Salir

Dos profesionales muy fríos

Ya pasaba de la media noche. El lugar estaba iluminado por una amarillenta luz proveniente de un poste de alumbrado eléctrico bien entrado en años. No había viento y las hojas de los árboles ni siquiera se movían. Los dos hombres conversaban pero no tenían ni idea cual era la razón real por la que se encontraran allí a esas horas de la noche. Tal vez insomnio o aburrimiento. No había pasado ni un alma por el lugar, hasta que vieron una persona enfundada en un abrigo negro que caminada con mucha prisa. Pasó de largo.

-Mira -dijo el abogado-, ni siquiera nos miró.

-Es que somos invisibles -respondió el médico riendo.

Miraban a un lado y otro como buscando compañía. Sin embargo, los acompañaba la misma soledad de lugar sin que nada cambiara. Hasta el sonido de los pasos de la persona que pasó se fue callando lentamente.

Casi como buscando tema de conversación dijo el médico:

-Muy rentable tu profesión

-Bueno...nunca como la tuya, mi querido matasanos -. respondió sonriendo el abogado.

-¡Bah! Ustedes los abogados cobran, no de acuerdo al problema del cliente sino a lo asustado que esté, ¿o no?

-Asumiendo esto te puedo llamar colega, porque es exactamente lo mismo que hacen ustedes. La diferencia es que está en juego la vida del paciente. - le respondió el médico dándole una palmadita en la espalda.

-Igual, colega, porque ustedes también tienen muchas veces en sus manos la vida del cliente. O lo que queda de ella -. remató el médico.

-No tan directamente como ustedes pero... bueno, digamos que sí -. aclaró sin convencimiento absoluto el abogado.

Se quedaron en silencio y el médico comenzó a pasearse de un lado al otro mirando de vez en cuando hacia el cielo, como escudriñando para ver si llovería o no.

-Viene mal tiempo -dijo.

El otro miró hacia arriba también y asintió con la cabeza.

-Es verdad, mal, mal tiempo. Pero no nos afectará mucho. -terminó diciendo y sonriendo.

El otro soltó una carcajada.

-Bueno, ahora no nos afectará como antes.

El abogado le puso la mano en el hombro al médico y demostrando mucho interés, le preguntó:

-En qué se basan ustedes para cobrarle determinada cantidad a un paciente fuera, claro está, de lo complicada o simple que pueda ser su enfermedad o, en muchos casos, su simplísima dolencia.

El médico lo miró y se quedó pensando un momento. Luego respondió:

-Otra vez, igual que ustedes: engatusándolo lo mejor que se pueda para que un resfriado se convierta, monetariamente hablando, claro está, en un cáncer muy difícil de curar.

Otra vez la risa de los dos debió escucharse a muchas cuadras de distancia.

-Que sinceridad tan increíble, amigo -le dijo el abogado-. Increíble.

-¿Increíble? ¿Para quién? ¿Para un abogado? Por favor, no me hagas reír -dijo el otro bastante molesto-. Un burro hablando de orejas.

Como si hubiera dicho una barbaridad, le tocó el brazo y le dijo inmediatamente:

-No te estoy llamando burro, por favor, disculpa.

-No, no soy tan torpe. Entiendo la frase perfectamente -aclaró, pero seguía pareciendo molesto. Luego cambió -. Creo que usamos los mismos métodos de hacer dinero.

Pasaron unos minutos de absoluto silencio. Ninguno de los dos miraba al otro. El frío se hacía más intenso y ya comenzaba a correr un poco de viento. La soledad era casi que tenebrosa. A lo lejos, vieron que se acercaba caminando una pareja protegiéndose el uno al otro del frío y el viento. Pero igual, pasaron de largo sin siquiera percatarse de la presencia de los dos hombres que otra vez se miraron el uno al otro. Uno de ellos, con las manos en alto, hizo un ademán de incredulidad y asombro.

-Bueno -continuó el médico-, para mí el negocio fue redondo, porque abrí una clínica con todos los laboratorios incluidos

-¿Y en dónde estaba el truco para hacer tanto dinero?

-En la credulidad ciega de los pacientes -. respondió sonriendo de nuevo.

El abogado se quedó mirándolo y esperando una explicación adicional. Esta no demoró en llegar de boca del médico, muy entusiasmado en su historia.

-Bueno, abrí la clínica. Me costó un dineral, claro está, pero no me equivoqué al pensar que en poco tiempo recuperaría todo con creces.

-Pero... ¿y de dónde sacaste tanto dinero para el proyecto? -preguntó el abogado.

-De otros que exprimen a los clientes, o pacientes igual que nosotros: ¡los bancos! -explicó riéndose.

-Claro, qué imbécil soy.

-Bueno, lo demás vino por sí solo: un paciente enfermo y asustado (del susto me encargaba yo) hace cualquier cosa que le sugiera su médico de cabecera o de turno

-Exactamente igual en la abogacía: hacemos que el crédulo y atemorizado cliente vaya cómo y a dónde nosotros queremos. Con nuestra terminología legal, (que es griego para ellos), lo enredamos de tal manera que todas las sugerencias que le damos son como una bendición del cielo para él. Y en los juicios, cuando logramos un “pacto” por debajo de la mesa con el fiscal, este le saca una vida y nosotros, los defensores, le sacamos la otra al ingenuo y crédulo cliente. Así que esto no requiere mayores explicaciones.

Los dos volvieron a soltar una sonora carcajada.

-Pues bien -continuó su explicación el médico-, yo solamente tenía que sugerirle que hiciera todo en la clínica y en los laboratorios míos. Muchos ni siquiera sospechaban que clínica y laboratorios eran de mi propiedad. Le cobrábamos lo que nos daba la gana por los exámenes y tratamientos, ya fueran reales o ficticios. Ni se daban cuenta. Fin de la historia: repito, negocio redondo. Se quedaron de nuevo en silencio. De pronto el médico miró al abogado y, con un tono lastimero, le dijo:

-Lo triste es que ahora de nada nos sirve esa millonada que hicimos. Pero a lo mejor mi hijo, a quien enseñé muy bien, no la profesión de medicina, sino la técnica de exprimir al máximo la necesidad de un paciente, haya sabido aprovechar todo.

-Ojalá -respondió el abogado en el mismo tono y se quedó pensativo un momento-. Es verdad, ya no nos sirve de nada todo lo que hicimos. De nada.

Las primeras luces de un nuevo día comenzaron llenar el suelo del cementerio de sombras proyectadas por las lápidas de las tumbas. Los dos hombres fueron desapareciendo en tanto que regresaban a sus sepulcros y la gente comenzó a pasar frente al lugar hacia sus lugares de trabajo. Ya llovía un poco...