. Se arrodilló y trató de sentir fervor y amor por su Señor y por la Virgen María, pero...


Los avisos parroquiales

Otra vez el monitor lo sacaba de casillas con los avisos parroquiales, porque los leía con una parsimonia de miedo, según José. Y otra vez le comentaba a su esposa, si estaba, de la cara de idiota del monitor. Siempre se lo comentaba cuando estaban juntos en la misa. Ella no respondía nada. Encima de todo, el monitor le ponía énfasis a la cosa y José se destrampaba por dentro del fastidio. Y más aún, cuando terminados los dichosos avisos parroquiales, al celebrante le daba por añadir más explicaciones a lo leído. «¡No joda, ya no más!» decía él para sus adentros, porque si lo dijera para sus afueras se habrían conmocionado los asistentes, especialmente las no pocas beatas...


¡Por fin: la bendición final!

¡Listo el pollo!, se dijo interiormente lo cual, en términos entendibles, significaba: se acabó la misa, nos fuimos. Y no acababa de dar la bendición el sacerdote, cuando él ya estaba en la puerta de salida. ¡Hasta dentro de ocho días!

Bueno, estas son las misas de José. ¿Serán válidas ante El Señor Su Dios? A lo mejor, sí porque, definitivamente, si por algo es grandioso Dios es por ser compasivo y misericordioso. Amén.