Salir

La prohibición

(Basada en una historia real)


Al día de hoy, al contarles esta historia, yo preparé 327 niños para que recibieran la Primera Comunión y conocieran más a fondo a ese Jesús que, si mi semilla quedaba bien sembrada, produciría fruto dentro de sus corazones. Ha sido una labor de más de cuatro años. Sé la cifra exacta de niños, porque mi esposo, cuando comenzaron a llegar muchos niños, me hizo un programa para mi computadora, de manera que pudiera llevar todos los registros sin ningún problema. Y así fue.

Todo comenzó porque yo iba a misa a la misma iglesia que una familiar mía. Ella un día me dijo que si le acompañaba a visitar algunos ancianos enfermos y llevarles la comunión. Acepté con gusto e hicimos las visitas hasta bien entrada la tarde. Durante el camino, hablamos de muchas cosas de la iglesia, dónde ella prestaba sus servicios como voluntaria y además, era catequista.

-Oye, hablando de todo, ¿no te gustaría preparar un niño para su Primera Comunión? -me preguntó ella.

-Bueno... no lo he hecho nunca. Nunca he sido catequista –. le respondí un poco extrañada por la propuesta.

-Ese no sería un problema. Yo te explico todo –me dijo sonriendo- Además, te facilito el material que se usa. Es sencillo.

Me quedé un momento pensativa y ella lo notó.

-No te preocupes. Si no puedes por falta de tiempo o algo, tranquila -. dijo poniendo su mano sobre la mía.

-No, no. No es eso. Claro que sí puedo y... la verdad, me agradaría hacerlo. Todo lo que se aprenda, es bueno.

A modo de justificación, continuó.

-Yo preparé muchos niños, pero ya no dispongo del tiempo y, por otro lado, ya estoy cansada –concluyó.

Llegamos a mi casa y antes de bajar del vehículo, me corroboró la oferta.

-Hagamos esto: el sábado te invito a almorzar en mi casa -me dijo entusiasmada-, te muestro todo, te doy el material que tengo y te pongo completamente al corriente de lo que hay que hacer.

-Perfecto. Así quedamos. Cuídate y saludos a tus hijos –dije al despedirme de ella.

Maggie se fue a su casa y yo entré a la mía, aún pensando en su propuesta. Mi esposo estaba en su computador. Le saludé, pero lo dejé trabajando y fui a preparar la cena. No teníamos empleada, así que todo lo hacíamos entre él y yo. Cuando él terminó, le comenté sobre la opción de trabajo que había recibido. Estuvo de acuerdo y me felicitó. Me aseguró que ese niño no estaría en mejores manos que en las mías.

-¡A estudiar, amiga! –me dijo riendo.

Tal como acordamos, el sábado ya quedó clara toda la situación. Recibí el material que yo debía estudiar. Me dio todos los detalles del chiquillo con el que trabajaría: su nombre, quiénes eran sus padres, etc. Cuando salí de su casa, ya tenía todo claro y me sentí muy complacida por la oportunidad que me daba Dios de hacer esto. La familia me pagaría un importe mensual que incluían el material que yo le iría suministrado al niño para su aprendizaje.

Maggie ya me había dicho que calculaba la duración de la preparación en, más o menos, un año y medio. Y lo mejor de todo es que lo haría en mi casa. Maravilloso, porque no teníamos carro. Me llevarían el niño todos los miércoles a las 3 pm. La clase sería de una hora. Será una ayuda para nosotros, me dijo mi esposo, y me corroboró lo que yo había pensado ya. Pero en mi interior, era como iniciar una nueva aventura. También pensaba en que Maggie me había dicho que podrían llegar más niños.

Y así fue. Llegaron muchos niños, y yo fui volviéndome cada vez más profesional en lo que hacía. También tenía que estudiar mucho la biblia, preparar material, sacar muchas copias, todo para poder llegar con una verdad muy bien cimentada a las mentes y los corazones de esos niños que habían puesto su fe en mí. Y me quisieron mucho todos. Era increíble sentir el calor de sus abrazos cuando llegaban y cuando se iban. Eso sí, luego de atender dos grupos (a veces tres), quedaba yo de cama. Mis niños no eran ninguna perita en dulce, ¡pero eran mis niños! Realmente, era un trabajo agotador pero lleno de grandes alegrías cuando los veía recibir por primera vez a Jesús y, modestia aparte, sentía un orgullo inenarrable de saber que yo había sido la creadora de esa fe y de ese amor a Dios, que llevaban dentro los chiquillos. Esto valía para mí más que cualquier dinero del mundo. Por eso lloré tanto cuando sucedió lo que sucedió, que lo explicaré más adelante.

Cuando el curso terminaba, yo tenía ya la conexión con el rector del Colegio San Patricio, el padre Clemente, y él, entonces, me daba la fecha para que se realizara la Ceremonia de la Primera Comunión del grupo que estaba listo. La ceremonia se llevaba a cabo en la capilla del colegio, que no era una simple capilla, sino una hermosísima iglesia recién terminada. Maggie me había recomendado con él, porque ella hacía las ceremonias en este colegio, cuando preparaba los niños.

Recuerdo que la primera vez que terminé un grupo y le pedí el cupo, me dijo que primero quería hablar conmigo personalmente. Fui a buscarlo, y sin tapujos me dijo sonriendo: te hice venir para hacerte una especie de pequeño examen. Y lo hizo. Y lo pasé. Y tuve la plena seguridad de que él creía en mí y mucho. Bueno, así era como funcionaban las cosas con todos los grupos de niños. Y así fue durante cuatro años. Pero, además de preparar los niños, tuve la oportunidad, dada por el Señor, de lograr que tres de los matrimonios, cuyos hijos estaban en mis clases, no se divorciaran o se separaran, con el consabido dolor que esto causaría en esos niños. Fue Dios el que lo logró, pero me puso a mí como intermediaria, dándome la oportunidad de hablar con ellos. Pero me dio tantas herramientas para hablarles a estas parejas que, gracias a Él, me escucharon.

Volvamos a la fecha de hoy: tenía un solo grupo de 32 niños y estaba ya listo para recibir por primera vez al Señor en sus bocas y en sus corazones. Llamé por teléfono a Martha, la secretaria del padre Clemente. Con ella arreglaba todos los pormenores, para no tener que molestarlo a él, persona bien ocupada. Por insinuación de la madre de uno de mis alumnos, acordaron todas, lógicamente apoyadas por mí, dar una donación extra a la iglesia del colegio, fuera del pago normal de los servicios, como agradecimiento por la ayuda que nos daban. El padre Clemente me decía que siempre caía muy bien esa ayudita.

-Hola, Martha. –saludé cuando me respondió la llamada.

Demoró un poco en contestarme.

-Hola, Mariela, ¿Todo bien?

-Claro, –le dije- con el favor de Dios.

-Qué bueno –me respondió y se quedó en silencio.

-Bueno, Martha. No sé si está ocupadita -, le dije cariñosamente- así que solamente quiero de me des una fecha para el grupo que está listo.

-Mariela, ¿te puedo llamar luego para darte la fecha? –dijo, pero noté que tenía prisa por cerrar la llamada. Bueno, para mis adentros, me imaginé que tenía algo entre manos, así que le dije:

-Bien, no te preocupes. En cuanto puedas, me llamas. Hasta luego -me despedí rápidamente para no quitarle más tiempo.

-Hasta luego –me dijo y cerró.

Nunca me llamó de nuevo. Cuando presiento que algo anda mal, se me prende una lucecita en mi mente que me advierte que tengo que solucionar algún problema. Pero esta vez, no se me prendió una lucecita sino ¡un reflector! Al día siguiente, tomé un taxi muy temprano y me fui directamente al colegio a buscar al padre Clemente. Sabía de memoria los sitios donde podría encontrarlo si no estaba en su oficina. Y lo encontré.

-Hola, hija -me saludó cariñosamente pero extrañado- ¿Qué haces aquí?

Le expliqué lo de Martha, sobre todo el hecho de que no me había dado una fecha para mi grupo de niños. Me tomó del brazo y me dijo que fuéramos a su oficina para hablar. Ya estaba confirmado que había un problema, y no precisamente pequeño, por lo menos para mí. En su oficina, me dijo que me sentara y sin rodeos, me aclaró cuál era el problema: había recibido una llamada de la curia, más exactamente de las oficinas del arzobispado, en la que le impedían, (prohibían, sería mejor palabra) que yo realizara ninguna otra ceremonia de Primera Comunión hasta tanto yo no presentara una carta de autorización emitida por la curia. Me dijo que eran tajantes en esa decisión. Me imagino que él vio mi cara de sorpresa, de aturdimiento, de tristeza o de lo que sea, porque se levantó y me abrazó.

-Lo siento, hija. De verdad, lo siento en el alma –. me dijo con el cariño que puede hablarle un padre a su hija más querida.

-Padre, ¿se puede imaginar en el problema en que estoy metida? –le dije yo, casi a punto de llorar.

-Si, te entiendo.

-¿Qué voy a decirles a las mamás de todos estos niños? ¿Qué perdieron un año y ocho meses de tiempo de sus hijos y ahora tienen que volver a comenzar? ¿Y cómo les voy a devolver el dinero que me pagaron, si yo no lo tengo?

Eran muchas preguntas sin respuesta.

-Mira, Mariela –me dijo el padre en tono conciliador- Déjame pensar las cosas y ver qué solución encuentro para este grupo. Sé perfectamente el problema que te causa esto.

Así quedamos y yo, con el alma destrozada, regresé a mi casa. Le conté a mi esposo, pero entre los dos no encontramos palabras para consolarnos ni soluciones a la vista para el maremoto que se me venía encima. Sin embargo, no dije nada por ahora a ninguna de las mamás. Esperaría la llamada del padre Clemente pero, en mi angustia, no sabía si realmente el me llamaría.

El padre Clemente me llamó dos días después para decirme que, en vista de cómo estaban las cosas y, sobretodo, porque el grupo ya estaba listo para recibir su Primera Comunión, le habían autorizado realizar la ceremonia. Los niños no tenían la culpa de nada.

-Mariela, luego de terminar con estos niños -, me dijo un poco serio- no puedes tener más grupos de preparación. Es el último, hasta que no consigas la famosa carta de autorización de la curia. Ninguna iglesia te permitirá hacerlo.

Estaba muy claro: me había convertido para los jerarcas de la iglesia, en una persona ilegal, tramposa, mañosa, abusadora y poco confiable.

Me explicó qué tenía qué hacer para conseguir la carta pero, otra vez para mis adentros, ya sabía que esa carta nunca llegaría a mis manos. Y no es que yo fuera negativa, sino que los sacerdotes han vuelto tan burócrata a la iglesia, que me imagino que Microsoft o Coca Cola o el gobierno de cualquier país, se le quedan en pañales en cuanto a burocracia se refiere. Y existen los mismos tejemanejes, los mismos tira-y-encoge, los mismos dime-que-te-diré que en cualquier empresa burocratizada al máximo. Y también unos a otros se empujan y se ponen zancadillas para subir un escalón en la posición. Es que los sacerdotes no son diferentes a cualquier humano. Aclaro, son los sacerdotes los burócratas, no la iglesia de Jesucristo. Jesús no conoció ni patrocinó la burocracia de su Iglesia.

La iglesia de Jesús, en la que yo creo, es grandiosa, pero humilde y sencilla. No la que quieren imponernos algunos juega-vivo de un Vaticano multimillonario que habla de pobreza, pero pobreza para los demás, no para ellos. Me viene a la mente que en Bogotá, tierra de mi esposo, en una barriada que se llama 20 de Julio, está el templo dedicado al Niño Jesús. Es imposible imaginar la cantidad de gente, sobre todo gente muy, muy pobre, que va a pedirle a ese niño Jesús que no abandona a nadie, que les solucione un poco si situación. Pero, y aquí está lo curioso, mucha gente muy pudiente ha ayudado a construir y embellecer esa iglesia y el caso es que tiene tanto oro adentro, que si lo fundieran le darían de comer por mucho tiempo a esa pléyade de hambrientos que van al Templo del Niño Jesús. Son las ironías de la vida, que no se entienden por más que se haga el esfuerzo de hacerlo.

Ahora, analicemos: por ejemplo, los párrocos de la mayoría de parroquias, tiene la vivienda, la comida, el vestido, la mayoría tiene carro, les pagan la gasolina y tienen gente a su servicio. ¿Y nosotros? Tenemos que rebuscarnos la forma de que la comida no falte y tengamos un techo donde vivir. Lo único que les puede molestar, es la prohibición del sexo. Pero hay muchos que se dan sus mañas para que no les falte. Y no de una manera muy normal que digamos. (Léase: pedofilia). Pero ahora, la que rompía todas las normas y leyes de la iglesia era yo. Ellos, no. Ellos, impolutos.

Sin embargo, no perdía nada con intentarlo. Fue lo que me aconsejaron tanto mi esposo como la mayoría de las mamás. Incluso se ofrecieron para ir en masa a la curia y abogar por mí. Les pedí que no lo hicieran. Y Maggie, por supuesto fue la primera en decirme que fuera a la curia a tramitar la carta. Pero había una pregunta que me rondaba la cabeza: ¿Cómo había llegado la información a la curia? ¿Y por qué, después de tantos años de hacerlo, ahora se les prendía el foco y decidían impedírmelo? Era clarísimo: alguna persona(s) tenía(n) algo contra mí y había(n) puesto el grito en cielo en la curia, y ellos, ni cortos ni perezosos, habían gritado también, sobretodo, para no quedar mal con la acusadora o las acusadoras, quienes seguramente eran de dinero y clase. (¿”CLASE”?). Muy importantes para la economía de la curia. Me fui, pues, a las oficinas del Arzobispado. En la recepción pregunté por las oficinas del Arzobispo. ¡Qué ingenua! Pensar que podría hablar con al Arzobispo en persona. Sin embargo, me dieron las indicaciones de su oficina. Tomé el ascensor y subí. Encontré rápidamente la oficina de la secretaria del Arzobispo.

-Buenos días –saludé muy cortésmente.

-Dígame... –me respondió una mujer ya con sus buenos años, sin siquiera levantar la vista de algo que estaba leyendo.

-Gracias. Quisiera una cita para hablar con el Arzobispo –. le dije un poco nerviosa por su actitud.

-Bueno, como sabrá, él no está en la ciudad.

No lo sabía, pero le dije que sí.

-¿Pero, podría conseguir una cita con él cuando regrese? –insistí ingenuamente.

-Dígame cual es la razón para la cita con el Arzobispo. De pronto, yo le puedo ayudar. –me respondió sin la más mínima cortesía en su voz.>

Ni siquiera terminé de explicarle quién era y cuál era la razón de mi solicitud, cuando levantó la cara y abrió unos ojos tan grandes como el DVD que había tomado en sus manos. -Ah, usted es la señora de las clases de catecismo –. dijo con la actitud de haber visto una repulsiva leprosa.

Ya me comencé a ofuscar y le dije:

-No, no soy la señora de las clases de catecismo. Soy la señora que por cuatro años ha preparado niños para la Primera Comunión.

-Es lo mismo –casi que lo escupió.

-No, no es lo mismo. Creo que usted sabe la diferencia, ¿verdad?

Ya definitivamente yo estaba mal. Me remató diciendo.

-El arzobispo no la atenderá para esto. Su caso –dijo como si se tratara del caso de un criminal- lo tiene el padre Fulano (Digo Fulano, porque ni recuerdo su nombre, ni quiero hacerlo.) Baje a la recepción, y pida una cita con él.

Se quedó en silencio y yo también. De pronto me miró de nuevo y me dijo con la vehemencia con que un torero cita al toro para entrar a matar:

-Usted no puede seguir dando clase de... mejor dicho, ¿cómo es que lo llama usted?... Ah, sí: preparando niños para la Primera Comunión. La curia lo ha prohibido.

Yo ardía por dentro pero Dios, que siempre me protege, me calmó y me impidió decir una palabra más. Ni yo dije adiós ni ella tampoco. Bajé a la recepción, y pedí la cita con el sacerdote. ¡Me la dieron para dentro de dos meses! Hacían honor a la burocracia sacerdotal. Casi me pongo a llorar, pero la recepcionista, con mucha amabilidad, me dijo que no podía hacer nada para adelantarla.

Ya de salida para mi casa, se me prendió otra vez la lucecita y recordé que hacía un tiempo le había dado clases al nieto de una señora que trabajaba aquí en el Arzobispado. ¡Y recordé su nombre! Regresé con la recepcionista, pregunté por ella, me pidió mi nombre y la llamó. Me pasó el teléfono y luego de identificarme, ella me dijo me dijo que la esperara un momento que ya bajaba para hablar conmigo. Lo hizo y luego de comentarle mis problemas, me prometió que haría lo posible para acortar un poco la cita con el padre Fulano. Gracias a Dios, lo logró. Nunca dejaré de agradecerle el haber conseguido la cita con el mencionado padre Fulano para el viernes de la semana siguiente. Le di un abrazo de agradecimiento, y regresé a mi casa un poco mejor de ánimo.

El día de la cita, mi esposo me acompañó al Arzobispado. Llegamos con una hora de anticipación pero tuvimos que esperar dos más porque el sacerdote tenía otro compromiso, según me dijo cuando me recibió. Seguramente que era más importante que el mío, aunque se hubiera pactado una cita con antelación. Mi esposo iba a entrar conmigo y él levantó la mano extendida y dijo con sequedad:

-Solamente la señora.

Mi esposo regresó a la sala de espera. Me indicó que me sentara, cruzó los brazos y se quedó en silencio esperando, me imagino, que yo hablara.

-Buenos día, padre –le dije yo para iniciar la conversación.

-Buenos días –me respondió con amabilidad- ¿En que puede servirle?

Pregunta idiota si él sabía quién era yo y que era lo que buscaba: una simple carta, pero imposible para mí.

-Bueno, soy la persona que prepara los niños para la primera comunión. Y me dijeron que usted tiene en sus manos mi caso.

-Ah, sí. Bueno -prosiguió ya no con mucha amabilidad-, su caso, como usted le llama es...

-No, padre, ustedes lo llaman “mi caso”, no yo –. le dije molesta.

-Como sea –me respondió levantando los brazos- Usted no puede continuar preparando niños para la Primera Comunión. La curia lo ha prohibido.

-Padre, perdóneme: tengo toda la documentación de lo que yo he hecho durante todo este tiempo. ¿No le gustaría... -me cortó con brusquedad.

-Lamentablemente, no dispongo de tiempo y, la verdad, ya no importan esos documentos. Es una decisión tomada por la curia y no hay marcha atrás. Hemos enviado un circular a todas las iglesias de la ciudad, informando de esto. ¿Puedo ayudarle en algo más?

-Ni que pudiera se lo pediría –. ya me exalté- Solamente le quiero decir algo: la iglesia de Cristo está de capa caída por gente como usted. Por curas como usted. Por retrógrados como usted. Que pase un buen día, Fulano.

Salí, encontré a mi esposo en la capilla donde, me imagino, rezaba para que todo saliera bien. Pero no fue así. Y no salió bien no por falta de ayuda de Jesús, mi gran amigo, sino porque sus mensajeros en la tierra, muchos de ellos, no sabían o no entendían que tenían las sotanas no solo para distinguirse de los demás, no solo para tener la investidura de un sacerdote, no solo para ver si podía llegar al Vaticano y disfrutar de sus arcas multimillonarias, sino para proclamar la verdadera Iglesia de Cristo, no la iglesia particular del Arzobispo o la muy particular y especial del tal cura Fulano.

Nunca pude preparar más niños para su Primera Comunión porque, si la Inquisición existiera en el siglo XXI, el tal Fulano ya hubiera dado la orden para que me quemaran en una hoguera. Yo era, para él, la lacra de la iglesia. Una leprosa a la que había que rehuir.