Salir

La ruleta

Por fin, después mucho luchar, conseguí un trabajo como taxista. Me dieron mi carro y a los dos día de comenzar mi jefe me llamó:

-Tengo unos clientes que desean ir mañana a Giradot. Regresarán mañana mismo. ¿Se le mide al viaje?

-Claro, patrón. Para eso estamos.

-Bueno, entonces vaya a preparar el carro. Debe recogerlos en esta dirección a la 4.30 am. ¿Usted si es madrugador?

-Patrón, mi lema es: al que madruga, Dios le ayuda. Cuente conmigo.

Mi jefe se sonrió y yo también, por su puesto. Salí a hacer la revisión necesaria del carro. A la hora convenida, estaba en la dirección suministrada. Cuando me disponía a timbrar se abrió la puerta y una mujer muy joven me dijo que en cinco minutos saldrían. Cerró la puerta y yo me senté de nuevo en el carro y esperé la salida de los pasajeros.

Salieron sin equipaje. Solamente llevaban cada uno un maletín. Me saludaron, subieron al carro e iniciamos el viaje hacia Girardot. La verdad, no hablaban mucho entre ellos ni menos aún conmigo. Me pidieron que parara en un sitio para desayunar. Me invitaron y yo, ni corto ni perezoso, acepté de buena gana porque tampoco me había desayunado. Continuamos el viaje sin más escalas. Al llegar a Girardot, ellos me indicaron a qué parte debía ir. Llegamos y la señora me dijo que debía recogerlos en dos horas aproximadamente allí mismo.

-Hay una feria -me dijo la señora mostrándome un cartel pegado a un muro-. De pronto ahí pasa el tiempo.

-Pues, si. Es una buena idea -le dije sonriendo.

Dejé el carro muy cerca de puente de cruza el río Magdalena. Subí al puente y comencé a caminar muy despacio, admirando la belleza y grandiosidad del río, donde se reflejaban ya los colores de la linda mañana muy soleada. Llegué al final del puente y bajé de nuevo a tierra firme. Había multitud de casetas que vendían comida, recuerdos, artesanías y muchísimas cosas más. En uno de los puestos, había mucha gente y yo me acerqué. Era una ruleta grande adosada a la pared del fondo de la caseta, y la gente apostaba a los números o a los colores. Vi que un señor se puso al lado mío, pero no me habló sino que apostó y ganó. Volvió a apostar y de nuevo ganó. Y por tercera vez, ganó. Ya no apostó más. Ahora si me habló y me dijo que probara suerte. Después comprendí que ese era el anzuelo de los ruleteros para pescar víctimas.

Al principio no me llamó la atención apostar porque nunca me ha gustado el juego y esas cosas, pero luego me pico el gusanito de la curiosidad y le aposté a un número. Claro, gané porque ya los vivarachos de la ruleta sabían que yo era la víctima propicia. Volví a apostar y gané, aunque no mucho. El tipo me dijo que apostara un poco más, para que la ganancia fuera mayor. Perdí. Me iba a retirar, pero algo en mi interior y el tipo en mi exterior, me dijeron que podría recuperar mi dinero. Y aposté de nuevo. Y perdí de nuevo. Y aposté de nuevo y al cabo de unos veinte minutos, ¡había perdido todo el dinero que tenía! ¡Todo lo que me había echado al bolsillo para el viaje! Realmente no perdí, ¡me robaron descaradamente, pero amparados por una ruleta de madera!

Me retiré de la caseta y me senté en un banco a meditar en la metida de pata. Casi me daban ganas de llorar. Había perdido todo lo que tenía. Gracias a Dios los clientes no me habían cancelado el viaje todavía y yo había tenido la precaución de llenar el tanque de gasolina para el regreso antes de ir al bendito puente. Recogí a los clientes a la hora señalada.

-Bueno, listos para el regreso -me dijo la señora al subir al carro.

-Sí, señora. ¿Nos vamos entonces?

-Sí, claro -me respondió

Luego me preguntó:

-¿Fue a la feria?

-Ah, sí como no.

-Bueno, por lo menos pasó el tiempo distraído.

-¡Y de qué manera! -le dije pero ella ni me entendió ni me preguntó nada más.

Regresamos a Bogotá sin problemas. Bueno, sin más problemas...