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Malena

Los dos ancianos terminaban la segunda de las dos cervezas que tomaban diariamente, sentados en la misma banca del parque. Todos los días repetían la misma rutina y se refrescaban del calor que había azotado al poblado todo el día. Buena parte del tiempo la pasaban mirando pasar a la gente, en silencio y sumidos en sus propio pensamientos. De pronto, uno de ellos miró al otro y le dijo:

-Oye, Fidel, ¿nunca te he contado la historia de Malena?

El otro se quedó pensativo.

-Bueno, que yo recuerde, no. ¿Es muy larga? –le respondió mirando su reloj bien pegado a los ojos, bien por la falta de luz ya entrada la noche, o bien por la falta de visión, ya entrados los años.

-No, y aún hay tiempo para contártela –. dijo el anciano- Es una bonita historia y no me la he inventado yo, si eso crees.

-Vamos, pues, adelante –le respondió Fidel, poniendo las manos sobre su regazo, dispuesto a escuchar. El anciano se acomodó bien en el banco, se tomó el resto de su cerveza y se quedó mirando al cielo, ya bastante obscuro por la hora. Fidel le miraba, esperando la historia.

-¿Se te olvidó? -le preguntó mirándolo.

-No, no. Espera, que estoy recordando todo para no equivocarme –se aclaró la garganta y comenzó su historia.

Hay un pueblito de pescadores cerca de Buenaventura, que se llama Ubaní, si la memoria no me falla. En la época de esta historia, vivían exactamente 816 personas. Lógicamente, este pueblito no aparecía en ningún mapa. Bueno, la verdad, no era ningún pueblito: era un caserío. ¿Quién le puso Ubaní y qué significaba? ¡Ni idea!

No tenía calles ni nada que se le parezca. Cada familia había construido su casa de la mejor manera posible, determinando una zona para su uso pero, eso sí, respetando las zonas de los demás. Jamás había habido un conflicto por razón de límites. Casi sin excepción, tenían sus propias huertas con hortalizas para su consumo. El pueblo se componía de las viviendas, una casa que habilitaron como iglesia y, aunque no había cura, todos los domingos iba de Buenaventura un sacerdote a decir la misa. El segundo uso de esta casa era como salón comunal y el tercero, como escuela dos veces por semana. Una señora de la comunidad daba clases a los chiquillos y les enseñaba a leer, sumar, restar, dividir, multiplicar y contar. De ahí en adelante, cada niño se las debía ingeniar para aprender algo más. Algunos se habían ido a Buenaventura a estudiar, pero eran muy pocos los que lo habían hecho. La playa quedaba como a unos 5 minutos y también habían construido un muelle, donde los pescadores amarraban sus botes y tenían una casa en donde se guardaban herramientas y cosas necesarias que cada uno usaba cuando tenía necesidad de ello.

La mayoría de hombres se dedicaban a la pesca. Otros eran carpinteros y los demás hacían de todo un poquito. Los pescadores salían a su labor dos veces por semana. El señor Manuel, que disponía de un camión muy grande, recogía el fruto de la pesca de cada uno, lo pesaba, les pagaba el importe y se iba a Buenaventura a vender el producto. Esta era una rutina que hacía mucho tiempo no cambiaba, ni nadie estaba interesado en que cambiara. Todos los habitantes se conocían entre sí, por supuesto, y se ayudaban mutuamente en cualquier necesidad. Producían ellos mismos casi todo lo que comían y, lo que no, cuando el señor Manuel regresaba de llevar el pescado, traía muchas cosas que les vendía a muy buen precio a todos. No había ni alcalde, ni consejo ni, mucho menos, políticos. Cuando tenían que resolver algo, se reunían los mayores, discutían el asunto y siempre llegaban a una solución aceptable para todo el mundo. En resumen, el pueblito no se debía llamar Ubaní sino Tranquilidad. Otra cosa: como el pueblito ni siquiera figuraba en el mapa, nunca habían visto llegar a un extraño, hasta una tarde que este extraño apareció.

El primero que lo vio fue el señor Manuel, que estaba sentado en su mecedora frente a la puerta de su casa. Se preocupó tanto, que se pasó las manos por los ojos para ver si tenía algo raro en ellos, pero no: la persona que veía era total y absolutamente real. El extraño se quedó mirándolo y le saludó, quitándose el sombrero blanco que llevaba puesto. A su lado, tenía una pequeña maleta de color negro. El señor Manuel, un poco nervioso, le respondió el saludo simplemente moviendo su mano casi imperceptiblemente. De repente, a su lado, alguien le saludó.

-Hola, señor Manuel –le dijo Malena- ¿Cómo está?

-Bueno... bien, bien. Oye, Malena, ¿ves ese señor ahí enfrente? –dijo él señalando al extraño.

Malena dirigió sus ojos hacia él, porque no se había dado cuenta de su presencia.

-¿Y... este, quién es? –le preguntó Malena al señor Manuel, sin dejar de mirar al extraño.

-Yo no sé. Lo acabo de descubrir.

-Bueno -dijo Malena riendo-, creo que comenzaron a promocionarnos las agencias de turismo, señor Manuel.

Malena era tal vez la persona más querida del pueblo. Había perdido a sus padres en un lamentable accidente hace algunos años y ahora vivía sola en la casa que ellos le dejaron. Tenía 28 años, muy alta y, sin ser de una hermosura impresionante, sí era muy bonita. Cabello y ojos muy negros, una boca pequeña pero tentadora y un cuerpo muy bien formado, que difícilmente lograrían las mujeres de la ciudad dedicadas a los gimnasios, los ejercicios y los spa. Jamás se negaba a prestarle un servicio a cualquiera que lo necesitara. Era la novia de Federico, uno de los mejores pescadores, desde hacía un año y ya habían fijado la fecha de la boda para dentro de 5 meses. Se dedicaba, principalmente, a coser. Ni ella misma sabía cómo había aprendido algo de modistería. Se había comprado una pequeña máquina de coser, que el Sr. Manuel le había ido a buscar a Buenaventura. Así que, le cosía a todo el mundo y, además, había aprendido, como toda una experta, a tejer y reparar las redes de los pescadores. En sus ratos libres, se iba sola a la playa, cantaba o, simplemente, dormía hasta que su novio la descubría y la despertaba.

La relación de ellos, además del amor, se basaba en el respeto mutuo. Cada uno vivía en su casa y no se daban las cosas como en las parejas de la ciudad donde, bastaba un apretón de manos de uno y una para que uno ya estuviera encima de una a la mayor brevedad. O al revés, claro está.

Decidió salir de la duda respecto al extraño y fue hacia él. El señor Manuel trató de detenerla, pero ella lo miró como diciendo que no había ningún problema.

-Hola –dijo ella extendiéndole la mano-. No nos visitan muchos turistas -se rió- ¿De vacaciones?

-Bueno... no –respondió él extendiendo también su mano para responder al saludo.

Ella se quedó mirándolo y enarcó las cejas como diciendo: «Bueno, ¿y entonces qué hace aquí?» Él lo entendió perfectamente.

-Pues, verá –le dijo-. La explicación en un poquito larga...

-Tengo toda la vida disponible –le dijo ella riéndose- Así, que puede comenzar. Además, como es nuevo en el pueblo, quizá le pueda ayudar en algo, claro está, si conozco y me gusta su historia.

-Gracias –dijo él-. Ante todo, me llamo Ernesto Manrique.

-Y yo, Malena. Mucho gusto.

-El gusto es mío, le aseguro. ¿Puedo llamarla Malena? –preguntó con curiosidad, pero con la seguridad que la respuesta sería afirmativa.

Y fue afirmativa, como no.

Malena se sentó sobre la hierba y él, aceptando una invitación muda, se sentó también, pero sobre la maleta. Viendo los ojos de extrañeza que puso ella, cambió de parecer y también se sentó sobre la hierba. Bueno, por lo menos ya estaban a la misma altura, se dijo para sus adentros. Mientras tanto, el Sr. Manuel no se movía de su sitio y sus ojos no perdían un solo movimiento de la pareja. Lo que si no podía era saber sobre qué hablaban. Por un lado, por la distancia y por el otro, porque era bastante sordo de un oído. Pero no se movía, dispuesto a defender a Malena al menor indicio de que el caballero tratara de propasarse.

Ernesto le explicó las cosas: él era escritor. Ya tenía definida la temática de su próxima novela, pero había querido comenzar a escribir un boceto previo en un sitio tranquilo y apacible. Había llegado a Buenaventura y del hotel, había salido a comer a un restaurante que resultó ser de un cliente del Sr. Manuel. Cuando le contó a qué había venido y qué buscaba, inmediatamente el propietario del restaurante le habló de Ubaní. Creía, sinceramente, que no encontraría nada tan ajustado a sus deseos, como ese pueblo. Le dijo, además, quién lo podría llevar allí y, si no le gustaba, el mismo señor Manuel lo traería de vuelta sin ningún problema. Y dio la casualidad de que este sitio se acomodaba perfectamente a lo que él había pensado como ámbito para su novela.

-Así llegué aquí, Malena –finalizó Ernesto.

-Vaya -le dijo Malena sin sarcasmo-, no me imaginé llegar a conocer a un escritor. Hoy me levanté con el pie derecho.

-Igual yo –respondió Ernesto riendo.

-Bueno, entonces, ¿en qué le puedo ayudar?

-Pues como pasaré unos días aquí, ¿existe alguna pensión o algo parecido? –preguntó él pero casi adivinando la respuesta. Y la adivinó.

-No, que va –dijo ella sin dudarlo, pero mirándolo con mucha compasión.

-Bueno, la cosa es grave. A dormir en la playa. Y ni siquiera tengo una carpa o una tienda de campaña –dijo él con un gesto de tristeza más bien cómico.

Ella agachó la cabeza pensativa, y de pronto abrió unos ojos muy grandes. Chasqueó los dedos, como si le hubiera llegado la gran inspiración.

-Espere. Creo que hay una solución.

Le dijo que la siguiera. Él lo hizo, y caminaron hasta una de las casas. Ella llamó a la dueña.

-¡Doña Tere!

Doña Tere, un mujer con sus buenos años ya encima, salió y la saludó. A él, solo se quedó mirándolo con curiosidad. Tenía la certeza de no haberlo visto nunca en el pueblo. Antes de que Doña Tere dijera esta boca es mía, Malena le explicó todo: quién era él y a qué había venido. Y lo hizo de tal manera que ella ya le sonrió a Ernesto y entraron en materia. Cuando Malena le preguntó si aún tenía la habitación vacía, ella le respondió que sí.

Sin mayores explicaciones, Doña Tere le dijo a Ernesto que podía utilizar la habitación por el tiempo que permanecería en el pueblo. Acordaron un precio y, tomando en cuenta que todo estaba arreglado, Malena se despidió. Ernesto le agradeció todo y le prometió que más tarde se verían para charlar un rato. Entró con su equipaje, Doña Tere le mostró la habitación y, cinco minutos más tarde, estaba dormido.

Trabajó con mucha dedicación y avanzó bastante en su trabajo. Doña Tere le facilitó mesa y silla para que estuviera cómodo. Cuando descansaba, iba a caminar hasta la playa y a buscar a Malena para charlar un rato. Sin embargo, cuando la veía con su novio, prefería regresar a su trabajo o caminar por otra ruta. Se hicieron muy buenos amigos y en el pueblo, ya mucha gente lo conocía. Lo saludaban y lo invitaban a tomar un refresco o una cerveza. Lo malo de la historia era que ya no veía a Malena como una simple amiga para charlar. Pensaba constantemente en ella, le gustaba enormemente, pero sabía disimularlo cuando estaba en su compañía. Bueno, por lo menos, eso era lo que él creía pero Malena, no. Sabía perfectamente lo que sentía él por ella y, para su total confusión e incertidumbre, tenía la absoluta certeza de que ella sentía la misma atracción por él. Sin embargo, ni siquiera un roce de manos había sucedido entre ellos. Pero los sentimientos eran más fuertes que las caricias o el simple roce de la piel. Federico, su novio, se le convirtió en un tormento. Ponía todo lo que estaba de su parte para que él no se diera cuenta. Al comienzo, funcionó muy bien, sin la menor duda. Aún así, en el pueblo se les hizo extraño que Ernesto permaneciera ya casi 15 días, cuando él dijo al llegar que no demoraría mucho.

Una tarde, Malena se fue a la playa y se recostó, como hacía siempre. Se quedó dormida. Aún soñolienta, se percató de que alguien estaba a su lado. Sin abrir completamente los ojos, pensó que era Federico. Se equivocó. Era Ernesto que estaba junto a ella.

-Hola, ¿te desperté? –preguntó él sentándose a su lado.

-Bueno... casi. Pero no importa. Ya era hora de regresar.

Ella se sentó también y, sin querer, se quedó mirándolo fijamente pero con una emoción indescriptible. El también. No supieron controlar las cosas y sin que ninguno dijera una sola palabra, se fundieron en largo y apasionado beso. Se les olvidó el mundo completamente y ni se percataron del niño que estaba mirándolos, porque lo habían enviado buscar a Malena. El niño simplemente salió corriendo hacia el pueblo sin decirle nada a Malena, pero con una novedad que contar, aunque no sabía exactamente qué significaba lo que había visto. Pero lo contó muy claramente.

Ellos se quedaron un buen rato, a veces en silencio o comentando cualquier cosa, menos lo que había sucedido. Él le dijo que debía seguir trabajando y que la vería luego. Esa no era la razón, pero, aunque quisiera quedarse toda la vida junto a ella, este no era el momento para resolver cómo lo haría. Malena lo vio irse y no supo si estaba llorando de alegría, de miedo o de tristeza.

Cuando él regresaba a casa de Doña Tere, tuvo la impresión de que ya nadie lo saludaba. Bueno, pensó, ya me saludaron bastante por hoy. Desafortunadamente, esa no era la razón porque a Malena tampoco la saludó nadie el regresar. Realmente, nadie la volvió a saludar nunca más en el pueblo. Doña Tere le preguntó a Ernesto al llegar este, cuándo se iría. Él lo entendió todo inmediatamente y le respondió que se iría mañana con el Sr. Manuel. Ella se retiró sin pronunciar palabra. Ernesto pensó ir a casa de Malena, pero se dio cuenta de que no era lo más aconsejable. Sin embargo, lo hizo a primera hora de la mañana. Ella estaba en su casa y le abrió la puerta.

-Lo siento mucho, Malena –le dijo profundamente conmovido tan pronto la vio.

-Es mejor que se vaya hoy mismo –le respondió ella sin mirarlo siquiera.

-Malena, ven conmigo. Aquí no vas a poder vivir en paz –le rogó, casi llorando.

Él le hablaba de tu, pero ella continuaba dirigiéndose a él como usted.

-Olvide lo que pasó. Olvídeme a mí, por favor. No nos hagamos más daño ni le hagamos más daño a las personas que nos rodean –le dijo con firmeza, pero con mucha melancolía y lágrimas en los ojos.

Lo miró de nuevo y Ernesto tuvo la seguridad absoluta de ver amor en esos ojos, pero ella se perdió detrás de la puerta, que cerró muy suavemente. Algo en su interior le decía que, por el bien de ella, debía abandonarla inmediatamente, porque no habría poder humano que la hiciera cambiar de opinión, aunque estuviera invadida por un inmenso dolor. Fue la última vez que la vio. Supo que su novio, Federico, se había ido definitivamente del pueblo y que, obviamente, la boda se había cancelado. Al otro día, muy temprano, subió al camión del Sr. Manuel y partió hacia Buenaventura. Ninguno de los dos travesó una sola palabra durante el viaje. No había necesidad de hablar.