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La última melodía

Danilo Chavez tenía dos puntos focales en su vida: su profesión, Ingeniería Civil y la música. Respecto a esta última, era catalogado como una autoridad en cuanto a compositores clásicos. Respetaba la música popular, inclusive era un gran bailarín, pero su pasión era lo que mucha gente, inapropiadamente quizás, llamaba “música seria”. Él, inclusive, estaba de acuerdo en que era un concepto erróneo de las cosas. Para él, toda la música era “seria”, pero su pasión era la música clásica. La colección discos, videos, grabaciones, etc. que tenía en su estudio, era verdaderamente grandiosa. Sin embargo, y esto lo entristecía, no tocaba absolutamente ningún instrumento. Poseía un hermoso piano Steinway & Sons.

Dentro de una semana se realizaría un concierto que incluía siete gloriosos intérpretes y cuya meta era recolectar fondos para el Hospital Infantil La Gruta, que atravesaba una crisis económica muy grave. En realidad, en varias ciudades se estaban realizando eventos similares. Él era el principal promotor y organizador de ese concierto en Bogotá.

Recibió una llamada de un cliente que le solicitó el levantamiento de un terreno de su propiedad cerca a la población de Fusagasugá, Cundinamarca, donde pensaba construir una casa. Danilo viajó con dos ayudantes, hicieron el levantamiento y envió a sus empleados de regreso a Bogotá cuando todo estuvo terminado. Alguien le había comentado que, cerca a la plaza o parque principal, había una heladería donde podía deleitarse con unas paletas de agua incomparables. Dejó su vehículo en la plaza y fue caminando a buscar los helados. Se comió dos en la heladería y, con otro en la mano, por una vía diferente regresó a buscar su vehículo para iniciar el viaje de vuelta a Bogotá.

Caminaba muy lentamente cuando, al pasar frente a una casa, casi lo deja paralizado la música que oyó. Procedía de una ventana que, aunque estaba en el primer piso, no permitía ver el interior a una persona de altura normal. Sin embargo, alguien tocaba un piano de una manera magistral. Solo necesitó unos segundos para saber, sin error de ninguna clase, que la melodía que interpretaba esa persona era Fantasie Impromptu de Frédéric Chopin. Él parecía clavado en el suelo.

Dudó mucho antes de decidirse a llamar a la puerta con el aldabón que estaba frente a él. Pero al final, lo hizo. La música paró inmediatamente y unos segundos después le abrió la puerta una mujer que tendría ya sus buenos años, vestida con un traje de color indeciso, sobre el que se destacaba un delantal de flores y el pelo recogido con una pañoleta. Ella se quedó mirándolo y él reaccionó sacando de su billetera una tarjeta personal que entregó a la señora. Ella miró la tarjeta y volvió a mirarlo a él. Por fin habló:

-Dígame... ¿en qué le puedo servir?

-Señora -dijo Danilo bastante azorado-, ¿es usted quien tocaba el piano?

La mujer se sonrió.

-¡No, por favor! Es mi sobrina.

-Señora, sé que esto le parecerá extraño pero...¿podría hablar con ella?

En ese momento apareció detrás de la mujer la persona que Danilo supuso era la pianista.

-¿Qué pasa tía?

Una chica de apariencia muy normal, pelo negro muy corto y vestida completamente de blanco. Se quedó mirando a Danilo, pero no dijo nada.

-Nada, hija. El señor...-miró la tarjeta- Danilo preguntaba si yo era quien tocaba el piano.

La chica se rió.

-Sí, era ella -dijo-. Lo que pasa es que es muy tímida.

Danilo supo en ese momento que se había roto el hielo y también sonrió.

-De nuevo, perdóneme la intromisión pero...¿podría hablar con usted unos minutos? -dijo dirigiéndose a la chica.

-Claro que sí, pero en la calle es un poco incómodo -respondió y sonrió de nuevo-. ¿Quiere pasar?

Los tres entraron a la sala donde estaba el piano. Era un recinto sin el más mínimo lujo, pero que emanaba un paz y una tranquilidad infinitas. Todas las paredes estaban pintadas de blanco pero, aún así, la habitación era un poco obscura porque la ventana era muy pequeña. Los muebles, un poco antiguos, se componían de un sofá, dos poltronas y sus respectivas mesitas compañeras. En la mesa de centro, varias porcelanas muy comunes y corrientes. El piano, lógicamente, hacía ver la sala aún más estrecha de lo que era. Conversaron un poco y Danilo les contó algo más él. También supo que ella se llamaba Lina, que sus padres habían muerto tiempo atrás y que vivía hace mucho con su tía. Sin embargo, ella no le mencionó que era viuda. Pero en la mente de Danilo ya había tomado cuerpo la idea de llevar a Lina a su concierto en Bogotá. Cuando se lo propuso, la respuesta no demoró ni un segundo:

-Se lo agradezco, pero mi respuesta es no -dijo tajante, pero con cortesía.

Danilo insistió:

-¿Y si...

-No.

-Bueno si lo piensas...

-No.

-Lina...

-No.

-Por favor, solo...

-No.

A punto de darse por vencido, tuvo la certeza de tener un As en la manga. Si no daba resultado, el concierto se realizaría sin la actuación de Lina. Y lo usó:

-Lina, solo te pido que me permitas hablar un momento, ¿está bien?

-¿Yo te he impedido hablar, Danilo?

-No... bueno... Mira, te voy a explicar algo, ¿de acuerdo?

-Si es algo que no tenga que ver con tocar piano en público, de acuerdo. Adelante, te escucho.

Danilo respiró profundo y dijo:

-Lina, ¿has oído hablar del Hospital Infantil La Gruta, de Bogotá?

Lina lo miró con sorna.

-¿De verdad me lo preguntas en serio? ¡Claro que sé de qué se trata!

-Disculpa... Disculpa...

Ella lo miró ahora con extrañeza y casi con un poco de enfado.

-Vamos, Danilo: ¿qué pasa?

-Pues sencillamente que el concierto de que te hablo es para recolectar fondos para ese hospital. Andan muy mal. Tan mal, que presagian un cierre.

Ninguno de los dos profirió palabra en unos cuantos minutos. Lina miraba el piano y Danilo no quitaba sus ojos de los ojos de ella.

-Danilo: tal vez nunca llegues a entender la causa de mi rechazo a tocar en tu concierto -dijo y tomó sus manos en las de ella-, pero considero que mereces una explicación, aunque me haya jurado a mi misma no volver a hablar de ello. Lo haré por ti, pero de la manera más sucinta posible:

«Hace un buen tiempo, fui contratada para dar unos conciertos en Francia. La penúltima ciudad de mi contrato era Lyon. Toda la gira la hice acompañada de mi esposo, a quien amé toda mi vida y por quien fui correspondida de una manera tan hermosa, que yo ni siquiera me merecía. Ese día, como siempre que yo tocaba, él estaba sentado en primera fila. Comencé mi concierto pero de pronto, alguien en la primera fila se levantó y gritó pidiendo un médico.

«Detuve la interpretación y, como en una visión fatídica, me di cuenta de que mi esposo era el que requería la asistencia de un médico. Salté como pude del escenario, corrí y me abracé a él con locura. Nunca supo que yo estaba a su lado porque ya estaba muerto. Un infarto fulminante se lo llevó con desgarradora rapidez»

Danilo sintió unas ganas intensas de abrazarla y de llorar, pero se controló. Puso sus manos en los hombros de ella y solo atinó a decirle con toda la sinceridad del mundo:

-Lo siento, Lina. De verdad lo siento.

Ella lo acompañó hasta la puerta y le dijo:

-No te olvides del camino, Danilo. Siempre serás bienvenido.

-Lo sé, Lina, lo sé. Gracias.

Y ella añadió:

-Sé que lograrás ayudar a los niños de La Gruta, aún sin mí en el concierto, porque yo voy a rezar por ellos y por ti.